Iris Bettmon
Las personas mueren todos los días...
Sus hirientes palabras no salían de mi cabeza; se repetían como un eco cruel que me retumbaba en los oídos. Amelia no era cualquier persona. ¡Era mi hermanita! Mis manos temblaban, sacudidas por una rabia pura que me quemaba el pecho. Cerré la puerta de golpe y mire mis pertenencias esparcidas por el suelo.
Sentí las piernas débiles.
Me arrodillé torpemente sobre el piso frío para recoger lo que se había salido de mi bolso. Él era mi única oportunidad..., y resultaba ser un hombre horrible, inhumano, congelado por dentro. No podía creer que la sociedad colocara a este tipo de personas para manejar la justicia, alabándolo en las noticias como si fuera un dios y en realidad no era más que un animal sin corazón.
Las lágrimas rodaron por mis mejillas, pero me las limpié de un manotazo lleno de rabia. En eso, vi una mano que me ayudaba a juntar mis cosas: mi secador de cabello, las curitas, las golosinas..., todo desparramado frente a la oficina de ese tirano. Levanté la mirada y me encontré con Marisol, quien me observaba con una sonrisa cargada de tristeza y lástima.
—Lo siento mucho... —susurró—, el señor Kross no es fácil. De verdad lo siento, yo quería evitarle todo este mal rato.
Terminé de meter lo último en la cartera y me puse de pie. Al erguirme de golpe, todo dio un vuelco un mareo fuerte me hizo tambalear. Marisol reaccionó de inmediato y me sostuvo del brazo.
—Oh, cielo santo... Estás hirviendo en fiebre —dijo con preocupación, tocándome la frente con el dorso de la mano—, ven, vamos por un té y unos analgésicos.
Mis palabras no lograban salir de mi garganta; un nudo me ahogaba. Lo que realmente quería era gritar hasta quedarme sin voz, patear esa puerta, entrar y caerle a golpes a ese estirado.
—No me voy a rendir, voy a regresar —Marisol me miró y negó despacio con la cabeza—, ah, y no se vaya a tomar el café, señora.
—El café..., se lo entregué al señor Kross —confesó ella en un susurro—, no me dejó explicarle que lo había traído usted. Si se entera de que vino de sus manos... Dios mío, ni el señor Moore me va a salvar del despido.
Me quedé congelada un segundo. Luego, una sonrisa pequeña se me dibujó en los labios al imaginarme dándole sorbos al café y lo que vendría después.
Miré la puerta cerrada de su despacho y volví la mirada hacia Marisol.
—Nos vemos luego, señora. Y trate de que no le falte papel sanitario a su desagradable jefe.
Ajusté la correa de mi bolso sobre el hombro y caminé con la barbilla en alto.
Iris Bettmon siempre podía con todo y siempre.
La fiebre me quemaba el cuerpo, pero no tenía tiempo para desplomarme. Tenía que correr a mi otro trabajo..., e inventarme una nueva mentira para mi familia.
Valerius Kross
Horas después, un retortijón feroz me atravesó el abdomen. Me encogí de golpe sobre mi escritorio, apretando los puños mientras se me escapaba un gruñido entre los dientes.
—¡Aaarghh! —sentí que el aire se me cortaba por completo.
—Oye... ¿estás bien? —la risa de Adrien se apagó de inmediato en el sofá, poniéndose de pie al ver mi cara.
—No..., no puedo... —Un sudor frío me brotó en la frente en cuestión de segundos. Otro calambre feroz me sacudió el abdomen.
Adrien corrió hacia mí y me agarró del brazo para sostenerme. En cualquier otro momento de mi vida le habría pegado un manotazo para que no me tocara, pero el dolor era tan insoportable que me tuve que apoyar en él, doblando el cuerpo por la mitad.
—Amigo... Estás blanco como un papel, más de lo normal. Vamos al coche ya mismo —dijo Adrien, pasándose mi brazo por encima de sus hombros para ayudarme a caminar.
—Espero que tu saco esté limpio. Mejor suéltame... ¡Aaahg! —otro dolor me atravesó.
—Cállate, si. En casa te bañas con lejía.
Apenas abrimos la puerta del despacho, Marisol dio un brinco en su escritorio y se llevó las manos a la boca.
—¡Señor! ¡Señor Kross! ¿Qué tiene? ¡Dios mío! —gritaba siguiéndonos por el pasillo—, ¿llamó a una ambulancia? ¡Alguien busque un médico!
—No, Marisol. Lo llevaré con su doctor.
Sentía que si abría la boca para responderle, me vomitaba allí mismo o pasaba algo peor..., me hacía encima
¿Y dónde iba a quedar mi dignidad? ¿Haciéndome en los pantalones italianos hechos a la medida? ¡Pantalones Stefano Ricci de miles de dólares que ni siquiera habían pisado el continente americano sin funda protectora! ¡Antes muerto!
Adrien me arrastraba prácticamente hasta el ascensor privado y luego hacia el estacionamiento, metiéndome al asiento trasero del coche como pude.
♡
Sentí cómo un sudor frío me bajaba por la nuca, pegándome el cuello de la camisa a la piel. Me encogí en el asiento del consultorio, apretando los dientes.
Adrien se moría de la risa.
—¡Es ese virus! ¡Le digo que esa mujer me contagió algo letal! —le grité fuera de mí a mi médico, señalándolo con un pañuelo arrugado—, ¡le exigí por teléfono que me recetara algo preventivo y se negó! Si me muero por su negligencia, juro que lo meteré tras las rejas por el resto de sus días.
El doctor Harrison suspiró y rodó los ojos, ajustándose los lentes mientras revisaba mi largo historial médico en la pantalla.
—Valerius, por favor... —dijo con voz pausada—, ya consumes demasiadas pastillas al día por tus manías. No puedo recetarte antibióticos para un virus imaginario que suena más a una alucinación hipocondríaca que a un diagnóstico real. Aquí lo único que hay es un daño estomacal agudo. ¿Qué comiste o bebiste hoy?
—¡Nada extraño! —gruñí, doblándome hacia adelante cuando otra ola de espasmos me sacudió los intestinos. Dios mío, sentía que se me reventaban las tripas—, mi comida de siempre, minuciosamente preparada por los mejores chefs, 100% orgánica y saludable. Lo de siempre..., ¡y mi café!