Inmortal

42.

Miraba a Zen dormido. Tenía una expresión de paz y serenidad que casi le hacían arrepentirse de lo que iba a hacer.
Se escurrió entre sus brazos como el agua entre los dedos. El colchón se movió con una agradecida delicadeza cuando lo abandonó. Caminó solo por las maderas silenciosas, recolectando la ropa que tenía sobre la cómoda, las botas en el borde de la cama. Por último, se dirigió a la armadura. Extrajó la llave de la puerta principal del pequeño bolsillo interno.

Esa noche no le pareció tan pesada.

Abandonó la habitación sin mirar atrás. Ya no tenía dudas, sentimientos encontrados ni pensamientos cruzados. Era lo correcto. Tenía que irse, tenía que abandonarlo, aunque se le rompiera el corazón.

No iba a quedarse de brazos cruzados viendo cómo todos morían en su nombre, solo porque él no quería admitir lo que ya todos sabían.

Cruzó el pasillo hasta la habitación de Xina, se escabulló en la oscuridad y le puso una mano en la boca. Ella abrió los ojos al instante, mientras todas las velas se prendían una detrás de otra. Relajó la tensión de su cuerpo al ver que tenía la cara de Mavia enfrente.

La Suprema le hizo un gesto para que no hiciera ruido.

¿Qué pasa? Parecía preguntar Xina con la cara. Le mostró la llave. Se quedó expectante a su reacción, a su respuesta. Pero no hubo más que un asentimiento de cabeza.

Esperó en el pasillo hasta que se vistió. Cuando salió, le señaló los pies.

“Pisa donde yo”, le transmitió en gestos. Ella movió la cabeza de arriba abajo.

Bajaron las escaleras en el mayor de los silencios.

Al llegar a la puerta principal, la azabache se detuvo. Jaló el brazo de Mavia y le hizo señas para que esperara. Salió corriendo rodeando las escaleras, hasta perderse de vista.

El sonido de los pasos de su amiga retumbaba en la madera, haciéndola crujir. Temió que el ruido despertara a alguien. Agudizó el oído lo más que pudo, pero no escuchó movimiento escaleras arriba.

Unos minutos después, Xina apareció con Serena del brazo. Mavia abrió los ojos como dos platos y negó con la cabeza.

“Por favor”. Le decían las dos con la mirada.

No tenían tiempo como para perderlo discutiendo. Accedió de mala gana.

Un escalofrío les recorrió el cuerpo cuando introdujo la llave en la cerradura. Al hacerla girar, se escuchó un click clack. Las bisagras chillaron al moverse.

Les hizo señas para que salieran ellas primero. Luego arrojó la llave al medio de la habitación. No era su intención dejarlos encerrados, pero esperaba que tardaran un rato en poder salir.

El cambio en la presión del aire la recibió como una descarga. Todo su cuerpo respondió con un leve estremecimiento, reflejo de algo que ya no podía nombrar.

—¿Y ahora qué? —preguntó Serena con la nariz parada y los brazos cruzados sobre el pecho.

—Ahora nos vamos a Aria —dijo, sin mirar atrás.

Codeda era una ciudad hermosa, con árboles de colores pintando las calles de adoquines. La arquitectura era simple pero bella, con casas de madera de distintos tamaños, colores y formas. Algunas tenían puertas redondeadas, otras más bien cuadradas y todas contaban con espléndidos ventanales.

La atmósfera no solía ser muy jovial, pero no carecía de alegría. El sol siempre brillaba alto, bañando de luz dorada cada rincón que la vista alcanzara. La gente era amable y simpática, excepto algunos ancianos cansados de cordialidades. La vida era buena en esos lares.

Era.

La imagen que tenían delante en aquel momento contrastaba brutalmente con todo lo que recordaban.

La luz del sol apenas traspasaba la densa cortina de humo y cenizas que la batalla había dejado en el aire. No había colores ni árboles y la mayoría de las casas estaban quemadas. Había cadáveres por donde se mire, tanto del enemigo como de Dragones. Algunos en su forma humana, otros en su segunda forma.

Justo frente a ellas, cruzando la calle, se podían ver las enormes alas rojas de un Dragón muerto. Estaban agujereadas en varios lugares. Probablemente lo habían derribado del cielo. Había que ser muy fuerte para hacer eso.

Xina no podía mirar. Mantenía los ojos en el piso y daba un saltito cuando se acercaba accidentalmente a un cadáver. Serena la guiaba, sin detenerse a pensar mucho en lo que había a su alrededor. Mavia iba adelante, marcando el paso. Conocía el camino que salía de la ciudad, pero le estaba costando encontrarlo.

—Creo que era la otra calle —le dijo Serena cuando se chocaron con uno de esos callejones sin salida.

—Es un laberinto —masculló Mavia.

Era difícil transitar entre escombros, cadáveres y calles angostas. Además de que tenían la visión limitada. Dieron vueltas por todas partes hasta que por fin dieron con la calle principal, la misma en la que Mavia alucinó al llegar. Ahora solo tenían que seguirla.

—Está muy tranquilo —señaló Xina levantando apenas la cabeza—. Me da escalofríos.

—A mí también —coincidió Serena—. No me gusta.

A Mavia tampoco le gustaba. Era demasiada calma demasiado rápido. Solo el zumbido del viento se arrastraba en sus oídos.

Al final de la calle encontraron una barricada de carros, escudos y lanzas clavadas en el piso.

—Parece una línea de resistencia —Mavia miró con cuidado a lo largo de la barricada—. Pero no hay ningún soldado.

Para su suerte o su desgracia.

—No pudieron matarlos a todos, ¿o sí? —el pánico hizo que la voz de Xina sonara aguda.

—Esto no me gusta —Serena también estaba perdiendo los nervios—. Deberíamos volver, Mavia. No fue buena idea.

—Ustedes deberían volver. —Xina abrió los ojos como platos—. Yo no puedo, nunca estarán a salvo conmigo ahí.

—¡Ni hablar! —gruñó su amiga—. No voy a dejarte. Vuelve tú si quieres. —Desafió a Serena.

Por el rabillo del ojo Mavia vio algo moverse entre los carros. Giró sobre los talones y fijó la mirada en ellos. Xina y Serena la miraron expectantes. Entre las débiles sombras de los carros y las lanzas afiladas, unos ojos rojos le devolvieron la mirada.




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