Inmortal

25.

El Dragón arqueó las cejas y separó ligeramente los labios. Un poco de dolor se reflejó en el fondo de sus ojos, como si las palabras de Mavia hubieran tocado una fibra sensible.

—¿Cómo se te ocurre? —fue todo lo que pudo decir en su defensa.

La acusación lo tomó por sorpresa; lo desarmó y petrificó con la misma facilidad. Pero un Dragón no flaquea, ni siquiera ante una Suprema. Con la espalda recta y la frente bien alta, entró en la habitación. El sonido de sus pesadas botas de cuero chocando contra la madera resonó en todo el lugar. Dejó la bandeja, cargada con vendas y un cuenco de agua, sobre una mesita junto a la cama. Le dio la espalda solo por un segundo, pero al voltear, Mavia ya se había puesto de pie.

Con la cama entre ellos, lo miraba recelosa. A Zen se le achicharró el corazón; no podía ni empezar a imaginar lo que ella pensaba de él.

—Mavia… —Su voz sonó como una súplica mientras daba un pequeño paso en su dirección. Ella retrocedió hasta chocar con la pared.

Tal vez lo estaba imaginando, tal vez era simple desprecio… pero por un momento juró ver miedo en ella. Miedo de él.

—Yo nunca podría odiarte —le dijo, levantando las manos a la altura de las costillas—. Y jamás te haría daño. Lo sabes… ¿verdad?

—¡Me abandonaste! —ladró contra él la única frase que nunca se había atrevido a decirle a nadie—. ¡¿Qué razón tendrías para dejarme si no era odio?! ¡Estaba herida! ¡Moribunda! ¡Y te fuiste!

—No fue así… —Lo dijo tan despacio que Mavia no lo escuchó. Ella siguió mientras él bajaba la cabeza, avergonzado.

—¡Eras todo lo que tenía! Maldición. Y pensé que… que yo para ti… —Las palabras se atoraban en su garganta. Era como si algo se le hubiera anudado en la tráquea y no la dejara seguir hablando. Tomó una bocanada profunda de aire—. ¿Qué razón tendrías para semejante cosa, Zen?

—Lo siento. —Sus ojos acuosos buscaron los de ella. El dolor de su pecho era el eco de años de sufrimiento; años en los que no pudo hacer más que pensar en ese día, en cómo no pudo protegerla, en cómo no pudo ayudarla.

—¿Es todo lo que vas a decir? —Ella no quería una disculpa; quería una explicación. Durante años pensó que él la había odiado en secreto, que la quería muerta, que todo había sido una mentira. No lo culpaba, no le faltaban razones, pero ¿negárselo? Eso no.

—Yo… no sé qué quieres escuchar, pero hay mucho que no sabes. Sé que te han dicho muchas mentiras y estoy dispuesto a responder todas tus preguntas, a ayudarte en lo que sea que estés haciendo aquí. —Hizo una mueca de dolor con el labio, muy sutil e invisible para la poca luz de la habitación. Agradeció la penumbra, pues Mavia no pareció notarlo—. Mi vida es tuya, lo sabes. Siempre lo has sabido.

Ella lo miraba inexpresiva, dudando de cada palabra. Se aferró a lo único que nunca le había fallado: el juramento. Su falta de magia podía haber anulado el vínculo, pero no perdía nada con intentarlo.

—Bhakti Zen, en nombre de tus ancestros y tus descendientes… —empezó a recitar. Él tensó cada músculo de su cuerpo en respuesta—. Te ordeno que respondas: ¿cada palabra pronunciada aquí ha sido cierta?

Zen la miró desconcertado. No había tirones ni dolor. Su piel no ardía. Su cuerpo no se sometía ni se resistía; no había nada. Ella invocó el juramento, pero él no respondió.

De repente nada tenía sentido: las heridas desparramadas por todo su cuerpo, las marcas rojas que recorrían su piel como rayos en el cielo, el miedo que detectó cuando se le acercó. ¿Miedo? ¿Cómo ella iba a temerle?

—¿Qué te pasó? —le preguntó incrédulo.

Mavia relajó los hombros y se sentó en la cama. El juramento no había funcionado. Se pasó las manos por la cara como si estuviera frustrada, cansada. Lo miró profundamente; esperaba poder descifrar algo en su postura regia y digna. “No hay nada más leal que un dragón”, se recordó antes de contarle sus desventuras. O bueno, casi todas: los últimos años con Eraldo y los niños los dejó fuera.

—¿Entonces no tienes ningún poder? —Ella negó con la cabeza—. ¿Ni uno? —Volvió a negar.

La mandíbula de Zen estaba tensa. Tenía los puños apretados sobre las piernas; se había sentado junto a ella para escucharla. La preocupación se pintaba en su rostro con pinceladas finas y amargas. Se mordió un poco el labio, como si lo ayudara a pensar.

—Pensé que los maestros podrían ayudar a… ¿curarme? No estoy segura de cómo decirlo.

—Tal vez —respondió tajante. Había fijado la vista en un punto lejos de ella.

Después de un rato de silencio, ella volvió a hablar:

—¿Podrías traer mi ropa? Quiero irme de inmediato.

—¡No! —le gritó tan fuerte que su voz resonó en la habitación. Ella levantó una ceja.

—¿Disculpa? —Con poderes o no, seguía siendo su superior. No iba a dejar que le faltara al respeto.

—Lo siento... lo siento… —respondió nervioso.

De pronto, algo en él le llamó la atención. No tenía el porte elegante ni el temple que recordaba. Unas gotas de sudor bajaban por su cuello hasta una vena que sobresalía de la piel. Su rostro estaba rojo y cada músculo de su cuerpo parecía tenso, aunque no era fácil percibirlo sobre la armadura dorada y la capa blanco hueso.

—¿Por qué traes armadura? —La pregunta los descolocó a los dos: a Mavia porque no lo había notado antes y a él porque no recordaba que la traía. Suspiró y masculló algo inentendible mientras se levantaba. Mavia lo siguió con la mirada—. Las cosas están un poco complicadas afuera, Mavia.

—¿Complicadas cómo?

—Digamos que hay una pequeña plaga en Drego y, bueno… es mejor que te quedes aquí por ahora. Cuando sea seguro voy a llevarte con los maestros, ¿de acuerdo?

—La ciudad estaba perfecta cuando llegué —su voz sonaba acusatoria.

—¿Perfecta…? Delirabas de fiebre, probablemente. —Podía ser; había fantaseado con ver a la muerte en carne y hueso. El resto también pudo ser una ilusión—. Te traeré algo de ropa, así no tienes que quedarte encerrada en esta habitación. Pero por favor, no intentes salir a la calle.




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