Inmortal

20.

Probo se plantó con fiereza frente a la criatura. Gruñía sonoramente mostrándole los dientes. Irina temblaba como una hoja detrás de Eraldo y Mavia se aferraba a la antorcha como si fuera una espada.

El Vapro emitió un siseo, agudo y molesto. Al llamado de su líder, una docena de Vapros salió de los arbustos. Los habían encerrado contra el peñasco. Probo atacó primero; se lanzó de un salto contra el primer Vapro. Estaba desesperado por silenciarlo. Las demás alimañas reaccionarion. Algunos se tiraron sobre el lobo; otros arremetieron contra el Dragón e Irina. Mavia los golpeaba uno a uno con la antorcha; el fuego los mantenía a raya, pero no era suficiente para vencerlos a todos.

Las bolas de fuego de Eraldo eran más efectivas, pero el anciano Dragón no podía hacer tantas seguidas. Después de la tercera, empezó a perder el aliento. Probo tenía agarrado del cuello a uno de ellos. Apretaba la mandíbula con fuerza, hundiendo los colmillos en su carne, saboreando la sangre que se deslizaba en su lengua. Era un sabor diferente a lo que acostumbraba probar. Le agradaba.

Irina veía la escena horrorizada. El miedo sacudía su corazón; sentía como si se le fuera a salir del pecho. El fuego iluminaba su rostro, marcando las facciones del terror: los ojos bien abiertos, los dientes apretados, las cejas levantadas, los orificios de la nariz dilatados y una lágrima deslizándose por su mejilla. Tenía el cuerpo tenso y su agarre en la pierna de Eraldo era firme.

Entre el pánico y la desesperación, la niña tuvo el impulso más humano que pudo tener: correr. Intentó pasar por detrás de Mavia y meterse en el bosque. En su mente se dibujaba el camino a casa y ella lo quería seguir como si al final la esperara algún tesoro. No llegó a los árboles. Un Vapro le saltó encima. Sus gritos llamaron la atención de los demás. El Vapro mordía su brazo, igual que habían hecho con Probo anteriormente. Se la estaba comiendo viva.

Eraldo juntó toda la fuerza que tenía para prender fuego a todas las criaturas a la vez y terminar con la pelea. Pero no pudo incendiar al que estaba sobre Irina, pues esta también se quemaría. Sin fuerzas, el Dragón cayó de rodillas.

Probo estaba lejos. Intentó llegar, pero Mavia se le adelantó. Le pegó con la antorcha tan fuerte que la rompió. Mientras la criatura intentaba huir poniéndose de pie a duras penas, la Suprema lo tomó por el pie con una mano y con la otra le agarró la cabeza. Tiró de ellas con toda la fuerza que su cuerpo vacío le permitía tener; fuerza más que suficiente para partir en dos a la alimaña. Llovió sangre por todas partes cuando la pierna se separó del resto del cuerpo.

Irina vio todo en primera plana. Su rostro y cuerpo se bañaron en el líquido cálido. Un grito se ahogaba en su garganta, temeroso de salir. Le temblaba la pera mientras su cara se desfiguraba por el terror. Eraldo corrió como pudo hasta estar a su lado. Cuando estuvo rodeada por los brazos del anciano y su rostro se hundió en su pecho, el grito cobró fuerza y no se detuvo hasta que Eraldo la durmió de un golpe.

Mavia lo miraba atontada. Se había dejado llevar y olvidó que la niña estaba ahí. El sonido del cuerpo mutilado al caer al suelo la hizo reaccionar.

—Yo… —intentó explicarle a Eraldo, pero no había mucho que explicar. Un destello verde, elevándose del suelo, los distrajo—. ¿Qué demonios?

—No tengo idea.

Las luces verdes se desprendían de los cuerpos muertos y se unían a sus pares en el cielo.

—¿Detrás de esas montañas…? —Mavia no quiso terminar la pregunta, pues no estaba segura de querer escuchar la respuesta; respuesta que creía conocer.

—Orien, Aria, Drego… Todo… —respondió Eraldo de todas formas. El mismo pensamiento estaba cruzando sus mentes.

—Esas luces… ¿son la esencia de las criaturas? —murmuró Mavia sin mirarlo.

—Eso parece.

—Entonces… alguien…

—La está recolectando —completó el Dragón.

Ella volteó instintivamente hacia la ciudad. Se preguntaba si era posible semejante cosa y por qué un humano lo haría.

—Vamos —dijo Eraldo tratando de levantarse con Irina en brazos—. No sé qué tan bien nos va a ir si aparecen más.

—Yo la llevo. —Le quitó a Irina de los brazos. Él no tenía las fuerzas para cargarla hasta la cueva.

Los tres volvieron agotados. Mavia y Probo se recostaron en el salón junto al fuego que nunca paraba de arder. Eraldo trató las heridas de Irina, le dio un baño y la dejó en la cama con su hermano. Aran no tuvo más opción que acostarse con él. Los dos dormían plácidamente sin sospechar los horrores que se deslizaban en la oscuridad del exterior.

Eraldo se unió a Mavia sentándose en el mismo sillón de siempre. Tenía una botella enorme de vino, de su propia producción, en la mano. Bebió un largo trago del pico antes de dirigirle la palabra a Mavia. Esta lo miraba intrigada mientras acariciaba la cabeza del lobo.

—No sé nada de ese Lord —le dijo, como si supiera lo que le iba a preguntar—. ¿No le preocupa lo que está pasando del otro lado?

Mavia levantó una ceja.

—¿Debería?

—¡Ja! A veces olvido con quién hablo. —Él quería decirle que se preocupe, que intervenga. Quería pedirle que se asegure de que las cosas estaban bien, pero luego recordó que esa Mavia no podía hacer nada—. Me voy a descansar. Intente hacer algo parecido.

Ella se quedó mirando el fuego, pensativa. Tenía una sensación rara en el pecho y las manos le temblaban ligeramente. Se acurrucó en forma de bolita junto al lobo. No sentía su calor ni la suavidad del pelaje; no percibía su olor. Nada. Sin embargo, en ese momento lo único que quería era estar a su lado. En ese momento, ese era su lugar seguro. Y vaya que necesitaba uno.

Entre el naranja del fuego, el rojo de la sangre pegada en el hocico del lobo y el verde vibrante de esas luces infernales, Mavia lo recordó.

Como si de un sueño vívido se tratara, las sensaciones recorrieron su cuerpo, centímetro a centímetro. El dolor, la desesperación… su garganta seca de tanto suplicarle a su madre que se detuviera. El rostro sudado de Zen al caer a su lado después de dejarse el alma tratando de protegerla. El terror que sintió al verlo cerrar los ojos. Era como si lo viera todo, como si lo estuviera viviendo en ese momento.




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