Los días avanzaron lento para su gusto. Aunque le costara admitirlo, había disfrutado mucho del tiempo en la casa del Dragón. Ahora que estaba lejos, la invadía una sensación desagradable. Era como si extrañara el bullicio, las peleas, las risas y los llantos.
El mapa de Eraldo no era mucho más que garabatos en una hoja. Le costaba leerlos y casi todos los días terminaba dando vueltas en círculos. Una noche, estaba leyendo junto al fuego cuando escuchó algo moverse entre los árboles. Al principio no le dio importancia; pensó que era un animal nocturno. Pero el ruido empezó a sonar más y más cerca. Ya no se trataba del eco de las hojas secas crujiendo en el suelo, ni del vaivén de las ramas de un árbol. Era algo raro.
Sonaba como aire pasando por dos grandes fosas nasales. Pasando con fuerza. Como si del bufar de un toro se hablase. Mavia dejó el libro a un lado y tomó la daga del morral. El sonido se acercaba lento pero constante. No había nada a la vista. El vello de sus brazos se alzó como picas. El instinto le pedía que corriera, pero la Suprema Mayor no huía… aún.
El aire frente a ella se sintió cálido a la vez que húmedo. El sonido resonaba en su oído más fuerte que nunca, pero sus ojos eran incapaces de captar nada. Contuvo la respiración. De repente, estaba estampada contra un árbol. Algo la había golpeado con una fuerza brutal. Intentó ponerse de pie para defenderse, pero no le dio tiempo. Una y otra vez fue golpeada por un atacante invisible. Sin la vista y sin el olfato, defenderse era imposible.
En una embestida algo, tal vez un cuerno o una garra muy grande, se le incrustó en el abdomen. Agradeció no ser capaz de sentir dolor, pues no hubiera podido reaccionar tan rápido como para clavarle la daga a la bestia. No supo dónde, pero logró apuñalarla.
Mientras escuchaba los alaridos de dolor, aprovechó para correr. Como pudo, agarró el morral y salió como alma que lleva el diablo. Hizo su mejor esfuerzo para recordar cuál era el camino que tenía que seguir y, aún más, para encontrarlo en la noche a toda velocidad.
Para entonces ya le tocaba cruzar al otro lado de la montaña, o al menos eso pensaba. Eraldo le había hablado de un túnel en la montaña que llevaba directo a Drego. Creía que el mapa la llevaba hasta ese túnel. En la desesperación de escapar, se metió en una grieta entre las piedras, sin saber si era el lugar correcto o no. Siguió corriendo en la oscuridad más absoluta hasta que tropezó con una piedra y rodó por el suelo. Solo entonces reaccionó. Se quedó un rato ahí, tirada, procesando lo que había pasado. ¿Realmente había huido de esa manera? ¿Era miedo lo que había sentido?
Después de un rato se puso en pie. Cruzó los dedos para no encontrarse con esa cosa otra vez y, más aún, para que esa cueva fuera la correcta.
Ella no podía sentirlo, pero dentro el olor a azufre inundaba el aire, volviéndolo difícil de respirar. La temperatura superaba lo tolerable para muchos seres vivos y la tierra estaba llena de imperfecciones que dificultaban el avance. Varias veces cayó al suelo dándose golpes bruscos en las rodillas.
Su cuerpo estaba cubierto de un polvo gris, suave al tacto. No lo notó hasta que salió de la cueva. La luz besó su piel con una ternura imperceptible, pero sus ojos se vieron conflictuados con el cambio; tardaron un poco en acostumbrarse. Es difícil decir cuánto tiempo estuvo ahí dentro, pero camino dos días al menos. Se acomodó el morral en el hombro y observó su entorno.
Lo veía desde un ángulo diferente, pero no tenía duda de que estaba en el jardín volcánico de Drego. Un desierto, no muy extenso, formado por pequeños volcanes. Sus tamaños variaban de unos centímetros a un par de metros. Ninguna erupción era brutal, pero había que tener cuidado de no pisar la lava fresca o inhalar los gases tóxicos. Además, algunas veces el cráter se tapaba y el tapón salía disparado cuando entraba en erupción. Era un patio de juego para los Dragones, pero una trampa mortal para las demás criaturas.
Aunque no sentía dolor, su cuerpo se deterioraba. Si perdía un pie o un brazo, no había vuelta atrás. Se levantó la remera para examinar la herida. Sintió pena de sí misma. Tenía un agujero lleno de sangre coagulada, negro en el centro y azul en los bordes. Unos hilos violetas se dispersaban por su piel como una tela de araña. Se tragó todos los antídotos que Eraldo le dio pensando que había sido envenenada.
—Debí pedirle una pócima para curar heridas —masculló. Hizo una mueca al ver que un líquido amarillento se escurría por su piel.
Con su cabello lleno de hollín ondeando al viento, comenzó a cruzar el jardín. Al otro lado del mar anaranjado, la ciudad de Codeda se alzaba en todo su esplendor. Con un poco de suerte pasaría como una mendiga y nadie se fijaría en ella. Solo tenía que conservarse en una pieza hasta llegar ahí.
Dio un par de pasos adelante cuando escuchó el bufido a su espalda. Por un momento se quedó quieta, esperando confirmar que escuchó mal. Cuando el sonido volvió a oírse desde el interior de la cueva, supo con certeza que no había error. Espantada, echó a correr.
La criatura invisible tardó un día en recuperarse de la herida de la daga. Siguió el rastro de Mavia por la cueva. La bestia bufaba con sonora rabia, lista para descuartizarla cuando la alcanzara. Mavia corría con la mirada fija en el piso; temía pisar la lava o meter el pie en un pequeño volcán. A la bestia no le importaba; no tenía idea de lo que había en ese lugar. El intenso olor a azufre confundía su olfato, haciendo que perdiera el rastro. Bajó la velocidad de persecución, pues no tenía claro a dónde ir.
Mavia, corriendo con la mirada en el piso, se chocó de frente con un volcán de medio metro que la hizo caer al suelo. El sonido del aire escapando bruscamente de sus pulmones, como en un grito seco, alertó a la bestia, que de inmediato se lanzó a por ella. La escuchaba acercarse, pero no podía decir desde dónde venía. Se movió lo más rápido que pudo y siguió corriendo en dirección a Codeda. Con suerte, algún Dragón fuerte le haría frente a la bestia.
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Editado: 31.07.2026