Inmortal

40.

El cuerpo no le respondía. Sentía sus pies como dos anclas colgando a un metro del suelo. Tenía los nudillos cerrados sobre el brazo de la criatura y los ojos desorbitados, incapaces de detectar algo. El labio inferior se movía errático. Intentaba decir algo, pero el sonido no salía.

“Muévete. Pelea”, se decía mentalmente. No sabía qué era un miedo tan profundo, tan brutal, que le había quitado lo poco que le quedaba.

La criatura abrió los dedos dejándola en caída libre. El golpe seco contra el piso se perdió entre los gritos del metal. Nadie estaba en condiciones de ayudarla; las bestias superaban en fuerza y número a los soldados. Cayó sobre su trasero, incapaz de que sus piernas la sostuvieran de pie.

La bestia la tomó del pelo. Comenzó a arrastrarla por el suelo hacia la salida.

Se repetía la misma frase una y otra vez, hasta que en un arrebato de conciencia logró reaccionar. Tiró el cuerpo hacia adelante con todas sus fuerzas, resistiéndose a su agarre. Al llegar al umbral, clavó sus dedos sobre la madera. Tiró y tiró hacia adelante hasta que el pelo comenzó a salirse de los poros, hasta que el cuero cabelludo empezó a despegarse de su cráneo.

No sentía el dolor ni el roce de la sangre cayéndole por la nuca.

—¡Mavia! —la voz de la azabache se alzó por encima del caos.

Xina sostenía un arco de luz, desde el que una flecha dorada apuntaba directo a la cabeza de la criatura. Un sonido de latigazo fue seguido por un silbido agudo. El golpe fue certero y explosivo. Un destello de luz amarilla la obligó a cerrar los ojos. Al abrirlos, no solo la bestia que recibió la flecha estaba calcinada, sino también las tres más cercanas. Gateó al interior de la casa tan rápido como pudo.

La joven siguió disparando. Mavia juraría que con cada lanzamiento el pelo de su amiga se aclaraba un poco, hasta que al llegar al último su pelo estaba blanco como la leche.

Su intervención les dio a los dragones la ventaja que necesitaban. Ahora solo quedaban dos enemigos contra quince. No hizo falta ver el resto.

De pie junto a Xina, con el cuerpo sostenido por la escalera, Serena tenía una mano extendida hacia la puerta. Mavia volteó para ver qué señalaba. Había por lo menos unas cinco criaturas intentando entrar.

No estaba señalando, los estaba manteniendo fuera.

Se levantó entre tambaleos y resbalones. Corrió a la puerta y la cerró de un golpe. Tal vez no servía de nada, pero le dio una sensación de seguridad. Serena bajó la mano.

Cuando la última criatura cayó, la pelea terminó. Pero los temblores y crujidos de la casa les decían que afuera todavía estaban luchando.

—¡No solo es pelo! —el horror estaba marcado en la voz de Xina al comprobar cómo estaba Mavia—. ¡Te falta la piel! ¡Te arrancó la piel!

Toda la parte inferior de la cabeza tenía el hueso expuesto. Serena tuvo que ahogar una arcada y retirarse al ver cómo Xina limpiaba el hueso, despegando uno por uno los pelos sueltos.

Le tomó una hora, y todo lo que le quedaba de energía, regenerar la piel.

—Cuando me recupere te haré crecer el pelo. —Se dejó caer en el sillón púrpura del defensorio. La sala de curación estaba llena de heridos.

Mavia se pasó la mano por la parte calva.

—No hace falta. —Tomó uno de los cuchillos afilados de Xina y se quitó el resto del pelo.

Pasó la cuchilla afilada con torpe firmeza. Nunca lo había hecho antes y no tenía espejo. Se estaba llenando la cabeza de cortes.

—Espera. —Xina se puso de pie—. Yo lo hago.

—Tú estás agotada, puedo con esto.

Le sacó el cuchillo de la mano.

—Voy a estar más cansada si tengo que frenarte una hemorragia. Quédate quieta.

No replicó.

Se quedó mirando el piso punto mientras sentía la presión de la hoja sobre la piel. Tenía una sensación rara picándole la mente.

Esa sensación de debilidad, de vulnerabilidad. Ese miedo paralizante, la certeza de estar completamente indefensa despertaron una desesperación inédita que dio paso al deseo desesperado de poder. Pero el poder no respondió.

Apretó las manos sobre su regazo.

—Lo hiciste bien. —Xina notó la molestia en ella y trató de reconfortarla.

—¡No hice nada! —escupió, dejando salir el enojo que mordía en el fondo de su mente—. Fui totalmente humillada e inútil… inútil en una pelea que no hubiera pasado si yo no estuviera aquí.

—Salvaste a tres Dragones, según me dijeron. —Su voz era una caricia en los oídos—. Sus familias están más que agradecidas.

Mavia aflojó los puños.

—Tal vez no lo recuerdas —siguió Xina al ver cómo relajaba los músculos—. Lo primero que nos enseñan en la Academia es que no puedes salvarlos a todos. O tal vez solo sea una lección para los costureros, no lo sé. Pero es cierto.

—Yo sí podía… —susurró.

Xina apretó los labios e hizo un sonido de afirmación.

—Podías porque eras… la Reina de Reyes. —Dudó, pero esa le pareció la mejor descripción—. Pero ahora eres más parecida a nosotros, con nuestras mismas limitaciones y carencias. Y la verdad es que, al menos en esta casa, nadie tiene ningún problema con eso.

Nadie excepto Mavia.

Xina la rodeó para mirarla a los ojos.

—Mavia, tú salvaste a todo el continente cuando derrotaste a los Titanes. Aunque algunos lo olvidaran, son muchos más los que tienen memoria. Todos aquí saben que te deben la vida y están dispuestos a devolvértela si hace falta.

—Van a volver —le dijo sosteniéndole la mirada—. Y tal vez no ganemos la próxima vez.

Xina suspiró.

—Lo sé.




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