Iris Bettmon
Corrí con el corazón en la garganta antes de que alguno de los guardias me viera, aunque uno logró notarme. Dios, hoy no puedo irme sin hablar con ese hombre inhumano y miserable. Eso era: un miserable que no podía regalarme ni cinco minutos de su tiempo. Y pensar que en mi cartera le llevaba un regalito para que jamás se olvidará de mí.
Entré al ascensor y me encontré con un hombre elegante, hermoso y con un cuerpo que resaltaba a pesar del traje de tres piezas, pero parecía un témpano de hielo. Estaba tan incómodo que no pude evitar molestarlo y con mas intencion al notar un acento extraño en su voz, bueno en realidad, solo intentaba calmar los nervios que me estaban volviendo loca. Sabía que terminaría tras las rejas, pero al menos le enseñaría a ser humano. Como siempre, mi ansiedad hizo estragos y terminé casi coqueteándole a un tipo tan desagradable que actuaba como si apestara.
¡Yo me había duchado y lavado el cabello!
Al final quise ser amable y le hice un cumplido por sus ojos únicos, grises verdoso y un azul eléctrico que jamás había visto, tenía heterocromía. Pero el malagradecido solo respondió con una arrogancia insoportable. A todos en este lugar deberían darles una charla intensiva y obligatoria de buen trato.
No alcancé a dar ni tres pasos cuando una voz autoritaria me detuvo:
—Señorita, el ascensor donde subió es privado —sentenció un guardia de seguridad corpulento, cortándome el paso—, está prohibido. Es de uso exclusivo del juez Kross y tampoco tiene permitida la entrada por orden explícita de este despacho, se lo hemos dicho varias veces.
Miré por encima de su hombro; la oficina del juez estaba a solo unos pasos. El desespero por mi hermana me quemaba el pecho.
—¡Señora Marisol! ¡Le traje su regalo! ¡Señora Marisol! —comencé a gritar, poniéndome en puntitas de pie mientras dos guardias gigantes me rodeaban para taparme la vista.
Uno de ellos estiró el brazo y me tomó con brusquedad, apretando más de la cuenta. La indignación me hirvió en la sangre. Me zafé de un tirón y me lo comí con la mirada, clavándole los ojos.
—Me quita sus manos de encima ahora mismo o se va a arrepentir —le advertí con la voz firme, apretando los puños.
Ahora no permitia que me dañaran, después de todo el bullying que sufrí. Tengo el cuerpo y las fuerzas para defenderme.
—¡Suelten a la joven! —escuché la voz agitada de Marisol, quien venía corriendo hacia nosotros mientras se acomodaba los anteojos.
Detrás caminaba un hombre alto, vestido con un traje gris plomo impecable. Tenía el cabello castaño y me miraba con una sonrisa divertida, como si me conociera de toda la vida, mientras comía placenteramente una galleta.
—Pero..., señora Marisol, la joven tiene prohibido el acceso... —protestó el guardia, dando un paso atrás.
—No tiene prohibido nada, retírense —intervino el tipo del traje gris, agitando la mano con desinterés para ahuyentar a la seguridad.
—Gracias... —susurré, dejando salir un suspiro de alivio y regalándoles una sonrisa sincera a los dos—, señora Marisol, le traje las donitas que le prometí, son mis preferidas... Y vengo a suplicarle, se lo ruego de rodillas si quiere, que me deje entrar a la oficina del juez. Por favor..., mi hermana está muy mal.
Marisol miró de reojo al hombre a su lado, quien claramente tenía un puesto de peso en este lugar.
—Mi nombre es Adrien Moore, parte de este juzgado y amigo del juez Kross —se presentó dando un paso al frente.
Sonreí y le estreché la mano con energía.
—Iris Bettmon, un placer. Para servirle...
Adrien me sostuvo la mano un segundo más de lo normal, analizándome de arriba abajo con curiosidad. Luego miró a Marisol, estiró los dedos y le quitó la cajita de donas para sacar una.
—Déjala pasar —ordenó entre mordiscos.
—No, señor Moore, voy a perder mi trabajo —se lamentó Marisol, negando con pánico—, hablaré con el señor Kross de nuevo. Señorita Iris, por favor, regrese a su casa...
—No —dije con firmeza. Busqué de prisa dentro de mi bolso y saqué el empaque con el café caliente—, le traje su café. Solo se lo entregó, le explico el caso de mi hermana en dos minutos y me voy.
Marisol me quitó el café con rapidez y volvió a negar, aterrada. Miré a Adrien; él me guiñó un ojo y me hizo una seña con la cabeza hacia la puerta del juez..
—Corre, que acaba de llegar. Yo me encargo de que no la despidan.
—Gracias. Usted sí es un buen ser humano, no necesita la charla intensiva.
Me miró sin entender a qué me refería, mientras sentía mis mejillas arder. Marisol intentó frenarme agarrándome de la cartera; la correa se deslizó de mi hombro y el bolso cayó al suelo desparramando todo.
Empujé la puerta y me adentré de golpe en aquel despacho frío, enorme y sin un gramo de calidez. Mi respiración estaba completamente agitada, mi corazón latía desbocado contra mis costillas..., pero cuando el hombre detrás del escritorio me miró, quedé helada.
No podía ser verdad. Esto tenía que ser una broma de muy mal gusto.
Con cara de pocos amigos, estaba el mismísimo tipo estirado y desagradable del ascensor.
—Usted... —lo señalé con el dedo, casi sin aliento.
Valerius Kross
—Usted...
En ese preciso instante, desée con todas mis fuerzas que me diera un infarto fulminante. Apreté la mandíbula intentando mantener el control, pero sentí las palmas de las manos humedecerse dentro de mis puños. Una punzada de pánico me atravesó el pecho.
Esa mujer trae un virus mortal, lo supe con solo verle el rostro encendido.
Adrien apareció justo detrás de ella, masticando lo que parecía ser una dona, para luego ir a sentarse en el sofá de cuero como si estuviera en el teatro a punto de ver una función.
—Supongo que nadie le enseñó a tocar antes de ingresar a un despacho judicial —solté, acomodándome los puños de mi camisa—, y mucho menos a no invadir ascensores privados.