El estudio era acogedor.
Las paredes estaban cubiertas por libros de todos los colores y tamaños. Había un juego de sillones verdes en un rincón, rodeando un candelabro de pie. En un extremo, frente a la puerta, se encontraba un escritorio sencillo, cubierto de papeles y otras chucherías.
Le recordó un poco a la salita delantera de la casa de Eraldo. Una curva sutil se formó en sus labios al recordarlo. Se preguntó cómo estarían.
En uno de los sillones, un Dragón de edad avanzada reposaba inmóvil.
Tenía cada centímetro de la piel arrugada, las orejas estiradas y la nariz caída. Entrelazaba los dedos de las manos, llenas de manchas marrones, sobre su regazo. Su mirada estaba clavada en un punto fijo de la pared frente a él. Sus ojos eran dos bolitas blancas.
Zen le había dicho que la criatura estaba ciega y no tenía olfato. Era un detalle importante para mantener el anonimato.
—Hola. —Saludó sentándose en el sillón junto a él.
El hombre no respondió. Mavia miró a Zen, que se había quedado recostado sobre el umbral de la puerta. Se le ocurrió que el hombre podía estar sordo también.
—Me dicen que usted es un antiguo maestro —prosiguió.
El anciano movió lentamente la cabeza arriba y abajo. Pues sordo no estaba. Zen pareció ver algo al otro lado del pasillo. Se retiró con el ceño fruncido, cerrando despacio la puerta.
—Tengo una enfermedad un poco rara y… alguien me dijo que los maestros podrían ayudar a curarla.
El Dragón extendió el brazo en su dirección, con la palma de la mano hacia arriba. Mavia dudó un momento, pero luego puso su mano sobre la de él. Este cerró los dedos a su alrededor y tiró de ella hasta que la tuvo frente a la cara.
Un gesto de disgusto se dibujó en la cara de la plateada, pero no se resistió mientras el hombre pasaba la nariz sobre su piel y acercaba los ojos a las yemas de sus dedos. Unos momentos después la soltó.
—No hay enfermedad —sentenció, volviendo a entrelazar los dedos sobre la falda.
Mavia pestañeó, incrédula. Contuvo el deseo de cuestionarle la falta de olfato. Opto por replicar.
—Sí, la hay. Verá, soy incapaz de usar magia. Tampoco tengo olfato ni siento dolor. —Le explicó los síntomas que consideró más representativos de su estado—. Algo está mal en mí.
—¡Ah…! —exhaló el Dragón—. Esa es una cuestión diferente.
—¿Diferente cómo? —juntó las cejas y apretó los labios.
—No te fue dada una enfermedad, se te despojó de algo.
Juntó aire en los pulmones y lo dejó salir despacio. Los maestros siempre hablaban de formas que le costaba entender. Era cuestión de tener paciencia, abrir bien las orejas y hacer preguntas claras.
—Bien, es cierto. En sentido estricto, perdí cosas que quiero recuperar y me fue dicho que los maestros podrían ayudar.
El Dragón negó con la cabeza.
—Nada ha sido perdido. Nada debe ser devuelto. Cuando lo desees, el poder que te sirvió te servirá.
La mandíbula se le cayó al piso. Las mismas palabras habían salido del espejo en la casa de Eraldo.
—¿Qué significa eso? —Le tembló ligeramente la voz.
—¿Qué desea la Suprema Mayor? —Las perlas blancas se posaron por primera vez sobre los ojos de Mavia.
No era posible, tenía la sensación de que podía verla. No su rostro ni su cuerpo, sino más allá.
—¿Qué está dispuesta a dar?
Intentaba responder, pero las palabras no salían de su boca. La mente le iba a mil. Un temblor sutil le movió los labios a la vez que un escalofrío le recorría la espalda.
Algo nuevo se movía en las partes apagadas de su mente, algo que no conoció antes pero que aprendería lo terrible que puede ser: miedo.
—¿Cómo sabe…? —no pudo terminar la pregunta.
Él se inclinó hacia delante, manteniendo la vista fija en ella.
—Lo veo. Veo lo que fue, lo que es y lo que será.
—Los Dragones no tienen tal poder. —No se atrevía a mover un músculo, ni a pestañear siquiera.
Se lamentó no haber tomado antes un arma de la cocina y de no pedirle a Zen que se quedara.
—¿No? —recostó la espalda en el respaldo del sillón—. ¿Quién lo decide?
Cuando el miedo amenazó con terminar de cruzar el umbral de la inconsciencia, recordó de pronto a qué criatura tenía enfrente. Pero, más importante aún, recordó quién era ella.
¿En qué mundo una Suprema le teme a un Dragón?
Con ese simple pensamiento recuperó rápido la compostura. Su rostro volvió a la neutralidad habitual y el cuerpo se le relajó al instante. El anciano sonrió.
—¿Cómo recupero mi poder? —insistió.
—¿Qué desea, Diablesa Plateada? —mostró los dientes en una sonrisa torcida—. ¿Qué desea?
—Deseo recuperar mi poder. —Apretó los puños sobre las piernas. El enojo intercambiaba lugares con el miedo y traía de la mano algo más.
—No —pronunció la palabra en un siseo—. Esa no es la respuesta.
—¿Y cuál es? —escupió la pregunta en una expresión de frustración.
—Ah… esa es la pregunta correcta.
Dejó salir un bufido y se puso de pie abruptamente.
—Gracias por nada —lanzó antes de salir disparada por la puerta.
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Editado: 21.08.2026