—¿Dónde está Xina?
Era la quinta vez que le hacía esa pregunta en el día. Serena seguía repitiendo lo mismo.
—No lo sé.
Cada vez respondía con un tono más elevado. Las dos se estaban tensando. Al principio Mavia la buscaba para acribillarla a preguntas y reclamos de todo tipo.
¿Siempre supiste quién era yo?
¡Estuviste fingiendo todo el tiempo!
Y demás reclamos.
Dejó de lado el escozor de la traición cuando la desaparición de la joven dio paso a otra emoción: preocupación.
—Tú eres la que controla todo y a todos en esta cárcel. —Mavia empezaba a perder la paciencia—. No hay forma de que no lo sepas.
Soltó los papeles que estaba escribiendo y la miró por sobre los cristales que le colgaban de la nariz.
—¿No tienes tareas que hacer?
El desprecio y la suficiencia en el tono de voz la hicieron explotar. Su semblante cambió de inexpresivo a frío como el hielo. Los párpados formaron dos líneas afiladas que dejaban ver muy poco del gris de sus ojos.
—Cuando le cuentes esto a Zen, recuerda que lo intenté por las buenas. —Se movió alrededor del escritorio que las separaba—. Pero no fuiste cooperativa.
De su bota derecha sacó el cuchillo que había robado de la cocina. Lo apoyó sobre la garganta descubierta de Serena. Esta tembló al sentir el frío metal mordiéndole la piel.
—Voy a preguntar una vez más y, si no me gusta la respuesta, esos papeles van a dejar de ser blancos. ¿Entendiste?
Serena asintió.
—¿Dónde está Xina?
—En el sótano.
—Bien. Nos estamos empezando a entender. Camina.
La levantó de la silla de un tirón sin mover el cuchillo de su lugar. El movimiento hizo que la hoja se deslizara ligeramente. Rodó una pequeña gota de sangre por el cuello de la ambarina. En el camino se cruzaron con varios inquilinos que miraban asustados. Ninguno intervino. Nadie valoraba tan poco su vida.
La humedad y el olor a moho eran insoportables para Serena, al punto que se cubrió la nariz con la manga del vestido. Con un movimiento de los dedos prendió todas las velas de la habitación.
Xina estaba hecha una bolita en el suelo, con la cabeza entre las piernas y los brazos cerrados alrededor. Su pelo estaba revuelto. El vestido parecía estar roto en la espalda.
—Xina… —Mavia se acercó con cautela, temiendo espantarla.
Ella levantó la mirada. Las marcas de lágrimas secas se esparcían por su rostro, acompañadas de unos ojos llenos de dolor. Aun así, le dedicó una sonrisa débil.
Tenía marcas de latigazo por toda la espalda. Toda la parte de atrás del vestido había sido arrancada; lo que se veía sobresalir era su piel desgarrada. Mavia acunó la cabeza de su amiga con ambas manos. Le mostraba una mirada compasiva que, en el fondo, movía un poco de furia y amor.
—¡Cúrale la espalda! —le gritó a Serena—. ¡Ahora!
No había más que dureza para esa mujer.
—¿Quién te hizo esto? —le preguntó con delicadeza mientras cortaba las sogas de sus pies.
Xina movió la cabeza de un lado a otro, sin querer responder.
—Fue Zen —respondió Serena.
Ambas mujeres la miraron asombradas.
—No, Serena —le rogó Xina—. Te hará lo mismo cuando se lo cuentes.
—Zen la castigó por pedirle que te saque de aquí —ignoró a Xina.
Mavia buscó los ojos de su amiga para comprobar si era verdad. Estaban cargados de miedo, pero había un poco de alivio en ellos.
—Zen no haría semejante cosa —replicó indignada.
Una carcajada histérica resonó en la piedra que las rodeaba.
—Tú no tienes ni idea de lo que es capaz de hacer ese Dragón.
Serena apretó los dientes mientras movía las manos sobre la espalda de la azabache.
—Basta… —susurró Xina. Una lágrima corría por su nariz.
—Zen está dispuesto a dejar que todo Drego caiga a pedazos por ti. —Las manos empezaron a temblarle—. Pero el muy estúpido no se da cuenta de que, si Drego cae, entonces no habrá nada entre tú y ella.
—¿Ella? ¿Quién me está buscando?
—¿Quién más va a ser?
—¡No! ¡Basta! —Xina se puso las manos sobre la cabeza y empezó a llorar.
Serena ya había terminado de curarla y estaba tratando de que se pusiera de pie.
—Lara…
El hilo de voz salió sin que Mavia lo pensara y le cayó como un balde de agua fría. Eraldo se lo había dicho. Lara llevaba años buscándola. No hizo falta que nadie respondiera nada. Xina pasó un brazo por los hombros de Mavia y esta la agarró por la cintura para ayudarla a subir las escaleras. Se detuvieron al ver que Serena no las seguía. Mavia volteó, solo para verla tomar el látigo.
—¿Qué demo…? —Se quedó mirándola estupefacta mientras se azotaba la espalda a sí misma—. ¡¿Pero qué haces?!
—¡Largo! —El grito le desgarró la garganta. Resonó sobre la piedra en un eco doloroso.
—Pedazo de loca —masculló Mavia.
Xina pareció querer decir algo, pero no tenía fuerzas. Se desplomó sobre los escalones y Mavia la cargó en la espalda el resto del camino.
La llevó a su habitación. Se quedó en vigilia durante el día y medio que duró su inconsciencia.
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Editado: 11.09.2026