Inmortal

38.

Xina estaba sentada en el borde de la cama mientras masticaba un pedazo de tarta y sostenía un vaso de agua. Mavia la miraba inexpresiva, sentada frente a ella en el suelo, con los pies cruzados y la cabeza apoyada contra la pared. No había rastro de la alegría que las últimas semanas le habían traído.

—¿No vas a decir nada? —Xina rompió el silencio después de tragar la comida.

—¿Sientes dolor? —Mavia se puso de pie lentamente.

Xina negó con la cabeza.

—¿Te sientes bien?

Asintió.

—Bien, porque ahora vas a explicarme lo que pasó.

Estaba tan cerca que Xina podía sentir su aliento en la nariz. Mavia apoyó las manos a sus costados y se inclinó sobre ella. La esquina de su labio se elevaba en espasmos erráticos.

—No puedo…

El rostro de Mavia se endureció. No quería ser dura con ella, no quería tener que ponerle una daga en la garganta, pero si la obligaba…

—Xina. —Habló despacio, marcando cada letra con cuidado—. Si no me lo dices ahora, no volveré a confiar en ti. Ya no seremos amigas.

Una amenaza inofensiva, pero la azabache era sensible. Vio cómo se le estrujaba el corazón, cómo la duda y el miedo invadían su alma. Se levantó, dejando en el suelo el vaso e impulsando a Mavia hacia atrás. Por un momento Mavia pensó que la había juzgado mal y que Xina era demasiado fiel a Zen para hacerle caso. Pensó que su amistad no significaba tanto como parecía.

La joven caminó un poco hacia la pared opuesta de la habitación, alejándose de la cama, de Mavia y de la puerta. En un movimiento suave, se desprendió de lo que quedaba del vestido.

—¿Pero qué haces?

Realmente no había nadie cuerdo en esa casa. Xina giró lentamente, avergonzada. Con la cabeza inclinada y los ojos cerrados. No hizo falta que explicara nada. Sobre el busto izquierdo se extendía un tatuaje de letras escarlatas. Mavia dejó caer los hombros en un suspiro.

Ahora tenía sentido.

—Hiciste un juramento.

Xina movió la cabeza de arriba abajo.

—¿A Zen?

Volvió a asentir. Mavia se acercó un poco a ella para leer lo que decía. El texto era corto.

Juró no decirle una palabra de lo que pasaba en el exterior. No tenía sentido.

Nunca había escuchado de una criatura que se juramentara así. Ni siquiera sabía que era posible. Los dragones crearon los juramentos por su sentido de lealtad. La muerte es un resultado deseado si el camino no se sigue.

Pero claro… Xina había sido criada por dragones. Aunque su sangre no fuera de fuego, su corazón lo era.

¿Cómo no los honraría? Si deseaba ser uno de ellos más de lo que apreciaba su vida

Algo no encajaba.

—Los juramentos son cosa de dragones. —Le subió el vestido—. No debería forzarte como a ellos. ¿Sientes dolor cuando lo rompes?

—Sí. Quema como su fuego. —Le sostuvo la mirada—. Pero no me fuerza. A mí no.

—Porque no tienes sangre de dragón. Para ellos es imposible resistirse. Por eso solo los hacen…

—Con sus uniones —la interrumpió—. Y a los Supremos.

—Sí.

Mavia se pasó las manos por la cabeza y caminó de un lado a otro de la habitación.

—¿Qué puedes decirme sin que te retuerzas de dolor?

—Todos los que pasan por aquí tienen uno.

Mavia arqueó las cejas.

—Hasta los niños.

Eso era peligroso. Los niños fácilmente se pueden ir de lengua. Ahora entendía por qué todas las madres se los llevaban lejos cuando la veían.

—Todos juraron lo mismo. Al mismo Dragón.

—¿Serena? —preguntó como si no supiera la respuesta.

Xina asintió.

—El de ella es distinto. Evita que hable, sí. Pero también la obliga a contarle todo lo que haces. Y ella…

Hizo una pausa, sopesando si debía decirlo.

—Tiene sangre de Dragón por su línea paterna, así que…

—Puede morir —terminó Mavia por ella.

Xina no la contradijo.

—Por eso se dio los latigazos. Los castigos purgan.

"Hasta cierto punto". Pensó. "Si Serena hubiera seguido hablando, el juramento la habría estrangulado. Entonces no está loca. Es lista."

—Tú no necesitas purgarte, pero él te castigó para que no creas que podías hablar, ¿verdad?

Un sollozo agudo se escapó de su garganta mientras las lágrimas rodaban sobre el ámbar de su piel. Movío la cabeza de arriba abajo, sin poder articular palabra.

—No lo puedo creer.

Siempre supo que Zen podía llegar a ser feroz. Pero ¿cruel? Eso era nuevo. De repente un pensamiento le atiborró la mente. ¿Cómo demonios Zen la mantenía lejos de Lara?

Él también estaba juramentado a ella. Si realmente su hermana la buscaba, él y todos los Dragones estarían obligados a entregarla. ¿Cómo se resistían? Tenía los ojos desorbitados. Movía las pupilas de un lado a otro. Buscaba en su mente toda la información que tenía sobre los juramentos. Era poca. Basica.

—Tranquila.

Los sollozos cada vez más fuertes la devolvieron a la realidad.

—No voy a preguntar nada que no puedas decir. No voy a hacer nada que te ponga en peligro.

Mintió.

—¡Lo siento! —Lloraba a gritos—. Tú… mi… amiga… yo…

Era difícil entender entre tanto llanto, pero dijo algo así como que era su amiga y la quería mucho. En el fondo por eso lloraba. Sentía que la había traicionado. Que ya no merecía disfrutar de su compañía. Se sentaron en el suelo, hechas un ovillo.

Xina lloró hasta que no tuvo más lágrimas mientras Mavia hacía círculos sobre su espalda con la palma de la mano. No tenía idea de cómo consolar a alguien. Había visto a Eraldo hacer eso cuando Aren lloraba.

—¿Cómo terminaron Serena y tú metidas en esto?

No le importaba mucho, pero se le ocurrió que hacerla hablar haría que dejara de llorar.

—Yo me crié con la familia de Zen. —Se sorbía los mocos en cada palabra—. Y… mentí cuando dije que me encontraron en el bosque. ¡Lo sientooo!

Escondió la cara entre las manos. Las gotas saladas se le escurrían entre los dedos.

—Está bien. —Mavia rodó los ojos—. No me importa que mintieras con eso.




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