Inmune a ti

CAPITULO 8 Mi amor bonito

Valerius Kross

El doctor Harrison, al llegar, miraba con absoluto asombro el lugar donde estaba acostada la chica. Luego desvió la mirada hacia las empleadas del servicio y de vuelta a la cama. Era evidente que ellas no la subieron hasta aquí. El doctor me ha tratado el TOC y cuanta enfermedad he presentado desde mi infancia, así que me conoce demasiado bien; pero aun así decidió no preguntar nada, aunque sus ojos no paraban de pestañear.

—Deje de hacer preguntas sin pronunciar una sola palabra. Llegó volando hasta aquí, punto y final. Ahora dígame qué carajos tiene y cuándo va a despertar, que yo necesito regresar a mi rutina.

—Claro... —sonrió —, bueno, la jovencita está deshidratada y presenta un cuadro anémico considerable, parece que se encuentra bajo niveles extremos de estrés, Valerius. Me llevaré una muestra de sangre para realizar otros estudios, pero por mi experiencia estoy casi seguro de que se trata de una bronquitis o una neumonía. Con este nivel de descompensación, dudo mucho que sea lo primero.

—¿Qué tanto puede estar pasando esta chica para estar así...? —pensé en voz alta, sin poder apartar la mirada de su rostro pálido.

El doctor me entregó un par de recetas con las indicaciones para los medicamentos que administraría la enfermera que contraté y suplementos.

—Por cierto... ¿Ya tiene mis análisis de sangre? —le exigí, cruzándome de brazos y mirando fijamente su maletín.

El doctor Harrison dejó escapar un suspiro de resignación y negó con la cabeza, acomodándose los lentes.

—Por Dios, Valerius... si te atendí hace unas horas. Los resultados no están listos de la noche a la mañana. No dudes en llamarme si empeora la fiebre.

Apreté los dientes con irritación mientras lo acompañaba a la salida.

¡Como si el virus o la bacteria que me contagió esta mujer se fuera a tomar su tiempo para destruirme por dentro!

Me pasé una mano por el cuello, sintiendo un picor en la piel solo de recordar que había tenido a esa mujer pegada a mi. Si el laboratorio no se apresuraba con mis exámenes, el ataque de nervios me iba a matar.

Toda la madrugada y el día siguiente, no despertó. Mi agenda fue estropeada por esto.

Su móvil no paraba de sonar sobre la mesa de noche. No quería meterme en cosas que no me importaban, pero al inclinarme para mirar la pantalla, el nombre del contacto me saltó en los ojos: MI AMOR BONITO.

¿Así que tenía pareja? Pero ¿qué clase de idiota no era capaz de darse cuenta de lo mal que estaba esta y la tenía trabajando en esas condiciones?

Un chasquido de fastidio y rabia se me escapó entre los dientes, me acerqué a la mesa y apagué el teléfono de un solo golpe.

Idiota.

Pasé la noche en el sofá de mi habitación, pasando las páginas de un libro sin lograr concentrarme. En medio de su malestar, ella comenzó a sollozar despacio. Me puse de pie de inmediato; hacía pucheros como si fuera una niña, mientras luchaba a ciegas en el aire con sus manos.

—Dejen..., déjenme... —murmuraba con la voz quebrada.

Busqué un pañuelo limpio en mi bolsillo y, usándolo para no tocarla directamente, lo pasé con suavidad por su frente y su cabello sudoroso. La fiebre no había bajado del todo, pero comparado a cómo llegó, estaba bastante mejor. Con ese simple gesto, su respiración se calmó. Aparté el pañuelo y mis manos comenzaron a temblar ligeramente. Sentí un impulso absurdo, una necesidad de estirar los dedos y tocar sus pecas..., parecen manchitas de chocolate, pero gruñí entre dientes por ser un hombre defectuoso.

Di un paso atrás y salí de la habitación a toda prisa, cerrando la puerta.

Necesitaba con urgencia que despertara..., para que se largara de mi casa de una buena vez.

Iris Bettmon

Abrí los ojos despacio, con los párpados pesados. Lo primero que me golpeó no fue la luz chillona de la habitación, sino el choque de los olores. Ya no había rastro del aire helado de la calle. Aquello olía a una mezcla sofocante de antiséptico, cloro y un perfume amaderado, pero suave.

Me pasé una mano por el rostro. Tenía un paño ligeramente húmedo doblado sobre la frente y una manta cubriéndome hasta la cintura, no lograba asimilar nada. Un pinchazo en el dorso de la mano me hizo dar un brinco. Tenía una vía intravenosa conectada a una bolsa de solución. Y..., llevaba puesta una camisa que me quedaba gigantesca, cubriéndome hasta los muslos.

El pánico me atravesó el pecho como una descarga eléctrica.

«¿Dónde demonios estoy? ¿Quién me quitó la ropa?», fue lo primero que rugió en mi mente. Me vieron sin ropa, Dios mio. Apreté mi abdomen y me sentí horrible.

Mire hacia la ventana: era de noche. ¡Mi trabajo! Cuanto llevare aqui, no era de las que desaparecen así como así. Solo podía rezarle para que Oli me hubiera cubierto y se le hubiera ocurrido la gran idea de mentirles diciendo que me había quedado a dormir en su casa para que no se volvieran locas de la preocupación. Aunque conociéndola, seguro ella estaba igual de histérica buscando dónde me había metido.

Me senté al borde de la cama, luchando contra un mareo que me hizo ver estrellitas. Me arranqué la vía del brazo. Me puse de pie y a unos metros de distancia, estaba él... Valerius Kross vestía una ropa deportiva, libre de cualquier arruga, y se desinfectaba las manos con un bote de gel mientras lo miraba.

No había notado que desperté.

En lugar de agradecerle, recordando que lo vi y después no supe nada más por la fiebre que tenía, solo apreté los dientes.

—¿Qué hago en su casa? —disparé con la voz rasposa, pero cargada de veneno—, si cree que por haberme recogido voy a pedirle perdón por lo de hoy está muy equivocado, señor Kross.

Su mirada era dos témpanos de hielo, bueno..., hielo y tormenta. No podía negar que sus ojos eran preciosos.




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