Inmortal

24.

Le tomó algunas horas llegar hasta el punto donde el desierto se mezclaba con el césped y luego se levantaba la ciudad.

Codeda era un lindo lugar para vivir. La mayoría de las jóvenes familias la elegían para criar a sus hijos. En parte por la cercanía con el desierto volcánico, pero también resultaba que la ciudad era un punto estratégico de comercio dentro del reino; no faltaba trabajo.

Mavia había paseado un par de veces por sus calles cuando era aprendiz de los maestros. La ciudad estaba cerca de la central militar donde entrenaban a las criaturas que querían formar parte de la fuerza armada de Drego. Recordaba una ciudad activa, llena de niños y con criaturas alegres, pero se encontró con mucho más. La gente se veía radiante, llena de vida. Las góndolas de todos los comerciantes estaban rebosantes y todos tenían las manos llenas de distintas cosas. Iban y venían en oleadas de personas que seguían el grito del precio más bajo.

Pasó entre la multitud sin que se fijaran en ella. Mantuvo la vista en el suelo y encorvó un poco la espalda para que no se le viera la cara. Anduvo rápido, con paso decidido, hasta un callejón poco iluminado. Todos los callejones en Codeda estaban conectados. Era una forma ingeniosa de agilizar el tránsito peatonal cuando las calles principales estaban abarrotadas. Eran lugares estrechos, hechos solo para el paso de las personas.

Una vez ahí, se relajó. Observó un poco mejor el panorama y no vio nada inusual. Se puso en movimiento, tratando de pensar a dónde le convenía ir. El mapa de Eraldo terminaba en la cueva y no había pensado qué hacer al llegar a Drego. ¿Debía ir directo a la base o buscar un maestro?

Mientras caminaba, se le olvidaron sus heridas abiertas. Desde el abdomen se desprendía un olor putrefacto cada vez que el líquido amarillo se escurría. La piel se le desprendía de a poco. Cada pisada se quedaba dibujada en el suelo como una mancha carmesí que pronto se volvía negra. Tanto había pasado desde que perdió el olfato, que se le olvidó por completo que las demás criaturas podían reconocerla por su olor más que por su rostro. Y nada atrae más a un Dragón que el olor de la sangre mezclado con carbón.

El cuerpo le pesaba. Tenía que apoyarse contra una de las paredes para mantenerse de pie. Su cuerpo respondía a las heridas, aunque ella no pudiera sentirlas; se debilitaba con el paso de las horas. No había avanzado mucho por el callejón cuando las rodillas le fallaron. Su cuerpo hizo un ruido seco al desplomarse en el piso. Una nubecilla de polvo le cubrió la vista.

—Maldición —maldijo al aire.

Con la espalda anclada al piso y los ojos fijos en el cielo, sus labios se curvaron en una sonrisa débil. Tal vez ese era el día; tal vez hasta ahí había llegado su existencia. Era una muerte patética para una Suprema. Al menos la bestia culpable de su muerte también había encontrado su final.

Empezó a abrir y cerrar los ojos, tratando de aclarar la vista que parecía nublarse. Abiertos, cielo; cerrados, oscuridad. Abiertos, cielo. Cerrados, oscuridad. Abiertos… una silueta frente a ella. Cerrados, oscuridad.

"Por fin viniste por mí", fue su último pensamiento antes de perder la conciencia. Cerró los ojos creyendo que no volvería a abrirlos. Así se dejó ir, en una paz ajena a ella misma, ajena al mundo en el que había vivido toda su vida. Pero ahí estaba, abrazándola desde un lugar que no conocía, sintiéndose lejana y cercana a la vez.

Pero no era la muerte quien la cargaba. La paz que la abrazaba no era la eterna. Los brazos que la levantaron del suelo la sostenían con tanta firmeza que ni la muerte en persona se hubiera atrevido a arrebatársela.

La luz tenue de una vela se filtró entre sus párpados mientras luchaban por abrirse. De a poco fue recobrando la conciencia, como si despertara de un sueño pesado. Batió las pestañas un par de veces. La imagen de un techo de roble lleno de telarañas y polvo se formaba sobre sus pupilas cansadas.

Se incorporó con cuidado. Las mantas de seda se deslizaron sobre su piel. Miró a su alrededor sin reconocer el lugar. Los muebles estaban viejos y maltratados; había polvo por todos lados y el aire estaba lleno de partículas que enturbiaban la vista como una niebla fina. La cama sobre la que estaba parecía reluciente, como si alguien se hubiera encargado de limpiarla cuidadosamente. La ropa de cama estaba limpia y parecía nueva. Al observarla, notó que ya no traía la ropa sucia y rota: llevaba un camisón color hueso y estaba totalmente aseada.

Las yemas de sus dedos se arrastraron sobre el abdomen. Encontró vendas donde debía estar su piel. Alguien la había curado. Recordó la figura que vio antes de cerrar los ojos. Alguien la había salvado. Apretó el puño sobre las sábanas.

—Me volví totalmente patética —habló para sí misma, pero…

—Yo no diría eso…

Allí, de pie en el umbral, con una bandeja en las manos, estaba su salvador. Un par de ojos verdes destellaron cuando Mavia los miró. Se quedaron en silencio. El aire se volvió denso, difícil de respirar.

—¿Tú me salvaste? —Él asintió—. Pero… me odias.




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