Estudió con detenimiento la habitación. No había ventanas, el piso estaba desgastado y la suciedad le indicaba que no se había usado en años. Se acercó a la cómoda que estaba frente a la cama. Había una sábana colgando en forma de parábola sobre ella; por curiosidad, la movió un poco.
La recibió su reflejo desde un espejo enorme y deteriorado. Tenía manchas negras esparcidas encima y el marco estaba roto en varios lugares. Por primera vez en años, veía su rostro sin que fuera distorsionado por las ondas del agua. Sus pupilas se deslizaron sobre las marcas rojas de sus brazos hasta la plata de su pelo y, por último, el gris de sus ojos.
“La diablesa plateada”, la habían llamado tiempo atrás.
Lo que antes fue un símbolo de terror y protección, ahora parecía un chiste. Volvió a poner la sábana en su lugar. No había mucho más en la habitación.
Volvió a acercarse a la cama, pero esta vez desde el otro lado. La bandeja con vendas le recordó las heridas. Retiró el camisón y luego los vendajes llenos de sangre seca. Se encorvó, sentada en la cama, para poder examinar mejor las heridas. Estaban mal. Si Zen no la hubiera encontrado, la infección se hubiera comido todo su abdomen. Habría sido una muerte lenta, muy lenta. Le iba a quedar una cicatriz gigantesca. No le disgustó la idea.
Tomó las nuevas vendas y empezó a desenrollarlas sobre su torso, desde la base de las costillas. No recordaba la última vez que había tenido que vendarse a sí misma. Luchaba contra la torpeza de sus dedos y susurraba maldiciones cada vez que el rollo tocaba el suelo.
—Esa es una imagen bastante divertida.
No escuchó cuando la puerta se abrió. Zen estaba parado en el umbral con una pilita de ropa en una mano y un par de botas en la otra.
—Te ayudo —decretó mientras se acercaba. Dejó todo a los pies de la cama y se sentó detrás de ella.
Mavia no se negó. Era claro que sola no podía y no era la primera vez que él la vendaba. La tibieza de las manos del Dragón se perdía en la fría insensibilidad de su piel. Lo único que percibía era la presión de las vendas ajustándose sobre sus órganos.
—Gracias —murmuró entre dientes.
—Te traje lo más parecido a lo que solías usar. Espero que te quede.
Su sonrisa cálida se estrelló con la inexpresiva cara de Mavia y desapareció en un suspiro.
—Tengo que irme. —Se alejó con pasos lentos, como si esperara que lo detuviera—. Hay muchas personas en la casa, trata de no pelearte con nadie. Si necesitas algo, pregunta por Serena. Es una mujer alta de orejas puntiagudas; tiene el pelo de colores. —Mavia levantó una ceja—. Como el arcoíris. Es fácil reconocerla.
—¿A dónde vas? —La pregunta sonó como una demanda.
—A trabajar. —Giró para mirarla—. Ahora soy un soldado de Drego.
Deslizó su cuerpo entre la ropa nueva, con cuidado de no aflojar las vendas. Los pantalones de escamas negras no eran de su agrado, pero la remera blanca amarillenta no estaba mal, y menos poniéndole encima el chaleco de cuero marrón. Zen tenía razón: era parecido a lo que solía usar cuando entrenaban en la Academia. Las botas eran pesadas y le quedaban algo grandes, pero encajaban bien con las vendas de sus pies. Esas sí pudo cambiarlas sola.
Dejó la habitación en cuanto terminó de vestirse. Necesitaba saber dónde y con quién estaba. La recibió un pasillo lúgubre con solo un candelabro colgado en el centro y una cantidad de puertas abrumadora. No las contó, pero a simple vista le pareció que había más de diez. Su habitación marcaba el final del pasillo.
Avanzó con desconfianza hasta el otro extremo, como si temiera que alguien la atacara desde cualquier dirección. El ambiente estaba más limpio y se notaba que la gente transitaba por ahí diariamente. Saltó sobre sus tobillos, amagando a empuñar un arma que no tenía, cuando una de las puertas a su espalda se abrió de golpe. Un pequeño dragón pasó corriendo delante de ella, seguido por su madre, que ni siquiera se detuvo a mirarla.
Siguió por el pasillo hasta llegar al final, donde se topó con una escalera hecha de madera pulida, de un tono cálido brillante. Estaba en la última planta de la casa. Comenzó a descender por los tramos serpenteantes. La escalera parecía fluir con gracia de un piso a otro, bajando varias plantas en movimientos armónicos, como un río que se desliza entre las rocas. No se detuvo mucho a inspeccionar los niveles; les daba un vistazo y seguía.
En total bajó cinco pisos. Al final, la escalera se abría en un salón enorme y repleto de gente. Las risas, las voces subidas de tono y los pasos firmes sobre la madera resonaban con ímpetu en sus oídos. Había personas paseando con bandejas llenas de platos con comida o bebidas. Desde alguna parte se oía la música de una flauta. Mavia levantó las cejas. La imagen no pegaba bien con la explicación de Zen.
Se abrió paso entre la multitud a base de empujones y pisotones hasta llegar al otro extremo del salón. Desde la escalera había visto una puerta que, por la forma, parecía ser la entrada principal. Tomó el pomo dorado y trató de girarlo. La puerta no abrió. Tiró y tiró con todas sus fuerzas.
—Tiene llave —escuchó a su espalda.
Al darse la vuelta, se encontró con una mujer esbelta, de piel acaramelada y el pelo con vetas de muchos colores. Como el arcoíris. La miraba con el ceño fruncido mientras sostenía una taza de algo humeante.
—¿Tú eres Serena?
—Lo soy. —Algunas personas a su alrededor la miraban de mala manera; peor que Serena—. Veo que Zen tuvo tiempo de presentarme.
—¿Puedes abrir? —Lo preguntó de forma autoritaria, como si en realidad quisiera darle una orden.
—No tengo la llave. —Se llevó la taza a la boca y tomó un sorbo—. Nadie aquí la tiene, solo Zen. ¿No te habló de las reglas?
—¿Qué reglas?
—¡Oh! Ya veo, se andaba con prisas hoy. —Suavizó su expresión—. Son pocas. Te las dirá más tarde, pero la más importante es no salir a la calle. No lo olvides.
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Editado: 21.08.2026