Inmortal

28.

—¿Cómo sabías que vendría? —Zen posó una mano sobre la de ella y rozó su brazo.

Sus ojos esmeralda estaban clavados en la dulce mirada que Mavia le dedicaba. No podía recordar cuántos años habían pasado desde la última vez que lo miró así, cuánto la había extrañado y anhelado.

—No lo sabía —respondió ella con tono delicado, impropio de su carácter—. Solo te esperaba.

Un jadeo se mezcló con una risa corta, acompañada por una sonrisa que brillaba en la penumbra de las velas. El corazón del Dragón estaba a punto de estallar de felicidad. Esa era la Mavia que él amaba; la que solo él conoció; la que se encargaron de destruir.

—¿Te ibas a quedar toda la noche ahí? —Ella asintió, sosteniéndole la mirada.

—Y se quedó casi todo el día también —Serena se acercaba caminando despacio.

Sus pies descalzos no hacían un solo ruido en la madera. Avanzaba con tanta delicadeza que Mavia hubiera jurado que estaba flotando. Debajo del largo camisón lila que le colgaba de los hombros por dos finas tiras, se veía el movimiento de sus pies. Traía el pelo trenzado a un costado y sostenía un pequeño candelabro con una sola vela.

—Hasta que le pedí que ayudara en la cocina.

Zen la fulminó con la mirada. La expresión de Mavia se volvió fría y amenazante.

—¡Ah! Sí, justo esa expresión tenía en la tarde —añadió Serena.

Zen dejó escapar un suspiro; la alegría se esfumó.

—Tengo algo que hacer con Serena —le dijo mientras bajaba la mano por su brazo. Mavia frunció el ceño—. Ve a dormir. Te saludaré antes de irme.

Caminó con largas zancadas hasta Serena.

—¿Qué tienes que hacer con ella a estas horas?

Zen se detuvo y volteó a mirarla. ¿Estaba celosa?

—Es solo trabajo. No te preocupes. Descansa.

Una respuesta vaga no la dejaba tranquila. Serena lo agarró del brazo mientras ambos se alejaban en dirección al comedor. Demasiado descaro para ser tan bonita.

Ahora sí que estaba enojada. Ya no era un susurro detrás de su mente; ahora le estaba hirviendo la sangre. Sentía cómo el calor le subía por las mejillas hasta ponerlas coloradas… lo sentía. El pensamiento la tomó desprevenida. Palpó su rostro con las palmas tratando de sentir nuevamente el calor, pero nada. Tal vez se lo había imaginado.

—No la oigo subiendo las escaleras —escuchó decir a Serena.

El corazón de Zen dio un saltito cuando miró hacia ella. La vio con las manos en el rostro y una mirada de absoluta incredulidad.

—Te prometo que no es lo que piensas —se apresuró a decirle—. De verdad tenemos trabajo.

Poco le importaba a Mavia lo que fuera a hacer con esa mujer. Empezó a subir los escalones de dos en dos, corriendo para llegar a la habitación. Al espejo.

—Tenemos cosas más importantes —fue lo último que le escuchó decir a Serena.

Tiró de la sábana con tanta fuerza que casi vuelca el espejo. La dejó caer sobre el piso, que ahora estaba brillante de limpio. Inspeccionó su rostro con cuidado, buscando algún rastro de rubor. Se concentró en repasar la escena, en Serena, en cómo se llevaba a Zen. Trató de tirar de ese sentimiento, pero nada.

—Me estoy volviendo loca —se dijo, dejándose caer sobre la cama.

Se quedó ahí, inerte. Las velas se iban consumiendo poco a poco mientras ella repasaba el día en su mente. Había empezado a trazarse un mapa de la casa; para escapar necesitaba dos cosas: la llave y el camino libre.

Unos golpecitos en la puerta la devolvieron a la realidad. No necesitaba abrir para saber quién era. Se acomodó un poco mejor en la cama, dándole la espalda a la puerta, y fingió estar dormida. Golpearon un par de veces más y luego la puerta se abrió cuidadosamente. Escuchó las maderas chirriar debajo de unos pesados pies que se movían lento para hacer el menor ruido posible. No le funcionaba muy bien. "Debe ser por las botas", pensó Mavia. Más tarde lo comprobaría.

Zen se acercó hasta la cama. No quería despertarla, solo quería verla antes de irse. Tenía el pelo desparramado sobre la almohada, las facciones del rostro totalmente relajadas y la respiración tranquila. Depositó un ligero beso sobre su sien mientras le daba una caricia en la cabeza, como tantas otras veces había hecho años atrás. Se alejó igual de despacio y cerró la puerta al salir.

Mavia se incorporó lentamente. Había olvidado lo amoroso que era. Cuando volvió a encender las velas, vio una notita sobre la mesita junto a la cama.

Mavia:

Si estás leyendo esto es porque no te encontré despierta y tuve que irme. Lamento que no tuviéramos tiempo para charlar.

Le pedí a Serena que sea amable contigo y te excluya de las tareas, pero es probable que no me haga caso. Tendrás que tener paciencia con ella.

Estoy buscando un maestro para ti, como me pediste. Pronto voy a traerte uno. Te avisaré cuando vuelva, así que no te quedes todo el día junto a la puerta. Recuerda que aún te estás recuperando.

Con cariño,

Zen.

Apretó el puño sobre las sábanas. Casi sintió culpa por lo que planeaba hacer. Casi...




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