Es él
Nunca sabremos la verdad de todas las personas
Anónima
Amy
—Esto es estúpido.
—No lo es —dije, negando con la cabeza. —Verás, es una historia romántica. Tienes que entrar en el guión.
—¿Cómo podría entrar en un guión donde una chica va a un bosque para estar con un chico? Yo no haría eso.
—No digas nada. Mejor recuerda que te fuiste con un chico en la noche a…
—¡Solo salí a tomar aire! —la interrumpí, exasperada. —¿Algún día me dejarás olvidarlo?
—No. Eso se quedará en mis memorias y, muy en el fondo de tu corazón.
Mientras seguía intentando memorizar el guión, estábamos en el auditorio donde se supone que sería la obra.
—Me tengo que ir, boba. ¿Seguro que te quedarás aquí sola?
—Sí, necesito repasar. Además, no tengo nada que hacer en casa. Mejor ya vete antes de que tu madre se enoje.
—Sabes que ella no hace eso, pero más vale prevenir que lamentar —dijo, caminando hacia la salida. —¡Te quiero! ¡No me extrañes!
Me reí mientras negaba con la cabeza. La amaba. Era mi mejor amiga. Pero odiaba cuando hacía cosas como escribir este guión.
El amor era algo significativo para mí, pero no diría que lo odiaba. Me consideraba la persona más romántica del mundo. El problema era cuando se trataba de demostrarlo en la vida real. No sé por qué, pero me molestaba. Al ser una lectora empedernida, sabía que había cosas que para mí eran más importantes.
Cuando leía, no me enamoraba del físico del personaje. O, bueno, tal vez sí, pero fueron las palabras las que realmente me cautivaron. Era cada cosa escrita lo que me hacía sentir como si alguien por fin entendiera lo que me pasaba. Sabía que eran historias escritas por mujeres y, a veces, ese era el problema: nos daban a entender lo que nosotras queríamos de un chico y en una relación, cómo nos gustaría ser tratadas, y los momentos hermosos que soñábamos.
Perdida en mis pensamientos, me di cuenta de que había alguien más en el escenario.
—¿Qué haces aquí?
—La verdadera pregunta es: ¿qué haces tú aquí? Te estaba esperando, pero me topé con tu amiga y me dijo que estabas aquí, así que vine por ti.
—Lo siento, lo había olvidado —dije, recogiendo mi mochila. —La obra me tiene un poco nerviosa y tengo que practicar.
—Está bien —dijo, llegando a mi lado. —Yo también estaría nervioso si no tuviera práctica al estar bajo mucha presión constante.
Asentí con la cabeza mientras caminábamos hacia el estacionamiento. Cuando nos detuvimos frente a su auto, él me abrió la puerta.
—Sabes que no es necesario, ¿verdad? —me miró, interrogante. —Que me abras la puerta.
Él solo cerró la puerta por mí, subió a su lado y encendió el motor.
—¿Lo haces con todas las chicas que suben a tu auto?
—Ty poka yedinstvennyy, kto sel v moyu mashinu.
—¿Por qué haces eso? —pregunté, confundida. Él solo se encogió de hombros mientras conducía. —Hablas en otro idioma cuando te hago una pregunta.
—No lo sé. eto proiskhodit so mnoy tol'ko s toboy.
—¿Qué idioma es?
—Ruso. ¿Por qué?
—Me compraré un diccionario para saber qué es lo que me dices.
Él seguía manejando y no sabía a dónde me llevaba.
—¿A dónde vamos?
—Bueno, parte del trabajo es que tenemos que saber cosas el uno del otro, así que te llevaré al lugar donde normalmente estoy.
—¿Cuál es?
Antes de que pudiera decir otra cosa, nos detuvimos frente a uno de los edificios más altos que había visto en mi vida. Sin mencionar nada, Alessandro salió del auto y me abrió la puerta.
Todavía no salía de mi asombro. Yo creía que cinco pisos eran demasiado, pero este edificio tenía al menos diez. Cuando entramos, había un pasillo enorme y todo dentro de él era lujoso. Me detuve a observar a la gente. Al llegar al ascensor, me di cuenta de que íbamos subiendo hasta el último piso.
—¿Por qué vamos al último piso? ¿No es solo a donde van las personas importantes?
—¿Cómo sabes eso?
—Películas —me encogí de hombros. —Pero tengo razón, ¿verdad?
Antes de que pudiera responder, se abrieron las puertas y él salió. Yo solo pude seguirlo porque no sabía dónde estábamos ni a dónde íbamos. Mientras caminábamos, llegamos hasta una puerta extremadamente intimidante. Una señora se levantó de un escritorio.
—Buenas tardes, señor Harrison. Me alegra verlo —dijo. Él solo asintió con la cabeza. —Los informes están en la oficina, tal y como los pidió.
—Gracias, Valeria —dijo. Luego, se detuvo y me dijo: —Espera aquí. No me demoraré mucho.
Él entró a la oficina y yo me quedé sin saber qué hacer. Las presentaciones nunca eran mi punto fuerte. El pánico que tenía era algo que no podía controlar. La persona a mi lado tampoco sabía qué decir, ya que solo se me quedó mirando por un momento.
—Buenas tardes, señorita...
Solo pude sonreír. Parecía una secretaria sacada de un libro, no solo por la forma en la que se presentó, sino por la manera en la que estaba vestida.
—Buenas tardes. Mi nombre es Amy Martínez, pero por favor, solo dime Amy —dije. No quería ser tratada con tanta formalidad, y menos teniendo diecisiete años.
#23480 en Novela romántica
#4079 en Chick lit
amigos, chicos amigos amistad adolescentes drama, problemas de ira enfermedades traumas
Editado: 12.01.2026