Las semanas que siguieron fueron monótonas y tranquilas. Zen visitaba la casa un poco más seguido, motivado sin duda por las pequeñas expresiones de afecto que Mavia le dedicaba cada vez que se veían.
Él respondía con gestos de la misma índole. Un día apareció con un ramo de tulipanes. Otro, le dejó una carta contándole lo mucho que pensaba en ella.
Ella dejó de hacer preguntas sobre lo que pasaba afuera. Ya no era importante. Ni siquiera pensaba en sus poderes o en los maestros. Se había adaptado a la calma de la casa y a la rutina del trabajo doméstico. Hasta podía decirse que había empezado a disfrutarlo.
Las noches que pasaban juntos se quedaban dormidos enredados entre los brazos del otro. El amor que una vez la volvió loca se abrió paso por los confines de su mente rota.
¿Quién hubiera dicho que una criatura sin corazón era capaz de amar?
Al darse cuenta de que una emoción se movía en su interior, intentó aferrarse a ella para usar magia. No funcionó. Ni una chispa salió de sus dedos. Eraldo se había equivocado. Sentir no era suficiente.
Se sentía cómoda con Xina, Zen y un hogar bastante funcional. Respiraba paz.
Le propuso a Zen llevar a los niños y a Eraldo al refugio.
—¡Claro! Cuando las cosas mejoren los traeré —le respondió él.
Se mordió la lengua para no preguntar cómo estaban las cosas afuera. No quería ponerlo de mal humor y estropear el poco tiempo que pasaban juntos. Sí, tenía miedo. Aunque ella no lo reconocía como tal.
—También… —propuso con timidez— podríamos irnos nosotros.
Zen paró de atarse la pechera y la miró confundido. Ella se acercó para terminar el trabajo.
—Del otro lado de la montaña la vida es tranquila y mucho menos peligrosa. Podríamos vivir en paz con ellos.
Prácticamente le suplicó con los ojos que le dijera que sí.
—No puedo irme, Mavia. —Apartó sus manos de las correas y se las llevó a los labios—. La ciudad depende de mí. —Le dio un pequeño beso en los dedos—. Por mucho que te adore, no puedo dejar Codeda. Hice un juramento.
“¿Y qué hay del juramento que me hiciste a mí? Que no pueda invocarlo no significa que lo olvide”, pensó. No se atrevió a decírselo.
—¿Cuando las cosas mejoren podrías? —dijo en su lugar.
—Claro. —Sonrió, soltando un brillo en las pupilas—. Haremos lo que quieras entonces.
Algo en el tono de su voz la hizo dudar.
Otra noche estaban abrazados antes de dormir. Hablaban del pasado y de otras cosas no muy relevantes. Zen le había preguntado otra vez por la pelea con los Titanes y qué había pasado después.
Le dijo lo mismo que las otras cinco veces.
—No lo sé. Recuerdo estar peleando. Recuerdo una luz cegadora y luego mucha oscuridad. Después abrí los ojos en el bosque de los lobos, del otro lado de la montaña.
Zen no seguía haciendo preguntas después de eso. Aunque ella aprovechaba para hacer algunas.
Esa noche aprovechó para sacar la pregunta que llevaba atorada en la garganta desde que le arrancaron el corazón.
—¿Por qué me abandonaste?
Dejó de acariciarle el pelo y se incorporó en la cama para mirarla a los ojos. Su torso desnudo reflejaba la tenue luz de las velas, marcando cada músculo flexionado.
Sobre el lado izquierdo de su pecho se dibujaban las letras escarlatas que todos los dragones portaban con orgullo. Y debajo, unas que le pertenecían solo a él. Unas que juraban amor.
—No te abandoné. —La firmeza con que lo dijo hizo que Mavia se hundiera un poco en el colchón.
—¿Qué pasó entonces?
Suspiró, pasándose la mano por el pelo.
—Me ordenaste que me fuera lo más lejos posible.
A Mavia se le cayó la mandíbula. No recordaba haber hecho eso.
Zen dejó salir una risita melancólica.
—Tu madre y tu hermana me estaban dando la paliza de mi vida. Tú apenas podías moverte y no soportabas verme así. Invocaste el juramento y me diste la orden antes de que Lara me noqueara de un golpe. Cuando recuperé la conciencia, el juramento me arrastró lo más lejos que pudo llevarme.
—¿Hasta dónde fuiste? —intentó contener la risa, pero fue imposible.
—Hasta el Mar Esmeralda, en el reino de Falkor. Más allá del Bosque Espeso.
Mavia soltó una carcajada.
—¿Fuiste a las Tierras Frías?
—No es gracioso. —La retaba entre risas—. ¿Tienes idea de los años que estuve vagando? ¿De los años que tardé en volver?
—Lo siento. —Se reía cada vez más fuerte.
—Y deberías. ¿Cuántas veces te dije que tuvieras cuidado con las órdenes?
Siguieron así hasta que Zen tuvo que irse.
Mavia se quedó despierta mirando la vela sobre la mesa. La cera derretida corría lenta, igual que sus pensamientos.
La sonrisa surgió sola cuando la frase se hizo eco en su mente.
“No quiso dejarme.”
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Editado: 11.09.2026