Valerius Kross
—¡Adrien! ¡Quítame a esta mujer de encima! — lo llamé con los ojos cerrados con todas mis fuerzas.
El sudor frío se me mezclaba con la náusea viva de estar tocando a una persona directamente con mis manos.
Adrien soltó una carcajada y se agarró el estómago, ahogándose de la risa.
—Pero..., mira qué diminuto es el mundo —se burló, aplaudiendo—, todo un jodido pañuelo.
Esto tenía que ser obra suya, no había duda. No podía tragarme semejante coincidencia, pero necesitaba que me ayudara.
—¡Por favor! ¡Voy a vomitar! —grité desesperado mientras caminaba a ciegas hacia la sala, sintiendo el peso de su cuerpo contra mi piel. Y no era una exageración: sentía la bilis subiéndome por la garganta. Ese olor..., Dios mío, ese olor—, ¡te llenaré la cuenta de verdes! ¡Te transfiero lo que quieras!
—Déjame tomar una foto de recuerdo —se burló con más ganas, disfrutaba de mi tortura—, ¿el gran Valerius Kross haciéndose el héroe digno de una película romántica? ¡Esto vale más que todos tus dólares, hermano!
—¡Muévete, imbécil!
Al final el muy infeliz no me ayudó. Llegué hasta el sofá, aguantando la respiración. Mi sofá... Mi mente era un caos absoluto gritándome que la arrojara al piso; pero, al mismo tiempo, mi cuerpo se negaba a tratarla con brusquedad.
La deposité sobre los cojines con lentitud.
Y fue en ese segundo, al tenerla a escasos centímetros antes de soltarla, cuando mi cerebro traidor comenzó a analizarlo todo. Era ridículamente liviana; pesaba tan poco. El calor sofocante que despedía su piel por la fiebre me traspasaba la camisa, quemándome el torso. Y a pesar del sudor, la calle y de su ropa gastada..., no olía a suciedad. Olía a esa mezcla de lluvia y flores del ascensor.
Me quedé congelado un instante observándola. Tenía los labios rosados, ligeramente entreabiertos por la respiración agitada de la fiebre, y sus pestañas tupidas descansaban sobre sus pómulos encendidos.
—¡Agua! ¡Jabón! ¡Desinfectante! ¡Cloro! ¡Y llama al doctor Harrison ahora mismo! —bramé de golpe, dando un brinco hacia atrás mientras me frotaba las manos desesperadamente contra mis pantalones.
—Tranquilo, que no tiene la peste negra —se burló Adrien, acercándose al sofá para tocarle la frente a la chica—, está volando en fiebre. Dime, ¿la desnudas tú o yo?
—¿Qué? ¡Estás loco! —le espeté con horror—, ninguno de los dos, súbela a mi habitación mientras llega el doctor y despierta a las chicas del servicio.
—No es mi problema, me largo —dijo muy tranquilo y caminó hacia la entrada y abrió la puerta.
Me quedé petrificado en el mismo sitio, sin poder creer que mi propio amigo me hiciera esto.
—Adrien... ¡Llamaré a la policía entonces! —amenacé.
Sin inmutarse, rodó una bicicleta grasosa y llena de bacterias hacia el centro de mi sala, junto con el bolso grande de delivery.
—Nos vemos, amigo —se despidió guiñandome un ojo, y cerró la puerta de un golpe.
Llamé al doctor Harrison enseguida. Corrí a despertar a las chicas del servicio para que se hicieran cargo. Entre ellas intentaron subirla por la escalera, pero a mitad del tramo estuvieron a punto de soltarla.
—¡Quítense! —ordené, abriéndome paso y ellas se miraron entre sí.
La agarré y la acomodé contra mi pecho. Ella temblaba violentamente por los escalofríos. Subí los peldaños de dos en dos, aguantando la respiración hasta mi habitación y la deposité sobre la cama.
De inmediato, salí disparado directo al baño privado a quitarme la ropa que me asfixiaba el cuello. Me lavé los brazos y el rostro con agua hirviendo hasta que la piel me ardió, sintiendo otro retortijón que me quitó el aire. Luego mientras esperaba la llegada del doctor, observaba desde la puerta del dormitorio cómo las empleadas intentaban bajarle la temperatura con compresas. Ya la habían cambiado de ropa: llevaba puesta una de mis camisas de lino, mientras que la ropa que traía la mandé a incinerar al instante.
Apoyé la espalda contra el marco, mirándola en silencio.
Valerius... ¿Qué clase de mujer es esta que apareció en tu vida, de atrevida y sin pedir permiso?
Tragué grueso sintiendo el peligro rondándome el pecho. Debía echarla, marcar mi distancia..., pero simplemente me negaba a dejarla marchar así de mal.