Durante el resto del día, Xina le contó la historia de cómo Zen la encontró en Falkor cuando era apenas una niña. De cómo la arrancó del seno de una familia que la obligaba a vender su cuerpo por comida y a dormir en la nieve durante las primeras nevadas del año.
Siguió con ella hasta el Mar Esmeralda y después de vuelta. En el camino conocieron a Serena, cuya historia no era mucho mejor.
Tenía un esposo abusivo que la obligó a parir como si fuera un animal de cría, solo porque tenía sangre de Dragón y estaba besada por el arcoíris, símbolo de buena fortuna en las tierras frías, donde la luz y la lluvia escasean.
Ambas habían sido acogidas por la familia del Dragón. Mavia recordaba a los padres de Zen como joviales y sueltos. No le sorprendía que acogieran a una niña y a una mujer desamparada.
El padre de Zen era un maestro reconocido como el mejor estratega del reino y tenía buena relación con el rey. En eso no había mentido tanto. Tampoco sobre la Academia. Logró entender mejor la relación de amor-odio que tenían esas dos. Eran prácticamente hermanas.
Todo un héroe ese Zen. No había dudado en salvarlas… ni dudó en ponerlas en peligro cuando lo necesitó. Realmente eran tal para la cual.
—Es que Serena tiene la habilidad de levantar barreras muy fuertes y yo soy la mejor costurera que hay en el reino. —Se les decía costureros a aquellos con buenas habilidades para sanar heridas graves—. Por eso nos pidió ayuda. Hubiera hecho cualquier cosa para mantenerte a salvo. Usarnos no podía ser la excepción.
Le respondió aquello cuando cuestionó la moral de Zen al involucrarlas.
—¡Ay! —exclamó Xina, inclinándose hacia adelante—. Me quemé.
Miró la pared sobre la que había estado apoyada todo el día con ojos de extrañeza. Pasó la palma de la mano sobre la madera solo para comprobar que no estaba desvariando. Un ligero temblor empezó a sentirse en la casa. Hacía crujir la estructura y los candelabros colgados del techo se balanceaban.
—Voy a buscar a Serena.
Xina se puso de pie, seguida por Mavia.
No llegaron a dar tres pasos cuando un estruendo se escuchó bajo sus pies, seguido de un violento temblor que las hizo caer al suelo.
El terror invadió el corazón de la azabache mientras luchaba por ponerse de pie. Trastabillando y con ayuda de los muebles cercanos logró estabilizarse. Fue hasta la puerta con los brazos estirados y las rodillas medio flexionadas, equilibrando el peso lo mejor posible.
Se agarró del marco de la puerta para no caer cuando un segundo temblor se unió a los residuos del primero.
Corrió como pudo escaleras abajo, gritando el nombre de Serena con desesperación.
Los inquilinos corrían nerviosos sin saber qué hacer o a dónde ir. Se chocaban entre ellos, caían de bruces, abrazaban a sus familias, levantaban a los niños.
Todo era caos, gritos y llanto.
Algunos escuchaban que buscaban a Serena y se fue formando una cadena de voces.
—¡Está aquí! —gritó alguien desde la planta baja—. ¡Está en el defensorio!
Xina siguió las indicaciones de la voz como si su vida dependiera de ello. Y dependía, la verdad. Mavia la había seguido todo el trayecto. Entraron casi juntas a la habitación. Serena estaba desplomada sobre una esfera enorme de mármol blanco, luchando por mantener la conciencia.
—No…
El corazón de Xina dio un salto. Levantó a la semidragón y la dejó en un sofá púrpura junto a la esfera. Le temblaban las manos mientras revisaba su estado. Tenía las heridas de los latigazos abiertas en la espalda. Supuraban un líquido amarronado.
—¿Por qué no se curó? —preguntó Mavia.
Xina ya había empezado a sanarla.
—No puede.
Su voz era fría y tenía la mandíbula tensa. No había rastro de la niña llorona que fue todo el día. A pesar de sus esfuerzos, la inconsciencia alcanzó a Serena y arrastró con ella las barreras. Una explosión hizo temblar las paredes. Habían entrado. Entre tanto ruido se distinguía el rugido del acero contra acero. El llamado ancestral de todos los guerreros. Podían invadirlos, pero no iban a dejarse matar sin pelear.
—Dame un segundo y pediré ayu…—Volteó para hablarle directamente, pero Mavia ya no estaba con ella. —¿Mavia?
El salón de entrada era un desastre.
Habían destruido la puerta y las bestias estaban entrando sin control. Por el umbral se veían destellos de luces anaranjadas.
Arrancó una espada de los dedos muertos de un desafortunado Dragón.
¿Dónde las habrían tenido escondidas? Nunca vio armas en sus paseos nocturnos.
Se deslizó entre ellos como una más, como si hubiera peleado mil veces junto a esos Dragones. Era su estado natural. Ir al frente, marcar el ritmo, dar la orden… Pero se mantuvo en silencio. No conocía a las criaturas invasoras. Tenían un espantoso parecido con las Sombras, pero a la vez eran muy diferentes.
Tenían la piel opaca, alquitranada. Vestían túnicas harapientas que dejaban ver sus pies coronados con uñas verde musgo. No se les distinguía la cabeza del cuello, más que por las ranuras asquerosas que tenían por ojos. No había nariz, boca, orejas o pelo.
Donde debían estar sus brazos había placas afiladas de carne y hueso. Por un diminuto segundo sintió temor. Nunca le gustó ir desprevenida a pelear contra un enemigo desconocido. Culpó a Zen por eso.
Primero atacó por la espalda. Con la agilidad de una serpiente, clavó la espada en la base de los hombros de la bestia más cercana. Esta chilló de dolor e intentó girarse para atacar, pero giró con ella.
Tomó la cuchillo de su bota y le cortó el tendón del pie derecho. Se desplomó en el acto. Mavia la decapitó en el suelo. Uno menos. Quedaban… muchos.
A simple vista contaba diez. Fijó la vista en el siguiente objetivo. Un dragón estaba acorralado contra la pared. Cruzaba la espada sobre el pecho, forcejeando con la extremidad de la bestia. Solo tenía una. Le habían cortado la otra a la altura del hombro.
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Editado: 11.09.2026