Inmortal

36.

—Tienes que contarme todo, picarona.

Xina estaba más exaltada de lo normal. Había visto cómo Zen se escabullía de la habitación de Mavia por la mañana y estaba desesperada por saber todos los detalles.

Untaba un pan de miel mientras esperaba que hablara. Mavia no era muy compartidora. Había que sacarle la información a tirones.

—¿Desde cuándo están involucrados? —las migas se le salían de la boca.

Desde el incidente del Dragón muerto, Xina no disfrutaba de la multitud. Las comidas las tomaban en la cocina. Por alguna razón Serena también lo hacía. Estaba en la punta opuesta de la mesada, soplando una taza humeante de café.

—Las fechas no son lo mío. —La respuesta de Mavia trajo una mirada de reproche—. Desde la Academia. No estoy segura de cuánto tiempo pasó. Estimo quinientos años. —Agregó—. Puede ser más o menos que eso.

La azabache casi se atraganta con la tostada.

—¡¿Qué?! Eso es mucho tiempo. Debieron ser unos niños cuando se unieron.

Mavia asintió. Se le escapó una sonrisita al recordar la primera vez que lo vio en el campo de entrenamiento. Luego recordó el día del sol negro y la sonrisa se borró.

—¿Y qué hicieron anoche? —reclinó el cuerpo hacia Mavia para hablar más despacio.

Esta la miraba con las cejas levantadas y una expresión ligeramente parecida a la diversión.

—¿Se pusieron al día?

—Solo hablamos y… dormimos. —No se sintió cómoda hablando del resto.

Xina dejó salir un gritito de alegría.

—Durmieron juntos… —estiró la última letra hasta quedarse sin aire—. Qué ternura.

Serena miraba la taza sobre la mesada. El agua formaba ondas en la superficie. Tenía las cejas unidas y los labios apretados.

—No hay nada más leal que un Dragón, ¿lo sabías? —se llevó otra tostada a la boca—. Solo se unen una vez en toda la vida. Solo una pareja. Es tan romántico.

Mavia movió la cabeza de arriba abajo. ¿Cuántas veces había escuchado esa frase?

—De todo ese tiempo, ¿cuánto estuvieron separados? —siguió interrogando.

—Mucho más de lo que estuvimos juntos.

Xina solo la miró, pidiéndole con los ojos algo más preciso.

—No sé, tal vez cuatrocientos años o menos. —Agregó. Realmente nunca se había puesto a sacar cuentas. Tampoco creía ser capaz de hacerlo. Había mucho que no recordaba.

—¡Oh! —Se tapó la boca con la mano—. Eso es horrible. Debió ser una tortura para él. Los Dragones son muy apegados a sus parejas y no es como si fuera a buscar otra para relajarse cuando le hiciera falta. Aunque tú no la debes haber pasado bien tampoco, pero no tienes ese problema, podías ir con cuanto…

—¡Xina! —El reto era divertido, casi cariñoso.

La azabache se echó a reír y Mavia sonreía sutilmente. Parecían dos hermanas teniendo una conversación matutina.

Mavia dejó descansar una mano sobre la mesada y notó un ligero temblor. La sonrisa se desvaneció al instante.

—¿Qué es eso? —bajó de la banqueta. Deslizó la mano por el piso—. Lo sientes.

Xina hizo lo mismo. Levantó la vista para preguntarle a Serena, pero ella ya no estaba ahí.

—Deben ser temblores de la tierra. Es normal tan cerca de las montañas. —Se puso de pie—. Voy a ver qué tareas tenemos que hacer hoy. Ahora vuelvo.

Normalmente Mavia la hubiera esperado sentada, pero la expresión de preocupación que intentaba reprimir la obligó a seguirla.

—¿Qué está pasando? —le preguntó Xina a Serena.

Mavia las escuchaba del otro lado de la puerta, con el oído pegado a la madera. Estaban en una de esas habitaciones que siempre tenían llave.

—Están atacando la barrera —dijo Serena.

—¿Qué? Pero estamos a kilómetros de la línea. ¿Cómo llegaron tan lejos? —Xina sonaba asustada.

—Debe haber una brecha. Ya pedí ayuda, pronto estarán aquí —respondió Serena.

Se escuchaban pasos nerviosos de un lado a otro de la habitación.

—¿Crees que ya sepa que está aquí? —La voz de Xina sonaba más cerca de la puerta.

—Sí, eso creo. —Los pasos se detuvieron—. Deberíamos haber parado de mover refugiados cuando llegó. Era cuestión de tiempo que se corriera el rumor.

—Deberíamos decirle, Serena. Tiene que saber que está en peligro. Para poder defenderse al menos. Las dos sabemos que el refugio va a caer pronto, y que ni todos juntos…

—¡No tiene magia! —escupió Serena—. No tiene forma de defenderse. Era nuestra última esperanza y…

Un sollozo atravesó la madera, arrojándola hacia atrás.

—Lo sé —habló Xina—. Pero la están buscando a ella. Si ya saben que está aquí, es un error no moverla. Van a venir con todo lo que tienen.

—No vas a convencer a Zen de llevársela y, aunque lo hicieras, ¿a dónde? Todos los reinos están en la misma situación. —Serena se oía triste. Cansada.

—No todos. Los Arianos sostienen su frontera. Su padre puede protegerla.

—No vas a convencerlo. Él no va a confiarle a nadie su protección y nosotras tampoco deberíamos. Es imposible saber quién es amigo o enemigo. Ni siquiera los Dragones se ponen de acuerdo.

El silencio llenó sus oídos. Al parecer Xina no tenía réplica.

Se alejó corriendo cuando escuchó pasos cerca de la puerta.

Lo que Mavia dedujo después de estar horas tirada en la cama con la cabeza colgando del borde fue lo siguiente:

Primero: afuera había una guerra de varios frentes.
Segundo: ella era la razón por la que se estaba peleando esa guerra.
Tercero: los Dragones estaban acorralados y divididos.
Cuarto: Xina sabía quién y qué era ella.

Las últimas dos cosas le molestaban en sobremanera.




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