Inmortal

22.

Al otro día, Mavia tuvo una conversación profunda con el Dragón. Le contó sobre lo que había recordado acerca de las luces; sobre lo que pensaba que estaba pasando.

—Debería irme. Tú no puedes resolver mi problema y yo no puedo ayudar a esos niños. No en estas condiciones —se sinceró—. No tiene sentido que me quede. Debería buscar a mi madre. Exigirle que explique qué me hizo.

Eraldo no respondió enseguida. Mavia no dijo nada más, pero el recuerdo seguía ahí: el golpe seco contra el sofá, el peso imposible sobre su cuerpo, el sonido de los huesos al ceder. El silencio de Aren. Había estado ahí. Había visto todo. Y, aun así, no había podido hacer nada. Si el Dragón no hubiera llegado… Apretó la mandíbula.

—Tal vez tenga razón, pero si va con Hydna, Lara no tardará en enterarse y no creo que la deje ir cuando la encuentre —le advirtió—. La pobre lleva años buscándola.

El comentario la tomó por sorpresa. No era tan cercana a Lara como para que ella pasara años buscándola. Además, con ella lejos, Lara podía aspirar al título de Suprema Mayor, cosa que siempre deseó.

—¿Qué sugieres entonces?

Él se quedó pensando un rato. Dudaba de la culpa de Hydna en la situación de Mavia.

—Los Dragones. —Le brillaron los ojos al pensar en su antiguo hogar—. Si lo que le pasó tiene remedio, ellos lo encontrarán.

—¿Crees que Lara sabrá que voy a verlos?

—Si es sigilosa y les advierte que sean discretos, nadie sabrá que estuviste ahí. Ningún Dragón desobedecería a la Suprema Mayor.

—De acuerdo. Me iré al amanecer.

Las risas de Aren y Leo llegaron arrastradas por una brisa fría. Se habían puesto a perseguir un ave. Irina no había salido de la cueva.

—Despídase apropiadamente. —Era una petición que sonaba a advertencia. Eraldo no quería que los niños estuvieran tristes; le preocupaba especialmente Aren.

Ella asintió.

En la noche, a la hora de la cena, Mavia les explicó que se iría. Les dijo que estaba enferma y que los Dragones debían tratarla. No era del todo cierto, pero fue necesario que lo creyeran. Según Eraldo, eso haría que no sufrieran tanto.

Aren lloró abrazado a Mavia hasta que se quedó dormido. Leo sintió pena y lloró un poco; ambos la iban a extrañar. Irina no mostró emociones: no parecía triste ni feliz. Solo estaba ahí, como un ente corpóreo, observando. Eso inquietó un poco a Eraldo, pero ella nunca había mostrado simpatía por Mavia; no era tan raro. Probo gruñó enojado cuando le dijo que no podía ir con ella. Al final, se unió al llanto de los niños.

Para cuando los primeros rayos del sol besaron el cielo, Mavia ya tenía un pie fuera de la cueva.

—Puse un mapa que yo mismo hice. Espero que pueda leerlo. —Eraldo le entregó un morral lleno de cosas que le parecían útiles—. También puse una daga y algunos antídotos para venenos. ¿Necesita algo más?

—No lo creo. —Se colgó el morral al hombro—. Gracias por todo, anciano.

—Vuelva sana y salva, Suprema. —Hizo una pequeña reverencia como despedida y le dedicó una sonrisa cálida. Ella le devolvió el gesto.

Cuando ya había dado algunos pasos en la dirección que él le había marcado, se detuvo. Giró un poco el torso.

—Por favor, cuídalos.

Él asintió y ella se marchó.

—¿Se fue? —La voz de Irina lo hizo dar un salto. Pensaba que todos estaban dormidos.

—¡Ah! Pequeña… qué susto me diste. Sí, acaba de irse. ¿Querías saludarla?

No dijo nada. Giró sobre sus talones y se fue directo a comer algo. Su rostro inexpresivo perturbó al Dragón, que empezaba a preocuparse por su actitud frívola.

El resto del día transcurrió lúgubre. Aren no salió a jugar al sol y Leo no quiso entrenar con la espada. Ambos tuvieron poco apetito y lloriquearon juntos varias veces. Irina, por el contrario, parecía mejorar de ánimo a medida que pasaban las horas. Por la tarde, mientras Eraldo leía sentado afuera, ella se acercó a pedirle un favor.

—Quiero que me enseñes magia para curar —había decisión en su mirada y una chispa de desesperación—. Y después… magia para atacar.

Él se la quedó mirando, sorprendido.

—De acuerdo. Empezamos mañana por la mañana.

Vigiló sus pasos de vuelta a la cueva. En otro momento le preguntaría el porqué del cambio repentino.

Para entonces, Mavia ya estaba a varios kilómetros montaña arriba. En ese momento le resultaba una grata ventaja no sentir hambre ni sed, ni frío ni calor. Cuanto más se acercaba a la cima de la montaña, más frío era el ambiente y más empinada la subida. A cualquier persona empezaría a faltarle el aire, la piel se le cortaría al filo de las ventiscas heladas y el hambre los haría parar a cada rato. También el sueño.

Cuando el manto oscuro cubrió el cielo, consideró que era buen momento para detenerse. Nunca es buena idea andar a ciegas en un lugar desconocido; si se perdía, era su fin. Prendió una pequeña fogata, solo para tener algo de luz.

—Debí pedirle una antorcha —habló para sí misma, recordando el momento en que Eraldo le preguntó si necesitaba algo más. Revisó el morral pensando que tal vez él la había puesto sin decirle, pero no fue así. Sin embargo, se encontró con el libro que leía todas las noches.

Cuando lo abrió, un pedazo de papel cayó al suelo. Era una nota que decía: “Para pasar las noches eternas”. Sus labios se curvaron con timidez.

—Qué agradable Dragón —murmuró, y comenzó a leer.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.