Un par de noches después del asesinato, Mavia estaba dándose un baño.
La bañera estaba en el medio del ambiente. Tenía la espalda contra la puerta y reposaba la nuca sobre el borde curvado.
Alguien golpeó la puerta y ella se incorporó.
—¿Sí? —No le gustaba la interrupción.
—¿Puedo pasar? —La voz de Zen atravesó la madera.
—Sí.
Giró un poco el cuello para verlo entrar.
Tenía el ceño ligeramente fruncido, algo que se había vuelto habitual. Lo veía bien.
—Me dicen que mataste a alguien. —Entró cerrando la puerta detrás de él.
Mavia resopló y puso los ojos en blanco.
Menuda soplona era Serena.
—También es un gusto verte.
Giró la cabeza para darle totalmente la espalda. Si había ido a darle un sermón, se podía ir por donde vino.
Zen se sentó en el borde de la bañera, frente a ella. Se reclinó un poco, apoyando una mano en cada borde.
Le dedicó una mirada profunda que Mavia devolvió con la misma intensidad.
—¿Te hizo daño? —Una chispa de furia ardía en el fondo de sus pupilas. Un par de mechones carmín le caían por la frente.
—No. —Apretó los labios—. Intentó lastimar a otra persona y le rompí el cuello.
Desinfló el pecho en un suspiro. Enderezó la espalda y se acomodó el pelo con las manos.
—Eso suena a algo que tú harías. —Sonrió—. Pero no puedes volver a hacerlo.
—¿No puedo defender a una amiga? —Levantó una ceja.
La palabra amiga sorprendió al Dragón. Serena no mencionó nada al respecto.
—Puedes defenderla. —Movió la cabeza de arriba abajo—. Pero no puedes matar a los inquilinos como si nada. La próxima vez, deja que Serena se encargue.
La mirada rígida que le dedicó habría hecho que un general experimentado se cagase en los pantalones. Pero Zen se había vuelto inmune a la dureza de sus ojos.
—Por supuesto que dejé que se encargara. —Agarró la esponja porífera y se la pasó por el brazo—. ¿Quién crees que se llevó el cuerpo?
Zen torció la cabeza en una sonrisa. Pasó una mano por su nuca y se inclinó para darle un beso en la frente.
Mavia se quedó inmóvil con la presión de sus labios en la piel.
¿Cuáles eran las sensaciones que eso provocaba? No lo recordaba.
—Me alegra saber que en el fondo sigues siendo tú. —Deslizó el pulgar sobre una de las marcas rojas de su mejilla.
Se puso de pie para irse. Dio un par de pasos hacia la puerta.
—¡Porque no…!
Zen se detuvo pero ella no sabía cómo terminar la frase. Solo sabía que cada molécula de su cuerpo le pedía que se quedara.
Dio un vistazo rápido a la habitación y divisó un cepillo sobre el lavamanos. Lo apuntó con el dedo.
—¿Me ayudas con el pelo?
Los ojos del Dragón saltaron del cepillo a ella. Lo agarró y volvió al borde de la bañera.
—Soy un soldado —le dijo sonriendo, agachándose lentamente hasta que quedaron frente con frente—. Soy el capitán de la guardia de esta ciudad. No cepillo pelo.
Pegó su frente a la de él.
—Yo soy Mavia… —No tenía mucho más para decir. Ya no sabía bien qué era—. Y tú solías hacerlo.
El dragón infló el pecho para que pudiera entrar todo el amor que estaba sintiendo. Le besó la nariz, al mismo tiempo que tomaba el cepillo.
Se colocó detrás de su cabeza, con ambas rodillas apoyadas en el piso, y empezó a pasar el cepillo. Primero por las puntas. La suavidad de las cerdas contrastaba con la firmeza con la que Zen sujetaba los mechones.
Los sutiles movimientos del cepillo sobre el cuero cabelludo, los roces de los dedos sobre la piel, la respiración del Dragón cerca de sus oídos… le traía recuerdos. Recuerdos que se había negado a mirar por mucho tiempo.Sonrió.
—Tengo muchas preguntas para hacerte. —Mavia empezó a hablar con la sensación de que debía callar. Algo en su mente le pedía que no arruinara el momento, pero otra parte le recordaba que necesitaba información—. ¿Lo sabes, verdad?
Zen hizo un ruido de afirmación.
—Pero no tenemos mucho tiempo para hablar, vas y vienes constantemente.
—Tengo mucho trabajo. —Su voz sonaba más áspera ahora—. La ciudad es un caos.
Mavia quería saber por qué. ¿Qué era lo que estaba pasando ahí afuera? Pero si preguntaba directamente no tendría respuesta, como todas las veces que lo hizo.
—Es extraño. —Recostó un poco la cabeza sobre el borde—. Estaba segura de que encontraría un reino en paz. Que la Alianza solo sería comercial y los ejércitos estarían disueltos…
Hizo una pausa, pero Zen no dijo nada.
—Después de matar a los Titanes, digo. Pensé que los reinos no tendrían más problemas, que ya no seríamos necesarias Lara y yo.
—¿Por eso no volviste? —Le cambió de dirección la conversación—. ¿Pensaste que no te necesitábamos?
“¿Cuándo se había vuelto tan bueno evadiendo?”, pensó.
Pero si quería respuestas, también debía darlas, ¿no?
—No. No sabía cómo volver. —Lo miró sobre el hombro. Sus ojos de esmeraldas estaban clavados en ella, debatiéndose entre la incredulidad y la tristeza—. Ya te dije que perdí mis poderes y… no sé cómo llegué al otro lado de las montañas. Tampoco sabía qué montañas eran. —Suspiró—. Aunque tampoco me esforcé mucho, la verdad…
Se hundió un poco en la bañera, abrazando las piernas con los brazos.
—Sí. Pensé que no les hacía falta, sobre todo sin poder. Además, Lara está aquí. Debe ocupar mi lugar, ¿no?
Zen se quedó en silencio un momento.
—¿Cómo volviste?
El cepillo se detuvo.
—Encontré ayuda.
Procedió a contarle todo lo que había omitido el primer día. Le habló de la manada de lobos y de cómo solo quedó Probo. De la pequeña de pelo dorado que murió quemada. Del pequeño que se pega a ella como garrapata.
Le contó sobre la bestia de fuego que resultó ser un cambiador sin entrenamiento y sobre la niña intrépida e irrespetuosa que tenía un gran futuro con la magia. Le contó también sobre el viejo Dragón que le dio el mapa para volver.
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Editado: 11.09.2026