Inquebrantable

Capítulo 9

Alizee.

La persona que menos esperaba volver a encontrarme, era el tal Jacque. Y mucho menos esperaba que fuera el hijo de mi jefe; incluyéndole que probablemente tendría constantes encuentros con él por el hecho de trabajar en el mismo lugar.

La galería era lo suficientemente grande como para no hacerlo, pero estaba segura que la vida no sería tan buena conmigo y no me daría la tranquilidad de no volver a cruzarme con él en el camino. En casi un mes ya me había cruzado con el tres veces, y al parecer todavía faltaban unas mil veces más. Si de por sí, mi estado de ánimo no era el mejor, con esta situación no creo que pudiera mejorar.

Soy esa clase de persona que vez en la calle y la relacionas con un limón amargo, muy, muy amargo. Como diría mi abuela "tienes la cara de burro embarcado en planchón" —nunca entendí ese dicho, pero siempre me lo repetía—. No soy risueña, no voy regalando sonrisas a cada lugar que llego, de hecho, dejé de sonreír hace años y ahora, es muy difícil ver una expresión empática reflejada en mi rostro. Aunque carezca de esta virtud, eso no influye cuando a la hora de relacionarme con una persona. Puedo llevarme bien con las ellas, ser cordial y amable, pero dejarles un espacio en mi corazón, no. No en un lugar lleno de tantas grietas por donde podrían caer, no quiero extender mi tormenta a sus vidas ni robarles su luz para que en medio de mi oscuridad haya un poco.

Jacque me causaba desconfianza, no conocía sus intenciones ni nada respecto a él además de su nombre. Por eso me comportaba así con él.

No me interesaba crear lazos de amistad o cercanía con él, podía respetarlo y tolerarlo por el hecho de que era hijo de Raymond y también porque permaneceríamos en los mismos metros cuadrados durante un buen tiempo. Pero seguiría teniendo una actitud distante para con él, aunque, no era algo personal solamente con él, hasta el momento me había mantenido de esa forma con todos.

Jane, Nelly y Leo se habían comportado muy amables conmigo desde que había llegado. Habían intentado integrarme con ellos, eran muy agradables conmigo, pero el estar regalando sonrisas y afectividad no era lo mío. Menos, lo sería con alguien que me causaba el triple de desconfianza, era una forma de mantener a salvo los pequeños trozos que quedaban de mí, pequeños trozos que guardaba para poderlos dárselos a mi padre cuando estuviera junto a él. Si alguien los merecía, era él, y no me arriesgaría a perderlos en un intento de compartirlo con alguien más.

Leo era uno de los tres artistas que de momento trabajaban con la galería. Nos habíamos conocido unos días después de mi ingreso, no pintábamos juntos por la condición que había puesto para aceptar el trabajo.

Era domingo y me encontraba en mi refugio, esa antigua casa que era más hogar que la casa de mi tía o cualquier otro lado. Decidí venir porque llevaba algunos días sin pasarme por acá. Pintar en la galería consumía de mi tiempo y cuando no estaba ahí, estaba peleando con mi tía o comprando materiales y comida para la casa. Me tocaba encargarme de eso o si no moriría de hambre, Amber decía que ella cocinaba y yo llevaba la comida. Gran filosofía de vida.

Hoy había decidido venir a pasar un rato, pero al llegar me di cuenta que el lugar gritaba limpieza por cada rincón. Estaba lleno de polvo y suciedad. Así que me encontraba, realizando esa misión —con la respectiva música de fondo—. Noté que empezó a llover, no era una novedad que eso ocurriera, aquí en Londres podía estar el sol más radiante en determinado momento del día y a los cinco minutos estaba lloviendo a cántaros.

Cuando terminé de hacer la limpieza en el lugar, decidí acostarme en el piso escuchando música y simplemente dejarme llevar. Ride de Lana del Rey sonaba.

Necesitaba una pausa, quería sentir que desaparecía un momento, ansiaba descansar de los recuerdos, de pensar, de mis tormentas, de existir.

Mi más efectiva terapia era esta, perderme en el vaivén de la música, dejarme llevar por el sentimiento que transmitía cada nota, cada palabra. Si alguien me preguntaba si había encontrado al amor de mi vida, no dudaría en decir que sí. Eso era la música para mí, mi amor, la que estaba para mi sin importar, hora, día, sin importar nada. Ella me escuchaba y su mejor repuesta era reconfortarme con sus melodías. No me juzgaba y compartíamos sentimientos. Era capaz de darle un poco de paz a mi tormenta.


Sin haberme dado cuenta las lágrimas ya habían empezado a caer, sin poder llegar a retenerlas. Solamente las dejé fluir y caer. Eran la consecuencia del agotamiento que mi alma sentía, me encontraba ya cansada. Cansada de correr, de buscarle un poco de paz a mi mente, de correr en busca del sentido de vivir, buscando la manera de ponerle fin a mi tormenta, pero entre más corría, más intensa se hacía y solo consumía mis fuerzas.

Me senté en un rápido movimiento y empecé a llorar descontroladamente, lo dejé salir todo y solo sollozaba. Mi cuerpo se estremecía y temblaba de dolor, mi alma no aguantaba estar en este cuerpo. Paré en el momento en que empezaron a llegar los recuerdos de aquella noche donde todo empezó, donde mi tormenta se desató.

Dejé de llorar porque prometí que no volvería a llorar por eso, y quizás también lo había dejado de hacer porque había llorado tanto por esa causa, que ya no me quedaban lagrimas para derramar en memoria de eso. Si esos recuerdos no me abandonaban, se me agotarían las ganas y el tiempo de respirar.

Así que simplemente me quedé mirando un punto fijo a lo lejos, viendo como la lluvia se colaba dentro de la casa por las grietas, hubo un viento fuerte que estremeció la casa y lo sentí tanto porque pedazos de la madera vieja cayeron. No fueron grandes ni muchos, pero cayeron en pedazos. Y en ese momento fue cuando comprendí que amaba tanto a ese lugar porque éramos idénticos. Abandonados, solos, destruidos. Teníamos tantas cosas en común, pero la que más destacaba en ese momento era que, la tormenta que había afuera estaba destruyendo sus paredes, su estructura. Así como mi tormenta interna acababa y arrasaba con cada pequeña parte que quedaba de mí. Y no faltaba mucho para que esas dos tormentas, terminaran de destruirnos por completo. No sabía si era cuestión de días, horas o meses. Pero cuando sucediera ya no habría remedio ni vuelta atrás, en definitiva. Por más sol que saliera o tranquilidad que propagara el panorama, ninguno de los dos podría reparar los irreversibles daños que ya existían desde lo más profundo de nuestra estructura, daños que ya estaban tan clavados en ella, que ni empezando desde cero podrían borrarlos.




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