Inmortal

33.

—¿Entonces no fue de ayuda? —preguntó Zen.

Estaba sentado sobre la cama de Mavia, con los codos apoyados sobre las rodillas.

Tenía las manos frente a la cara, con el borde de los índices sobre el labio. Su vista se clavaba en los pies de Mavia, que estaba parada frente a él con la espalda apoyada contra la pared.

—No. —Un ligero tono de frustración se coló en su voz—. Tienes que buscar otro o dejarme ir a la Academia.

Más que una petición, era una advertencia. Si no encontraba respuestas con él, las iba a buscar por su cuenta.

Zen dejó salir un sonoro resoplido mientras escondía la cara entre las manos. Las deslizó hasta el cuello, jalando la piel, terminando por dejarlas caer sobre su regazo.

—Intentaré traer otro.

Los días y las noches pasaron como si nada.

Durante las horas diurnas, Mavia se dedicaba a las tareas que le daba Serena, acompañada siempre por Xina. En las noches estudiaba la casa: los rincones oscuros, las maderas sueltas y los clavos que sobresalían.

Llegó a conocer cada rincón como la palma de su mano.

Zen no pasaba mucho tiempo con ella. Solo lo había visto tres veces desde lo del maestro y no habían compartido mucho más que una charla casual. Suerte que era una mujer de paciencia.

Caminaba de puntitas, probando si de esa forma las maderas de la escalera rechinaban menos al bajar. Estimaba que eran las cuatro o cinco de la mañana. Le quedaba más o menos una hora antes de que se levantaran los que trabajaban en la cocina.

Pero tenía absoluta certeza de que todos en la casa estaban dormidos.

Se quedó congelada al ver por el rabillo del ojo que una puerta se movía a su izquierda.

Se pegó a la pared, bajo la sombra de una columna.

Los pasos se oían lentos, pero torpes. Quien sea que se moviera hacia ella no quería que lo detectaran.

El bulto negro pasó junto a ella sin notarla. Era un Dragón de mediana edad, más o menos de su altura. Mavia lo había visto rodeando a Xina en las comidas.

Le pareció una buena oportunidad para poner a prueba su sigilo. Lo siguió escaleras abajo.

Fue hasta la planta baja, rodeó por la izquierda las escaleras, siguió hasta el pasillo de muchas puertas y, justo cuando pensó que se metería en el baño, siguió un poco más.

Se detuvo frente a la habitación de Xina.

El Dragón tomó el pomo de la puerta mientras Mavia se debatía entre intervenir o volver por donde vino. ¿Tendría Xina alguna relación que ella no conocía? Eso explicaba por qué la había estado rondando, pero… nunca los vio interactuar de ninguna forma.

Giró el pomo y empujó la puerta.

Mavia se acercó hasta la puerta, que ahora estaba cerrada, y pegó la oreja. Solo necesitaba saber si Xina estaba en peligro o no.

No escuchaba nada, ni un susurro.

“Debo estar muy paranoica”, pensó mientras se despegaba de la puerta.

—¿Quién eres? —La voz de Xina atravesó la madera como un gemido ahogado—. ¡Suéltame!

La puerta se abrió sin emitir un sonido.

Sus pasos fueron ligeros como una pluma y sus manos firmes como el acero. Se colocaron a ambos lados de la cabeza del Dragón y le rompieron el cuello.

Cayó inerte sobre el cuerpo de la azabache. Sus muñecas seguían apresadas por sus manos tiesas. Se zafó con un par de movimientos. Arrastró su cuerpo por debajo de él, peleando con el peso y el enredo de las sábanas hasta caer al piso.

Los pies de Mavia estaban a unos centímetros de su cara.

Las velas se prendieron con un movimiento de los dedos. Su cara de terror se aflojó al reconocer a su amiga.

Dejó salir un grito agudo al ver el cuerpo sin vida sobre la cama.

—¿Lo conocías? —Por un segundo tuvo miedo de haber malinterpretado la situación.

El alivio fue total cuando negó con la cabeza.

El grito despertó a una buena cantidad de inquilinos. Entre ellos Serena, que llegó corriendo unos minutos después. Tuvo que taparse la boca para no gritar como Xina.

El cuello del hombre estaba retorcido, formando desagradables pliegues de piel. Tenía los ojos dados vuelta y una sonrisa repulsiva dejaba ver sus perfectos dientes blancos.

Mavia miró a Serena con total indiferencia mientras esta movía la mano de la boca al pecho. Entró de puntitas a la habitación.

—¿Qué pasó? —Le temblaba el labio inferior y evitaba activamente la mirada de Mavia.

—Lo maté. —No podía haber más frialdad en sus palabras.

—¿Por qué? —jadeó. Le estaba costando trabajo mantener el aire en los pulmones.

—Atacó a Xina. O bueno… —la miró intacta, tirada en el piso—. Lo intentó.

Ella se limitó a asentir. No podía articular palabras.

—¿Y le rompiste el cuello? ¿Como si nada?

Serena había sobreestimado la debilidad de Mavia. Esta ladeó la cabeza, confundida. No era algo tan difícil de hacer.

Algunas cabezas empezaban a asomarse por la puerta.

Xina se puso de pie entre tambaleos.

—Serena… —la llamó en un tono muy bajo.

Esta volteó a verla.

—Creo que quería… —Tragó saliva y le tembló un poco el cuerpo. No podía terminar la frase.

Serena levantó la mano para que no siguiera.

—Lo sé.

Después de esa noche, Xina empezó a dormir en la habitación frente a la de Mavia, con un cuchillo bajo la almohada. Mavia también empezó a tener uno sobre la mesita de noche.




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