Los días se le pasaban muy lento. Zen no había vuelto a aparecer. No cruzaba más de dos palabras con ninguna persona y estaba harta de deambular por la casa como alma en pena. Nunca había necesitado con tanto ahínco una tarea, un propósito, algo que la mantuviera ocupada.
Todos sus intentos por salir de la casa terminaban en una reprimenda por parte de Serena, que ya no tenía la paciencia ni las ganas para tratarla bien. Pero, al mismo tiempo, se negaba a darle explicaciones.
—Son las reglas de la casa —se limitaba a decirle.
Un día, Mavia estuvo sentada al pie de las escaleras desde que salió el sol hasta la mitad de la tarde. Como si esperara que, de repente, la puerta se abriera para ella solo por mirarla. O tal vez esperaba que alguien llegara a sacarla de ahí. En cierto punto, estaba perdiendo la poca cordura que le quedaba.
Algo empezaba a cosquillear en el fondo de su mente, abriéndose paso por las tuberías oxidadas de las emociones que alguna vez tuvo. Un enojo silencioso se escondía detrás de los múltiples planes de escape que se trazaban en su cabeza; movía los hilos como un titiritero experto, pero era incapaz de encontrar algo que funcionara. No importaba cuántas vueltas le diera: el problema era abrir la maldita puerta.
—¿Estás aburrida? —La voz de Serena la sacó del trance. Le dedicó una mirada afilada, amenazante—. Necesito algo de ayuda en la cocina —continuó ignorando su actitud—. Si ya terminaste de amenazar la puerta con la mirada, podrías venir a hacer algo productivo.
Mavia apretó los dientes y cerró los puños. Hasta los lobos la trataban con más respeto que esa mujer. Que cualquiera en esa casa.
—¿Cómo te atreves a hablarme así? —dijo entre dientes mientras se ponía de pie.
Serena era un par de centímetros más alta, pero carecía de músculo. Mavia estaba segura de que podía darle una buena paliza a puño limpio. Pero las peleas entre criaturas nunca son solo a puño limpio; tenía las de perder.
—Lo siento —Serena no parecía lamentar nada—. Zen me ha dicho que no te gusta ser tratada con honoríficos ni grandes galas. —Se llevó una mano a la espalda e inclinó un poco el torso hacia adelante—. Mis más sinceras disculpas, alteza. Debo haber entendido mal.
Mavia relajó los puños. El enojo cedió. Era cierto: nunca le habían importado esas cosas. No le gustaban los títulos ni las reverencias. Pero eso fue en otro tiempo. Un tiempo en el que su palabra era ley, con galas o no. Un tiempo en el que desbordaba poder y no tenía rival.
—¿Qué necesitas?
Serena se incorporó de golpe, con una sonrisa divertida.
—Venga conmigo.
La llevó hasta la parte más recóndita de la casa. Cruzaron el salón y el comedor, pasando por un conjunto de habitaciones cuyas funciones no conocía, excepto por el baño. Bajando unos cinco escalones, llegaron a la cocina. Era enorme. Había mucha gente trabajando ahí, casi la mitad de los adultos que habitaban la casa. Algunos cortaban verduras; otros amasaban, pelaban o lavaban.
—Todos tienen una tarea asignada. Excepto los niños, claro —comentó—. A ellos se les imparten clases durante el día.
Por eso no se los cruzaban hasta la noche.
—Los que no están aquí hacen otras cosas como lavar la ropa, limpiar habitaciones o dar clases. Todos menos usted. Hasta ahora. —Le sonrió al entregarle un delantal.
Mavia cerró sus dedos alrededor de la tela sin dejar de mirar el entorno.
—Esperaba que se recuperara de sus lesiones antes de incluirla en el mantenimiento del hogar.
Un Dragón pasó frente a ella con una pila de platos más alta que él. Mavia lo miró con los ojos grandes y las cejas levantadas. Con Eraldo, o cuando vivía sola, había hecho tareas domésticas, pero eso estaba a otro nivel. Se movían de forma orgánica, organizada. No había un eslabón fuera de lugar en ninguna de las cadenas que llegaba a distinguir.
—Le toca lavar. —Le señaló una pila de trastos acumulados en una bacha.
El resto del día se le pasó en un abrir y cerrar de ojos. La cena fue igual de alegre que todas las noches, y al concluir, tuvo que volver a lavar los trastes.
En la noche se volvió a sentar al pie de la escalera. Ya no estaba enfadada, pero prefería no pasar otra noche tirada viendo el techo. En toda la casa no había una sola ventana que no estuviera sellada. Distinguían el día de la noche por los relojes. Todas las velas, excepto las de su habitación y las que estaban junto a la puerta, se apagaban a la medianoche y se volvían a encender a las seis de la mañana.
Entendía lo de la puerta y también entendía que las ventanas no pudieran abrirse, pero ¿por qué taparlas? Los Dragones son criaturas de fuego, de luz. Necesitan del sol tanto como del aire. La mayoría de ellos tenían aspecto cansado, con la piel amarillenta y los ojos sin brillo. Para Mavia no había duda de que era consecuencia del encierro, pero ninguno quería salir. No tenía sentido.
Se quedó en la penumbra, perdida en sus pensamientos, hasta que el ruido de una llave deslizándose por la cerradura la trajo de vuelta de un brinco. Unos sonidos de chasquidos y crujidos resonaron antes de que se abriera la puerta.
—¿Qué haces ahí? —le preguntó Zen con el ceño fruncido, mientras cerraba la puerta rápidamente, temiendo que ella pudiera pasarlo por encima y escapar.
Ella lo pensó. No podía. Al cerrar con llave, los mismos sonidos se oyeron. "Está encantada", pensó. Y claro que lo estaba; una simple cerradura no contendría a ninguna criatura.
Él la inspeccionó de arriba abajo, esperando una respuesta, mientras arrojaba la llave a un pequeño bolsillo interno en su pechera.
—Te estaba esperando. —Mavia le dedicó una sonrisa… cálida. Tal vez.
Zen suavizó la mirada, dando paso a la sorpresa y al alivio. Había pensado que sería duro tener que ponerse firme con ella, tener que obligarla a respetar las reglas y a quedarse con él (pues con él estaba a salvo). Había vuelto esperando peleas, reclamos y exigencias. Sin embargo, estaba totalmente desarmado frente a la ansiedad de su presencia.
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Editado: 21.08.2026