Los crujidos y temblores siguieron durante toda la noche.
Los habitantes de la casa decidieron refugiarse en el sótano.
Los más pequeños se aferraban a sus madres mientras escondían la cara entre sus pechos. Los soldados que estaban en mejores condiciones se turnaban para hacer guardia frente a la puerta. Los heridos estaban tendidos contra las paredes, lo más lejos de la entrada que se podía. Sus quejidos eran los únicos ruidos que permanecían constantes, haciéndose eco en las maderas.
Xina tenía la espalda apoyada contra la pared; el cabello le caía por los hombros como una cascada perlada. Entre sus piernas, con la cabeza apoyada sobre su pecho, descansaba Serena. Xina cerraba los brazos alrededor de ella de manera protectora. Las dos tenían expresiones de calma mientras dormían.
Recordó a su hermana y la forma en que solían tratarse. Tal vez Lara solo estaba desesperada por saber que ella estaba a salvo. Tal vez la necesidad que Zen tenía de protegerla era la misma que tenía la Suprema Menor. Ambos estaban usando los métodos equivocados.
Los pensamientos se arremolinaban en su mente mientras el sueño se negaba a aparecer. Otra vez, el insomnio la había encontrado.
Con el paso de las horas los temblores fueron cesando, hasta que la calma y el silencio reinaron en la penumbra del subsuelo. No supieron cuánto tiempo pasó antes de que empezaran a escucharse pasos resonando sobre sus cabezas. El pánico se derramó en el sótano como la sangre en la guerra.
El miedo desfiguró los rostros de los niños; las madres les cubrían la boca para que no se oyeran sus lloriqueos. Los heridos trataban de ponerse de pie para unirse a los soldados que se agrupaban en la puerta.
—Dragones. —La voz de Mavia se escuchó más fuerte de lo que pretendía. Xina y Serena despertaron al oírla—. Retrocedan.
Fue una orden clara, directa. Los ragones se miraron, dudaron en obedecerla. No había magia que los obligara. Pero confió en que la lealtad que le tenían iba más allá del juramento.
Uno a uno le abrieron paso.
Avanzaba con seguridad y firmeza. La espalda recta y la frente en alto. Las palmas abiertas y nada más que un chaleco de cuero para protegerle el pecho de un ataque. Xina no la vio hasta que estuvo a unos escalones de cruzar la puerta.
—No. Espera, Mavia. —Pasó por encima de Serena a toda velocidad—. Voy contigo.
El peor miedo de Xina era que detrás de esa puerta hubiera una criatura horrenda lista para arrancarle la cabeza.
Subió los escalones de dos en dos, pero aun así Mavia abrió la puerta antes de que llegara.
El corazón de la joven volvió a latir cuando vio que el salón estaba lleno de Dragones. Esos eran los soldados que habían estado peleando afuera. Entraron para comprobar cómo estaban los refugiados.
Mavia la miró con una mueca de sonrisa. Xina apenas estaba recuperando el aliento, apenas tenía fuerzas para pelear y aun así salió disparada del sótano para defenderla si hacía falta.
—¿Cómo sabías? —le preguntó entre jadeos.
—No sabía.
Había salido del sótano para entregarse a las bestias, para evitar más dolor y muertes.
—¡Están aquí! —gritó uno de los soldados.
Se escucharon pasos acelerados por las escaleras y luego nada, hasta que un golpe seco resonó en la madera. Zen se había lanzado del tercer piso y había aterrizado en medio del salón. Estaba desesperado por verla a salvo.
Tenía el pelo hecho una maraña de sangre y cenizas. La armadura que le cubría el pecho estaba desgarrada de una punta a la otra y sus pantalones hechos girones. Estaba cubierto de sangre propia y ajena, con múltiples cortes en brazos y piernas. De la frente le caían gotas de sangre provenientes de una herida abierta en la cabeza. Estaba hecho un desastre, pero estaba vivo.
Mirando alrededor, todos los Dragones se veían igual de mal. Algunos peor.
Corrió hacia Mavia y la hundió contra su cuerpo. El olor de la sangre seca pegada en la nuca hizo que el corazón de Zen diera un salto.
—Lo siento… —repetía una y otra vez sobre su oído.
Mavia le devolvió el abrazo.
—¿Qué te hicieron? ¿Qué te pasó? —se apartó un poco para verla mejor. Pasó una mano por su cabeza rapada.
—Intentaron llevarme. —Zen se estremeció bajo sus manos—. Me arrastraron del pelo. Hubo que hacer retoques después.
Lo dijo con un poco de humor. Una parte de ella le pedía no hacerlo sentir mal, no hacerlo sufrir.
—Le arrancaron el cuero cabelludo del hueso —añadió Xina con la voz dura y la mirada cargada de furia.
Le había advertido a Zen que eso pasaría, que tenía que mover a Mavia, pero él no la escuchó y hasta la castigó. Se merecía sentir todo el dolor que su amiga no podía. Y él lo hizo. Se le partió el corazón y un par de lágrimas le asomaron por los ojos. La volvió a abrazar.
—Tienes que sacar a todos de aquí —le dijo con la frente pegada al hombro—. Ya no es seguro para nadie.
Él negó con la cabeza.
—Me quedaré aquí. Te protegeré y a todos los que hagan falta.
Xina tambaleó al oírlo. Mavia no mostró reacción.
—No hay lugar más seguro para ti, vida mía. Ningún lugar en todo el continente es más seguro que este, te lo prometo.
Xina revoleó los ojos.
—Estamos muertos —murmuró, volviendo al sótano.
La calma que siguió fue extraña, demasiado limpia, como el aire después de una tormenta. Pero debajo, el miedo seguía respirando.
Un silencio sepulcral reinó en la casa los días que siguieron. Los niños apenas salían de las habitaciones para comer o ir al baño. Las viudas lloraban día y noche.
Zen había sido totalmente curado por Xina, cuyo color de pelo había pasado del blanco leche al gris ceniza. Aunque con tanto caos nadie parecía notarlo, excepto Mavia, que le prestaba especial atención. Pero no le preguntó al respecto.
Una noche, después de darse un baño, volvió a la habitación que había estado compartiendo con Zen.
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Editado: 11.09.2026