Iris Bettmon
Mientras tomaba el té que me preparó Olivia, no podía parar de pensar en mi hermana. «Todo va a estar bien..., sí, tiene que estarlo» Ese tratamiento lo estaba cambiando todo para ella, le estaba devolviendo la vida.
«¿Por qué la vida tiene que ser tan injusta?»
—Hoy no irás al salón y te agradezco que no comiences a discutir, igual te voy a pagar el día. Quédate a descansar, esta es tu casa. Debes dejar de remojarte como un pollo —me dice con firmeza mientras acomoda su cabello colorido frente al espejo.
—No puedo. Tengo entregas esta noche y... —intentó protestar, acomodándome la manta sobre los hombros.
—Nada de peros.
La miro suspirando, tragándome las lágrimas que me queman los ojos. No voy a empezar a hacerlo ahora solo porque no veo una salida a todo esto.
—Oli..., si no consigo que la farmacéutica responda...
—Sí lo vas a conseguir, amiga —me interrumpe, acercándose para tomarme de las manos—, has logrado todo lo que te propones en esta vida. Y si no toca vendo mi local y punto.
Agarra su cartera y las llaves del mueble antes de caminar hacia la salida.
—Sabes que jamás aceptaría algo así. Es tu único sustento.
—No es el único —me guiña un ojo con picardía antes de cruzar la puerta, y entiendo perfectamente lo que quiere decir.
« Esa es otra opción... Podría ser una alternativa también, aunque me da pavor pensarlo.»
La puerta se cierra con un chasquido y me tumbó en el sofá, mirando fijamente hacia el techo blanco.
¿Cómo una persona puede ser tan inhumana? No le cuesta absolutamente nada atenderme. Solo son unos minutos de su preciado tiempo... Si no me escucha, me largo y no molesto más.
«Ni tú te lo crees», me responde mi propio subconsciente.
Me río sola en medio de la sala; porque no me detendría.
‧ ♡*
Amelia no logra mantener nada de comida en el estómago. Mi madre le prepara con paciencia un jugo para hidratarla, mientras yo le paso con delicadeza pañitos húmedos por la frente.
Ella me sonríe con cansancio mientras hago un esfuerzo sobrehumano por no toserle encima.
—Tú también estás enferma, Iris... —murmura.
—No, para nada, estoy perfecta —le miento con mi mejor sonrisa, dándole un apretoncito en la mano—, ¿quieres comer algo diferente? Debemos intentar de nuevo, Amelia. Debes tomarte tus medicamentos.
Sus dedos delgados y fríos juegan con un mechón de mi cabello y su mirada triste se pierde.
—No es justo para ti, ni para mamá... Tú estás perdiendo tu juventud y tu vida por mi culpa, trabajando hasta el agotamiento y buscando abogados por todos lados. Deja, Iris. No importa..., yo seguiré en esta cama hasta que...
—¡Cállate! No lo digas —interrumpo de golpe—, voy a conseguir ese tratamiento de nuevo. Te lo prometo.
Beso sus manos delgadas y me quedo. Horas después, por fin logramos que mantenga algo en el estómago sin regresarlo.
Al salir de la habitación, mi madre me espera de pie en la cocina, cruzada de brazos y con la mirada preocupada.
—Iris, dime la verdad.
—No hay ninguna verdad, mi señora —suelto rápido, esquivando su mirada mientras amarro mis botas—, hoy tengo la cita con el juez que te comente, madre. Me acaba de enviar un mensaje, me espera en su despacho. Pasaré un segundo al trabajo para llevarle un detalle especial... No sabes lo cariñoso y atento que es —miento sin pestañear, tratando de no atragantarme con mis propias mentiras.
Mi madre me observa en silencio, sin terminar de creérselo, y saca del bolsillo un blister de pastillas.
—Estás engripada. Toma esto para el malestar... Ya Olivia me contó que te remojaste como pollo de nuevo—hago una mueca.
Agarro mi cartera, me trago la pastilla con un sorbo de agua y me encamino a la puerta, lista para regresar a ese juzgado de nuevo.
«Vamos Iris... Persistir y no desistir»
Valerius Kross
Erin baja primero y me abre la puerta del coche.
—¿Qué desea que haga, joven? —preguntó Erin con esa entonación arrastrada y rápida propia de su tierra—, ¿voy por la chica? Se le ve preocupado.
—No estoy preocupado, es una desconocida —le gruño, cortante—, haz lo que quieras.
Erin me observó en silencio, manteniendo esa postura rígida que trajo consigo desde Irlanda cuando apenas era un niño.
—Anda. Pero después llevas el vehículo a desinfectar. Me notificas en cuanto regreses, por el coche..., por supuesto.
Más tarde notificó que no la encontró, y eso me pesó más de lo que debería.
«¿Qué demonios me importaba a mí?» Me duché y leí como cada noche, pero la hora de dormir quedó atrás y el sueño nunca llegó.
♡
No he podido pegar el ojo en toda la noche; la cabeza me va a reventar de un dolor punzante.
Llegó al juzgado y es lo mismo de cada día, aunque la jornada era por la tarde: la seguridad aleja a empujones a los reporteros mientras evito a toda costa que se me acerquen con esos micrófonos llenos de gérmenes sabe Dios de cuántas personas. Entró a mi ascensor privado y tardó demasiado en conseguir mi pañuelo. No logró funcionar al cien por ciento con este dolor. Lo sacó del maletín, presiono los botones con el borde de la tela. No es necesario que lo use, tienen orden de desinfectar este cubículo cinco veces al día, pero no lo puedo evitar; mi mente no me deja relajarme ni un segundo.
Las puertas comenzaron a cerrarse lentamente cuando, de pronto, escuché una voz al otro lado:
—¡Espere!
Una mano apareció de la nada entre las puertas metálicas. Cerré los ojos con fuerza durante un segundo, maldiciendo en silencio. Las puertas volvieron a abrirse y ella entró de golpe, jadeando como si acabara de salvarse de una persecución.
Lo primero que vi fueron sus botas. Enormes, peludas... Se parecía a la misma chica de las botas desatadas. Pero era imposible..., después bajé la mirada hacia el vestido corto, cubierto de un estampado de girasoles. ¿Qué clase de desastre era ese? No había absolutamente nada simétrico en su ropa. Nada combinaba con nada, y menos con las botas o botines de invierno.