Inmortal

30.

—¿De dónde eres?

Xina estaba arrodillada, cepillando el piso de uno de los baños en la planta baja. Seguía viéndose hermosa. Tenía el pelo atado en una coleta alta y le caía a los lados de la cara, dejando ver sus orejas puntiagudas.

—Nací en Orien. —Mavia pasaba un trapo por el espejo.

—¡Ah! Entonces eres Oriana. Pero no te pareces a los dioses.

Le hacía muchas preguntas y hablaba sin parar. Mavia se limitaba a responder o escuchar. Xina se encargaba de darle toda la información que podía llegar a querer.

—Yo no sé bien dónde nací. —Su sonrisa titubeó—. Pero crecí aquí. Mis padres me encontraron en el borde del bosque espeso cuando era bebé. Mi padre decía que tengo corazón de dragón, aunque mi cuerpo no sea como el de ellos. —Dejó salir una risita suave—. Pero a los demás no les importa mi corazón. Los dragones son cerrados. Siempre lo fueron.

Un destello de tristeza se dibujó en su rostro. Mavia no recordaba ninguna situación en la que algún dragón se hubiera comportado de esa forma con ella. Pero ella… no era como Xina.

—¿Qué tipo de criatura eres? —volvió a preguntar—. Yo no sé si soy una criatura siquiera. Mi magia no es como la de ustedes y no hay ninguna que tenga mi olor. O eso dicen los maestros.

—¿Viste a los maestros? —La distrajo con una pregunta para evitar responderle.

—¡Sí! Claro. Mi padre era el Maestro Superior, fue la mano derecha del rey hasta que murió. Yo quería ser como él. Empecé a entrenar para ser maestra e incluso entré en la Academia, pero con la guerra todo se fue por las ramas y terminé aquí.

—¿Guerra? —giró sobre sus talones para tenerla de frente.

Xina abrió los ojos como platos y hundió la cabeza entre los hombros.

—Peste. Quise decir. —Agitó la cabeza de un lado a otro, como si se sacudiera algo—. La peste hizo que terminara aquí.

Mavia la inspeccionó con la mirada. Su actitud le decía que mentía, pero era lo mismo que había dicho Zen. Si Xina mentía, entonces él también.

Difícilmente podría sacarle algo al soldado, pero a ella seguro que sí.

—¿Qué sabes de eso? —Volvió a darle la espalda y empezó a fregar el lavabo.

—Emm… —Titubeaba—. No mucho. Solo que está matando gente y que en estos refugios estamos a salvo. No hay que salir a la calle.

Su tono fluctuaba en señal de nerviosismo. Era claro que estaba escondiendo algo. Mavia presionó un poco más.

—¿Qué tipo de…?

—Voy a cambiar el agua. —La joven se puso de pie deprisa y salió al tranco con la cubeta entre las manos.

Sin duda algo más estaba pasando ahí afuera. Algo de lo que no podían hablar.

Un rato después escuchó que la puerta se abría y pensó que era Xina con el agua limpia. Estaba lista para hacerle mejores preguntas, y más sutiles también. Pero se decepcionó al ver a Serena cruzar el umbral.

Tenía la misma mirada de superioridad de siempre. Fruncía la boca como si hubiera chupado un limón. Extendió la mano para entregarle una nota y se fue sin decir una palabra.

Era de Zen. Esa noche iría a la casa.

Para cuando Xina apareció, Mavia ya estaba terminando con la limpieza. Pasaba el trapo por el borde de la bañera, retirando los últimos rastros de suciedad.

—¡Ay! —exclamó, llevándose una mano a la boca—. Lo siento, lo siento. Casi no te ayudé. Serena me retuvo cuando fui por agua, no me dejaba volver. Esa mujer tiene la lengua afilada. No paraba de hacer preguntas y acusaciones.

La sonrisa no podía ocultar la hinchazón de los ojos y el rojo de las mejillas. Había estado llorando.

—¡Agh! —Xina frunció el ceño y se tapó la nariz con los dedos—. ¿Qué es ese olor?

—¿Qué olor? No huelo nada.

—No es posible que no lo sientas. —Se puso a escudriñar la habitación con la nariz, tapándola y destapándola para detectar mejor la fuente—. O bueno, ya te acostumbraste quizá.

Mavia no se molestó en aclarar que literalmente no tenía olfato.

Xina dejó de olfatear justo frente a ella. Los ojos se le llenaron de pena y la vergüenza le dibujó facciones extrañas.

—Creo que eres tú. —Apuntó al abdomen de la Suprema con el índice.

Mavia se quitó el chaleco mientras Xina hacía fuerza para no vomitar. Ya no se cubría la nariz porque no quería ser irrespetuosa, pero su piel dejaba ver la descompostura subiéndole por la garganta.

La remera se había pegado a la carne y estaba totalmente embarrada por un líquido amarillento verdoso. Fuente del mal olor, sin duda. Se había formado una costra entre la infección y la ropa que se abrió con el constante roce mientras fregaba la bañera. La imagen era vomitiva, pero la aprendiz de maestra no flaqueó.

—No puede ser. —Las palabras salieron en un débil hilo—. Se acercó para ver de cerca la herida. El olor le golpeó con fuerza la cara. Ahogó una arcada—. ¿Cómo no estás muriéndote del dolor? ¿Cómo no vuelas de fiebre?

Mavia no respondió.

—Tienes una infección tan avanzada que la carne se está pudriendo.

—Algo me habían comentado. —Mavia bajó la remera cuando Xina la miró horrorizada.

—¿Estás mal de la cabeza o qué? —Mavia arqueó las cejas—. Vas a morir si no te limpian eso.

—Pues no se ve bien, pero…

Xina la tomó de la mano y la arrastró hasta uno de los cuartos detrás de las escaleras principales.

De entre las telas de su túnica suelta sacó una pequeña llave que introdujo en la cerradura cobriza. Esta se abrió con un clic-clac.

Todas las velas de la habitación se prendieron al instante.

—Recuéstate sobre la mesa —le ordenó mientras se movía por la habitación con una destreza intrigante.

Desde una estantería sacó un cilindro de cuero que empezó a desenrollar sobre la mesa. Mavia no se había movido de la puerta.

Sus ojos se quedaron pegados al manojo de pequeños cuchillos súper afilados que Xina arrastraba fuera del cuero.

—Me entrené para ser maestra, ¿recuerdas? —Veía la desconfianza en cada paso no dado—. Voy a curarte. Ven.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.