Inmortal

21.

A la mañana siguiente, el ambiente en la cueva tenía un peso invisible. Irina miraba su taza de té sin probar ni un sorbo. El pan de miel, intacto, parecía olvidado. Aren y Leo, en cambio, comían y reían con la despreocupación de los niños. Cuando Mavia entró a la sala, Irina se puso tensa. Ella lo notó, pero no dijo nada. La pequeña se fue poco después.

—Creo que ahora me tiene miedo —le dijo a Eraldo mientras mordía un pedazo del pan. Toda la comida era igual de insípida para ella, pero no dejaba de comer.

—Eso parece. No esperaba otra cosa; lo que vio fue bastante brutal.

—¿Qué vio? —intervino Leo con los cachetes llenos de comida.

—No hables con la boca llena —lo reprendió el Dragón.

El manto estrellado se deslizó por el cielo antes de que pudieran darse cuenta. El aroma a pato asado les abría el apetito; no había nada mejor para ellos que una buena cena después de un día de entrenamiento y juego. Se turnaron en el baño para asearse. Cuando terminaron, la comida los esperaba servida sobre la mesa.

Las cenas eran tranquilas. El cansancio del día los hacía cabecear; mantenían los ojos abiertos a la fuerza. Masticaban lento, en silencio. Se iban a dormir en cuanto se les llenaba la panza, aunque antes le daban las gracias a Eraldo por cocinarles. Mavia lo ayudaba a limpiar y ordenar. Compartían un té o alguna bebida más fuerte, dependía del humor del Dragón. Luego, este se iba a dormir. Ella se quedaba leyendo o mirando el techo.

Todas las noches eran más o menos así. Se habían acostumbrado a la seguridad y la calma. La Suprema se había vuelto confinada y el lobo, relajado. Habían bajado tanto la guardia que no se dieron cuenta de que la puerta no estaba cerrada.

Leo había sido el último en entrar. Corrió con las manos llenas de barro, tratando de rebasar a los otros dos de camino al baño. No se dio cuenta de que la manija resbaló de sus manos. Nadie notó que la puerta estaba dos centímetros abierta.

Mientras Mavia pasaba las páginas del libro, el aire se inundaba de ronquidos: dos provenientes de Probo y Aren, que dormían a su lado; los demás, del interior de la casa. La lectura se había vuelto interesante; estaba atrapada con la batalla entre un Dragón y una horda de criaturas oscuras de las que nunca había escuchado antes. Se le pusieron los pelos de punta.

Deslizó los ojos más allá del libro, hasta donde las brasas de la hoguera iluminaban tenuemente la habitación. Cada músculo de su cuerpo se tensó. Un instinto primitivo la invitó a quedarse quieta. El sonido del cuero arrastrándose sobre la piedra se hacía más fuerte a cada segundo. A su alrededor solo había libros y papeles; las pilas eran lo bastante altas para que pudiera moverse antes de ser vista.

Apoyó el libro sobre el suelo. Con el sigilo de un gato se pegó al sofá. Asomó un ojo por el borde. Entre las pilas y los muebles, algo se arrastraba por el suelo. Era largo, del color del alquitrán. Aflojó los músculos.

—Una serpiente —susurró.

Apoyó una mano sobre el apoyabrazos del sofá para ponerse de pie.

Tap… Tap… Tap… Tres gotas cayeron sobre su brazo, una detrás de la otra. Se veían de un blanco lechoso sobre su piel pálida. Respiró hondo. Un par de sus cabellos se vieron alborotados por una brisa que no debía estar ahí. Apretó los dientes. Sus dedos se cerraron sobre la tela del sofá. Los hombros subían y bajaban mientras su cuello se arqueaba. Un ligero temblor movió su labio inferior cuando sus ojos se encontraron con dos perlas amarillas que la miraban desde arriba.

El cuerpo alargado estaba cubierto por escamas que reflejaban la luz como si estuvieran pulidas. Se coronaba con una cabeza triangular. De sus fauces salían dos colmillos de diez centímetros, seguidos de dos hileras de dientes. La lengua viperina se movía en constantes oleadas, como si estuviera saboreando el aire.

El rugido bestial advirtió el ataque. La bestia se estrelló contra el sofá mientras ella saltaba en otra dirección. Probo despertó de un salto.

—¡Sácalo de aquí! —le gritó ella.

Aren apenas llegó a abrir los ojos. Probo ya lo había agarrado de la remera y lo llevaba al trote hacia la parte trasera de la casa. La cola de la bestia no lo dejó pasar. Mavia agarró un tronco a medio quemar; lo agitó frente a la cara de la bestia tratando de que su atención se quedara con ella.

La bestia gigante mantuvo los ojos clavados en la Suprema. Movía la cabeza de un lado a otro. Era hipnótico. Ella ni siquiera se dio cuenta cuando empezó a imitarla. En algún momento soltó el tronco. Escuchó un grito de Aren seguido de un alarido del lobo. La cola se estaba cerrando alrededor de sus cuerpos.

La bestia se abalanzó sobre ella. Solo pudo moverse unos centímetros antes de sentir una presión sobre el hombro. Escuchó los crujidos de sus costillas al romperse. Uno de los colmillos se clavó en su tórax, mientras que el otro se incrustó en el brazo. Trató de forcejear, pero era inútil; su fuerza era muy inferior. Se le cortó la respiración cuando Aren quedó totalmente cubierto por el cuerpo de la bestia. Ya no lo escuchaba. No lo veía.

De repente, la luz se encendió dentro de la cueva. Esa luz que brillaba como el sol del mediodía. La criatura oscura se volvió cenizas al contacto del primer rayo, tal y como hubiera hecho una Sombra. Mavia cayó de rodillas mientras un charco de sangre se formaba a su alrededor. Sin embargo, sus ojos no se apartaban del pequeño, que respiraba con dificultad.

Los pasos del Dragón resonaron sobre la piedra. Todo había quedado en silencio demasiado rápido. Sus heridas sanaron bajo las manos de Eraldo. El niño lloró el resto de la noche en sus brazos. Nadie durmió.




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