Una mala noticia
Hay días en los que mi mente ya no puede más.
Anónima
Amy
Después de una mañana de clases aburridas, por fin íbamos a salir. A Navir la vinieron a recoger en la entrada, y Raven y yo nos quedamos solas en el estacionamiento, buscando a Alessandro.
—Aquí debe estar, ¿verdad? —dijo Raven, escudriñando entre los autos.
Me encogí de hombros. —No pude preguntarle dónde se encontraría conmigo. Me quedé en blanco. Todos me miraban y no tuve la oportunidad de decirle nada.
—En eso tienes razón. La forma en que te dijo eso fue demasiada tensión, incluso para mí.
Antes de que pudiera continuar, me di cuenta de una figura recostada en un BMW Z4. Era un carro demasiado caro y moderno para estar en una institución. Mientras nos acercábamos, sentí que él me estaba mirando. Era una mezcla de sentirse importante y acosada al mismo tiempo. Nunca un hombre me había mirado así, y no sabía si eso era bueno o malo.
—¿Por qué te demoraste?
—Lo siento, yo no sabía que ibas a estar aquí…
—Sube —dijo, abriendo la puerta. Me quedé parada, sin saber qué hacer.
—No puedo irme contigo. Mi amiga y yo siempre vamos juntas…
—No te preocupes por mí, soy perfectamente capaz de manejarme sola —interrumpió Raven, dándome una mirada de complicidad. —De verdad, estaré bien. Cuando llegues a casa, me avisas, cariño.
Con un asentimiento, ella empezó a caminar hasta que la perdí de vista. Luego me subí al auto. Al sentarme, Alessandro solo me dijo:
—Cinturón.
Me lo coloqué rápidamente. Era raro que no me hiciera preguntas sobre lo tarde que había llegado. Le indiqué la dirección de mi casa, que no quedaba muy lejos.
—Pásame tu número —dijo, sin dejar de mirar la carretera. —Necesito tenerlo para saber qué días nos vamos a reunir para ese trabajo.
—Sí, claro, ya te lo escribo.
Cuanto más nos acercamos a la casa, más ganas tenía de estar allí. Este silencio era incómodo y no sabía cómo romperlo.
—No sé cuándo voy a tener libre. Tengo muchas cosas que hacer estos días, por eso te pedí tu número —dijo, como si leyera mi mente.
—No tienes que darme explicaciones. Entiendo que las personas tienen sus propios asuntos.
—Da, no ya khochu otdat' ikh tebe—respondió. Cuando se estacionó frente a mi casa, le pregunté:
—¿Qué idioma es? —Él solo me miró.
—Ruso —dijo, y luego se bajó del auto.
—Sí, lo siento —murmuré, todavía algo aturdida, y me bajé. —Gracias.
Él solo asintió con la cabeza. Cuando regresó a su auto, me dijo:
—Te escribo luego, malen'kaya shapochka.
Antes de que pudiera preguntarle algo, se fue, dejándome una vez más con las palabras en la boca.
Cuando entré a mi casa, todos estaban en la sala. Había un silencio muy inusual. Al ver sus caras, supe que algo andaba mal. Mi hermano menor tenía una expresión que parecía que iba a llorar en cualquier momento.
—Bueno, ya está decidido —dijo mi madre, levantándose del sofá. —Te irás con tu hermana. Estaremos bien, no te preocupes.
Cuando todos salieron de la habitación, me quedé parada, intentando procesar lo que ocurría.
—¿Te vas a ir? —le pregunté a mi abuela, con la voz temblorosa.
—Solo me iré por unos meses a Italia. Pero volveré, ¿está bien? Prometo que iré a verte a tu obra. Necesito hacer esto…
—¿Y cuándo pensabas decírmelo? ¿Cuando te fueras?
—Me voy… esta noche.
No lo podía creer. Siempre pensé que entre nosotras no había secretos. Siempre habíamos sido honestas la una con la otra. Que se fuera no me enojaba. Lo que me molestaba era que no me lo dijera y solo esperará hasta el final, sin importar cómo me sintiera.
—Te vas esta noche y no me lo dijiste —dije, sintiéndome traicionada.
—Te lo iba a decir, cappuccetto. Solo que no había un momento adecuado…
—¿ADECUADO? —grité. —No hay momento adecuado, nonna. Solo debiste decirlo. Lo habría entendido, pero ahora…
Me fui a mi habitación. No quería saber nada. Estaba enojada con ella. Sabía que algo pasaba. Todos esos misterios desde que mi tía llegó no eran simples. Entendía que no se lo hubiera dicho a mi madre o a mis hermanos, pero a mí, me dolía. Siempre fuimos más cercanas. Nos entendíamos. Y no soportaba la idea de que me hubiera ocultado algo tan importante.
Al pasar la tarde en mi habitación, me di cuenta de lo dramática que estaba siendo. Ella siempre había estado ahí para mí, sin importar lo que sucediera. Estar enojada con ella era ridículo. Por más mal que me sintiera, nadie me entendía como ella.
Al pararme de la cama, me di cuenta de que mi tía y mi abuela ya se estaban despidiendo. Cuando mi abuela me vio, supe que había hecho lo correcto. Enojarse no era la respuesta, y menos si se trataba de ella.
—Ci sono i miei figli, los voy a extrañar mucho. Cuídense y pórtense muy bien.
Después de decir eso, ellas salieron. A ambas no les gustaban las despedidas. Pero yo sentía que no podía irme sin arreglar las cosas.
—Nonna, lo siento, no debí enojarme así contigo…
—No, nunca te disculpes por demostrar cómo te sientes. Entiendo que debí decírtelo antes. Solo… es complicado.
—¿Prometes que volverás para mi obra, verdad? —le dije, abrazándola.
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Editado: 12.01.2026