Iris Bettmon
—Prometo que no sucederá de nuevo, mire lo que le traje: unas coquitas azucaradas —le hago un puchero dramático, juntando las manos, mientras él me mira de arriba abajo soltando un pesado suspiro —, las preparó mi madre.
—No sé cuántas veces he escuchado esto, muchacha... Solo lo hago por tu situación —se queja.
Salto en círculos de la emoción y le doy un beso en la mejilla mientras agarro mi delantal a toda prisa. Atiendo las mesas lo más rápido que puedo, limpio, preparo los capuchinos con espumita, decoro los pasteles con todo lo que he aprendido... Vamos, tampoco es que no me necesite; gracias a mí se ahorra el sueldo de decorador, mesero y cajera, porque todo lo hago yo. Antes de salir, me acerco sigilosamente a su jardín y le robo unas flores.
Son unas margaritas, es la flor más hermosa y delicada.
Terminó todo en tiempo récord y agarro mi bolso para volar de nuevo al tribunal. Necesito lograr que ese hombre me atienda; uno debe persistir y no desistir. Es mi única oportunidad de lograr que esa farmacéutica cumpla su palabra y responda. Amelia no ha recaído, pero sé que solo es cuestión de tiempo.
Las llamadas de Olivia, mi amiga, no cesan. Contesto rápido para dejarle una nota de voz:
—Oli, voy corriendo al juzgado, si de nuevo. Te llamo por la noche, ¡deséame suerte!
El tráfico está pesado, atascado por completo, así que me bajo del taxi en plena acera. Sin poder evitarlo, cierro los ojos y miro al cielo unos segundos dejando que las gotas me mojen la cara. La lluvia es una de mis cosas favoritas en el mundo; solía jugar bajo ella con mi padre cada oportunidad que teníamos cuando no estaba de viaje por trabajo.
« Diosito, por favor... Que ese señor me atienda hoy. Por favor »
Entro a ese lugar majestuoso goteando agua por todos lados. Los guardias me pillan de inmediato con la mirada, así que corro directo al ascensor.
—¡Señorita! —me gritan, pero no logran detenerme. Las puertas del ascensor se cierran justo a tiempo. Busco en mi cartera un secador portátil y me secó rápido el cabello revuelto y parte de la ropa. Miro la margarita que llevo en la mano, sonrió para darme ánimos y le dejo un besito en los pétalos.
La puerta se abre en el piso superior y me lanzo a correr por los pasillos pulidos. Siento que los de abajo ya avisaron por radio, porque siento que me persiguen. Al pasar corriendo frente a una oficina abierta, de traje elegante me mira divertido, casi soltando la risa. Justo en ese segundo, pierde el equilibrio mi pie y caigo al suelo al tropezar con las tiras sueltas de mis botas de invierno.
—Oh, cielo —dice la secretaria del juez, que creo recordar que se llama Marisol, acercándose asustada—, ¿estás bien?
—Lo estoy, Señora, gracias por preguntar —sonrió de inmediato, poniendo mi mejor cara y omitiendo el dolor punzante en mi rodilla. Me levanté rápido y le entregué la margarita. Ella la mira asustada—, por favor, déjeme entrar unos minutos. Es mi única oportunidad, no puedo esperar seis meses por una cita.
—Es el único cupo disponible, cariño. El señor Kross es un hombre muy ocupado y esto puede perjudicar mi trabajo. Se lo he dicho y se niega atenderla —dice mirando la flor, y yo frunzo el ceño con picardía.
—¿La flor o que me deje pasar?
Ella se ríe y guarda la flor con cuidado en su cajón.
—Ambas. Además, el señor detesta las flores..., mejor dicho, detesta todo— suspira cansada —, déjame intentarlo, parece estar de buen humor.
Me quedo esperando de pie, moviendo el pie con ansiedad, y minutos después ella regresa con la cara apenada. Quiero entrar y patearle la puerta, pero no puedo quedar tras las rejas mi madre y mi hermana dependen de mi.
—Dijo que no... Lo siento mucho, señorita. El señor Kross no ve a nadie sin cita previa, como le dije. No pierda su tiempo, sin cita jamás podrá hablar con el.
Trago saliva, aguantándome las lágrimas del mismo agotamiento mental que llevo encima, pero no voy a desistir.
—Seré la primera persona que verá sin una estúpida cita —murmuró con rabia—, no sé cómo lo alaban tanto en las noticias, si es un hombre tan desagradable y eso que ni lo conozco..., debería regresar a la universidad o tomar un curso de recursos humanos, no se.
Me giro molesta, pero de pronto me detengo en seco y me vuelvo hacia ella, no puedo irme molesta ha sido muy amable:
—¿Le gustan las donitas?
Marisol sonríe
—¿A mí o al señor?
—¡A usted, por supuesto!
No le traería ni agua a ese desagradable o tal vez, si..., pero con purgante.
—Me encantan.
Entre cierro los ojos y le preguntó con curiosidad sobre ese estirado que tiene por jefe:
—Y al señor... ¿Qué le gusta?
—El café —responde en un susurro cómplice —, sin azúcar.
«Mmm, bien amargo como el»
Le guiño un ojo, decidida a no darme por vencida.
Busco los últimos billetes que me quedan en la cartera, al verlos decidí guardarlos, es mejor caminar. Hoy el clima está rico a pesar de la lluvia, aunque hace bastante frío. Me froto los brazos para darme calor, camino chapaleando agua y me pongo los audífonos, mientras pienso en una mentira más para no preocupar a mi madre.
No puedo desistir...
Valerius Kross
El motor del Maybach ronroneaba con suavidad mientras nos deslizábamos por la avenida principal. Afuera, la lluvia caía empañando los cristales tintados del vehículo. Dentro, la temperatura se mantenía exactamente en los veintiún grados. Aislado del ruido, del barro y del caos de la ciudad.
Ajusté el puño de mi camisa y miré por la ventana.
Fue entonces cuando la vi.
Llevaba su vestido corto empapado y unos audífonos horribles de gatito. Pero lo que captó mi atención —lo que hizo que mis ojos se fijaran en ella por un segundo más— fueron las botas de invierno. Sus cintas de colores colgaban desatadas, rozando el suelo mojado.