Inmortal

31.

Xina retiraba los pedazos de carne podridos con sumo cuidado. Sus movimientos eran delicados y lentos. Trazaba la ruta de la cuchilla en la mente antes de tocar el cuerpo. No iba a quitar un solo trozo de piel de más.

—¿Todavía soportas bien el dolor? —Le hacía la misma pregunta después de cada corte. Ya llevaban unos siete.

—Sí. —Respondía sin más.

¿Cómo explicarle que apenas sentía la presión de la cuchilla?

Antes de empezar le había dado un tónico cuya etiqueta prometía ser anestesia. Pero como no conocía bien la sala ni al fabricante, Xina dudaba de su efectividad y le preocupaba hacerla sufrir. Para Mavia era una tapadera perfecta.

—¿Qué está pasando aquí?

Ambas giraron la cabeza hacia la puerta, aunque reconocieron la insoportable voz.

Serena estaba roja como un tomate. Inflaba el pecho como un toro a punto de embestir.

Xina la ignoró. Ya trataría con ella más tarde.

—¡Te hice una pregunta! —vociferó, acercándose con zancadas pesadas.

Frenó en seco al ver el abdomen de Mavia.

—Tu trabajo. —Le respondió con voz gélida.

“¿Serena también es maestra?”, se preguntó Mavia.

Apretó los labios, conteniendo las palabras. Luego soltó un bufido sonoro. Pasó al otro lado de la mesa y agarró una botellita de color rosado desde un estante.

—Bébelo. —Le ordenó—. Evitará que empieces a delirar de fiebre otra vez.

—No tiene fiebre. —Sentenció Xina sin levantar la vista—. Su cuerpo no estaba combatiendo la infección.

—¿Por qué no me informaste? —Dejó la botella al lado de la cabeza de Mavia, que las miraba como si tratara de descifrar un rompecabezas—. No te di esa llave para que te movieras a mis espaldas.

—¡Ahora no! —El tono de la joven se volvió grotesco y amenazante. No había una pizca de dulzura o alegría en la mirada que le dedicó—. Necesito concentrarme.

Serena se mordió el labio inferior.

Tenía las venas de la cabeza marcadas y cerraba el puño sobre la mesa. Dejó salir un resoplido de hartazgo y se sentó lejos de ellas, en una silla pegada a la pared. Cruzó los brazos sobre el pecho. No dijo una palabra más.

—Ya casi termino. —Volvió su dulzura al dirigirse a Mavia.

Dejó las herramientas sobre una bandeja de acero y colocó sus manos a unos pocos centímetros de la piel cercenada. Cerró los ojos y, unos instantes después, una luz blanca brillante empezó a bailar entre sus dedos.

No era errática ni bruta, como la magia sanadora que solía usar Mavia. Era precisa. Formaba hilos y patrones específicos sobre la herida. Los hilos se despegaban de los dedos y bajaban en delicadas cataratas mientras ella los movía como una costurera experta.

Cuando la luz cubrió por completo la herida, se apagó. Xina abrió los ojos y le sonrió.

—Ya. —Dio unos pasitos atrás—. Terminé.

Serena se puso de pie y cada músculo del cuerpo de la azabache se tensó. Se dirigió a la puerta mientras Mavia se incorporaba.

—Date un baño. —Serena frenó en el umbral y le dedicó una mirada de asco. Le hizo un gesto con la cabeza a Xina para que saliera. El odio se le salía por los poros cuando pasó frente a ella—. La peste sigue impregnada en tu piel.

Ahí estaba otra vez el enojo asomándose por el puente marchito. El deseo de hundirle la nariz de un puñetazo era tan propio de ella que se encontró sonriendo sola.

Por mucho que la detestara, tomó el consejo.




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