Como Zen predijo, Serena no le hizo caso.
Todos los días, tres veces al día, a la misma hora, buscaba a Mavia para llevarla a lavar los platos. El primer llamado era después del desayuno, a media mañana; el segundo, después del almuerzo; y el tercero, después de la cena. De a ratos le parecía molesto y repetitivo, pero al recordar que no tenía nada mejor que hacer durante el día, dejaba ir el pensamiento. Por la noche era otro tema.
Gracias a su persistente falta de sueño, pasaba las noches deambulando por la casa. Durante el día era imposible andar por ahí sin cruzarse con alguien, pero en la noche nadie salía de su recámara. Los dragones son de sueño pesado. En general, tienen horarios estrictos para dormirse y para levantarse, excepto por los soldados, que no pueden darse el lujo de mantener una rutina de sueño decente.
En sus primeras caminatas se dedicó a investigar las partes de la casa en las que todavía no había estado: la biblioteca donde los más pequeños tomaban clases, la sala llena de esculturas frente a la biblioteca y el sótano descuidado cuya puerta estaba bajo las escaleras principales. Trató de entrar a otros lugares, pero la mayoría de las puertas tenían llave.
Después se concentró en el recorrido desde su habitación hasta la puerta principal. Empezó memorizando el crujido de las tablas desde la cama hasta la puerta. Una fila de quince tablas de cinco centímetros tenía siete que crujían lo bastante fuerte como para despertar a alguien; tres hacían un ruido moderado y cinco no emitían sonido. Descubrió que las botas generaban un chirrido más intenso que los pies descalzos y que las vendas ayudaban a amortiguarlo. Una vez que encontró el camino insonoro, lo memorizó. Repitió el proceso en toda la habitación.
Fregaba los platos con algo más que desinterés mientras repasaba mentalmente el mapa. Esa noche seguiría por el pasillo.
—Hola —escuchó una voz melódica y miró en su dirección—. Tú no eres una Dragona.
Mavia levantó una ceja. Frente a ella había una chica joven de ojos dorados. Su piel ámbar brillante contrastaba con el azabache de su pelo. Le sonreía ampliamente, mostrando unos dientes blancos perfectos entre los que destacaban dos colmillos alargados. Era la mujer más hermosa que había visto en su vida.
—Es obvio que tú tampoco —respondió. Ella le sonrió aún más, si es que era posible.
—Mi nombre es Xina Cilaqui —dio un par de pasos hacia ella—. También me pusieron a lavar platos. Llevas horas y la pila casi no baja, ¿eh? Debes lavar muy lento.
Mavia se la quedó mirando mientras Xina agarraba otra esponja y se ponía a fregar junto a ella. No le dijo nada.
—¿Cómo te llamas? —escudriñó la pelinegra.
—Mavia.
—Es un gusto conocerte, Mavia —la miró con más alegría de la que sus ojos podían expresar—. Creo que voy a quedarme cerca de ti mientras ande por aquí.
La cara de Mavia se volvió un poema. Tenía la sorpresa y la molestia dibujadas sobre la incredulidad ante la impertinencia de la jovencita.
—No conozco a nadie —siguió Xina al ver la indescifrable cara de su acompañante—. Llegué hace dos días y la verdad es que los Dragones son muy rígidos. No me agradan. Debe ser porque no soy dragona; solo hablan entre ellos, ¿no? ¿A ti te hablan?
Mavia negó con la cabeza.
—¡Ya ves! —exclamó agitando las manos y salpicando agua por doquier—. Debe ser eso. Tú y yo tenemos que quedarnos juntas, así la vamos a pasar mejor. No estaremos solas.
Encorvó las cejas hacia abajo y abrió mucho los ojos. Prácticamente le estaba rogando su compañía.
—Serena tampoco es un Dragón. Puedes llevarte bien con ella —le lanzó el fardo a Serena con menos sutileza de la que creía. De igual forma, Xina no entendió la indirecta.
—¡Ah! Esa mujer tampoco me agrada, tiene una actitud tan altanera —despotricaba como si nadie más pudiera escucharla—. Camina como si tuviera un palo metido por donde va al baño.
Mavia se quedó de piedra con ese comentario. No estaba acostumbrada a ese tipo de charlas y menos con ese lenguaje.
—Ni bien llegué se puso a hablar de todas las reglas que había, de todo lo que tenía que hacer y bla, bla, bla… Le molesta todo lo que hago y cómo lo hago. Esta es la cuarta vez que me cambia de tarea —fregaba un plato con más fuerza de la necesaria—. Se le ve en la cara lo frígida. No le vendría mal un buen…
—¡No termines esa frase! —Mavia la detuvo al notar que Serena estaba justo detrás de ellas.
Tenía la cara roja como un tomate y los brazos cruzados sobre el pecho. La nariz le apuntaba hacia arriba con suficiencia y en el borde se balanceaban un par de lentes pequeños. Xina palideció.
—A partir de ahora, vas a lavar los baños —Xina se encogió de hombros, avergonzada.
—Sí, Serena. Lo siento, Serena.
—¡Ahora! —apuntó con un dedo a la puerta.
Tal vez fue por cómo desapareció la bella sonrisa de Xina o por el enojo de Serena. Tal vez fue simple curiosidad, pero…
—Iré con ella —agregó Mavia soltando la esponja.
La felicidad que mostró Xina iluminó la habitación más que las velas. Fue exquisito ver cómo la furia distorsionaba a su carcelera. Pasaron el resto del día juntas, lavando inodoros y lavabos.
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Editado: 21.08.2026