Inocencia Robada (extras Familia Feliz)

Nacimiento

CELINE

El dolor no fue suave. No fue una molestia gradual ni una advertencia delicada.

Fue un tirón profundo, bajo, firme… como si mi cuerpo me dijera sin rodeos: es ahora.

Abrí los ojos de golpe.

La habitación estaba oscura. El reloj marcaba las 2:47 a. m. El silencio era tan absoluto que podía escuchar mi propia respiración… hasta que otra contracción llegó, más fuerte, más decidida.

Me llevé la mano al vientre.

—Respira… —me dije—. Respira primero.

Giré el rostro hacia Lebron. Dormía profundamente, boca arriba, con un brazo sobre la almohada. Lo llamé suave.

—Amor…

Nada, no me contesto ese flojo. Otra contracción. Esta vez me hizo gemir.

—Awww...Lebron —insistí, tocándole el pecho.

No reaccionó. El dolor subió como una ola caliente y entonces lo sentí. Un calor húmedo. Miré hacia abajo justo cuando el líquido empapaba las sábanas.

—No… —susurré con una risa nerviosa—.Dios mio.

Rompí fuente.

El pánico quiso instalarse, pero no lo dejé. Respiré hondo y volví a moverlo, esta vez con urgencia.

—¡Lebron! —dije más alto.

Nada. Lo sacudí con todas mis fuerzas.

—¡Amor, despierta!

Seguía dormido.

Y entonces, sin pensarlo, sin medir fuerza ni culpa, cerré el puño y le di un golpe seco en la espalda.

—¡AU! —gritó incorporándose de golpe—. ¿Qué caraj…?

Sus ojos se abrieron justo cuando me vio sentada en la cama, pálida, respirando entrecortado… y el charco evidente empapando las sábanas.

—Lebron —dije, intentando mantener la calma—Mi vida… ya. Rompí fuente.

Por un segundo se quedó inmóvil. Como si no le importara. Y luego…

—¡AAAAAAAH! —gritó, llevándose las manos a la cabeza—. ¡DIOS MÍO! ¡DIOS MÍO! ¡ QUE ESTÁ PASANDO!

Saltó de la cama como si fuera él el que estuviera de parto.

—¡NO ESTOY LISTO! —gritó—. ¡¿QUÉ HAGO?! ¡RESPIRA! ¡NO, YO RESPIRO! ¡NO, TÚ RESPIRA!

—Lebron —dije con firmeza, aunque otra contracción me dobló un poco—Cálmate Lebron.

Fue ahi cuando me miró. Los ojos desorbitados. El pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido un maratón.

—Ya estoy calmado, ahora...cálmate tu mi cielo—repitió—. ¡ESTÁS TENIENDO A MI HIJA!

Otra contracción me arrancó un quejido.

—Amor —dije, tomándole el rostro—. Mírame. Estoy bien. Necesito que estés tranquilo.

Tragó saliva, y luego asintió… o eso intentó.

—Sí… sí… tienes razón… —dio dos pasos… y se detuvo en seco—. ¡LAS LLAVES, CARAJO!

Empezó a buscarlas como loco.

—¿Dónde están las llaves? ¿DÓNDE ESTÁN LAS LLAVES?—repitio desesperado.

—En la mesa —respondí respirando—.Donde siempre.

Corrió. Tiró algo al suelo. Maldijo. Volvió.

—¡YA! ¡YA LAS TENGO!

Me ayudó a ponerme de pie con más cuidado del necesario.

—Despacio —le dije—. Todavía no empujo.

—NO DIGAS ESO —respondió—. NO DIGAS NADA RARO.

Reí entre jadeos.

Salimos de la habitación a toda prisa. La casa estaba en silencio, pero él hacía suficiente ruido para despertar a todo el vecindario.

—El bolso —murmuró—. ¿EL BOLSO DE LA NENA?

—Está listo —le dije—. La dejé junto a la puerta.

—CLARO QUE LA DEJASTE LISTA —dijo orgulloso—. MI MUJER ES PERFECTA.

Otra contracción, hay si que me me detuve.

—Lebron…

Me sostuvo de inmediato.

—Estoy aquí. Estoy aquí. Respira conmigo.

Y por primera vez desde que todo empezó, su voz se calmó.

Salimos rumbo al hospital con el corazón acelerado, el miedo latiendo fuerte… y una certeza clara entre ambos. Nuestra hija había decidido que era momento de conocer el mundo.

Las puertas del hospital se abrieron de golpe.

—¡PARTO! —gritó Lebron antes de que yo pudiera decir mi nombre.

Las enfermeras reaccionaron de inmediato. Una silla de ruedas apareció frente a mí y, aunque quería decir que podía caminar, otra contracción me dobló y acepté sin discutir.

—Respira, mi amor, respira —me repetía él, caminando a mi lado sin soltarme la mano.

Recién ahí noté algo… y no pude evitar reír entre jadeos.

—Lebron… —dije—. Sigues en pijama.

Miré hacia abajo. Pantalón de algodón, camiseta arrugada y pantuflas.

—No me juzgues —respondió serio—. Esto es ropa de guerra.

Las enfermeras sonrieron mientras me llevaban a la sala de parto. Todo pasó rápido: preguntas, luces, guantes, voces tranquilas que intentaban mantenerme centrada.

Lebron no se apartó ni un segundo.

—Quiero estar aquí —dijo firme—. Quiero verla nacer.

Me colocaron, me explicaron, me pidieron que respirara. Yo sudaba, el mareo iba y venía, y sentía el cuerpo trabajando por sí solo.

—Amor, mírame —decía él—. Tú puedes. Ya lo estás haciendo increíble.

Yo apretaba su mano con toda la fuerza que me quedaba.

—Si me muerdes… te perdono —bromeó—. Solo no me sueltes.

El médico anunció que ya era momento.

—Cuando llegue la contracción, empuja —me dijo con voz calmada.

Lo hice.

Una vez.

Dos.

Tres.

Sentía que el mundo se reducía a respirar y empujar. Y entonces escuché:

—Ya viene.

Lebron se inclinó un poco más, decidido a ver todo. Pero ese fue su grave error. En cuanto vio a nuestra hija nacer, su color cambió por completo.

—Amor… —murmuró—. Amor, yo…

Y no terminó la frase. Sus ojos se pusieron en blanco.

—¡Ay no! —dije entre jadeos—. ¡No ahora!

—¡Papá! —gritó una enfermera—. ¡Siéntese!

Pero ya era tarde. Lebron se tambaleó.

—Se me… se me bajó la presión…

Dos enfermeros lo agarraron justo a tiempo antes de que se fuera al suelo.

—¿Está bien? —preguntó alguien.

—Creo que no le fue bien el nacimiento natural —respondió otro conteniendo la risa.

—¡YO PENSÉ QUE ERA MÁS LIMPIO! —protestó él desde la camilla donde lo recostaban—. ¡EN LAS PELÍCULAS NO SE VE ASÍ!

Yo reí… y en ese mismo instante, escuché el llanto.




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