Inquebrantable

Capítulo 17

Una Historia Diferente al Resto

Amy

El aroma a café recién molido y la luz que se filtraba por los inmensos ventanales creaban una atmósfera casi irreal. Me encontraba en la oficina más legendaria del país, en un santuario literario,de la gran escritora y editora, inmortalizada en sus novelas. Y ahora, estaba compartiendo un almuerzo con su hijo, la persona que llevaba la esencia de esa leyenda.

Mientras terminaba el último bocado de mi ensalada, la sensación de asombro seguía pegada a mí como una sombra. Cada lector de corazón sabía quién era la gran dama de las letras, y yo estaba aquí, en parte de su mundo.

—Sigues pensando en eso, ¿verdad? —preguntó él, con una sonrisa ladeada, mientras daba un sorbo a su bebida.

—Solo... no puedo creer que esté aquí, prácticamente —articulé, alzando mis brazos con un gesto amplio—. Este lugar es una leyenda. Lo sabes, ¿no?

Él me miró con una ceja alzada, un gesto que parecía preguntarse qué clase de fanática exaltada tenía enfrente. Intenté controlar mi emoción, centrando mi atención en mi plato para que el brillo en mis ojos no delatara mi fascinación.

—Tu madre describió este lugar en unas de sus mejores historias. El rincón de los sueños, lo llamaba —me dediqué a observar el horizonte a través del cristal. El cielo de la ciudad parecía más azul y las nubes más dramáticas desde esa altura—. No es solo un lugar en la mente o las palabras de un escritor; en realidad está aquí, existiendo, siendo real para las personas. Y sobre todo, cada emoción de este lugar se siente. Se puede ver el amor por las letras y sobre todo, este es el mejor sueño de cualquier lector.

Me quedé mirando la ventana, casi esperando ver a alguno de esos personajes de sus libros pasear por los pasillos. Sentí su mirada sobre mí, pero no quise romper el hechizo.

—Solo puedo imaginar qué historias increíbles se pueden crear mirando paisajes así. Y sobre todo... —giré la cabeza para mirarlo, sintiéndome vulnerable al confesar mi fantasía—, quién pensaría que uno puede encontrar el amor y tener un final feliz aquí. Suena raro, lo sé, pero cada vez que lo pienso es fantástico: encontrar no solo a alguien, sino ser feliz con esa persona para siempre.

Él dejó su tenedor y se recostó en la silla, observándome con una seriedad que me hizo dudar de si había dicho algo estúpido.

—¿Crees en los finales felices?

Mantuve la vista fija en la ventana, sintiendo que responder esa pregunta requería más honestidad de la que estaba dispuesta a mostrar.

—No creo que no existan —murmuré. En el fondo, era yo quien no creía merecer uno—. Creo que cada persona tiene lo que obtiene, y cada uno puede crear la historia que quiere, sea con un final feliz o no.

Me reí entre dientes, sintiendo que mi respuesta había sido un intento fallido de evadir el núcleo de la cuestión.

—Pero sí, creo en los finales felices —finalmente cedí.

—Vaya, estoy sorprendido —dijo, con su tono de voz ambiguo. Lo miré con incertidumbre.

Él solo se rió y se encogió de hombros, la expresión de su rostro inescrutable. El hijo de la escritora más romántica de la generación, ¿cómo podía no creer en el romance incondicional?

—No creo que todos piensen en los finales felices como tú —me miró de una manera que no pude descifrar, y por primera vez, sentí que la pared de mi idealismo se agrietaba—. No digo que esté mal, pero creo que a veces la gente malinterpreta a las personas o nos ilusionamos con lo que no son. Idealizamos lo que creemos que es el verdadero concepto del amor. El amor existe, sí, pero no puede garantizar que termine bien o que acabes con esa persona para toda la vida. Cada sentimiento cambia, al igual que las personas.

Su criterio me golpeó con la fuerza de una verdad simple e indiscutible. Las personas, al igual que las estaciones, cambian; sus pensamientos e ilusiones son diversos y efímeros. ¿Cuántas veces crecemos pensando que encontraremos el amor y seremos felices para siempre, solo para darnos cuenta de lo fácil que es alejarse cuando vemos lo peor de la gente?

El hablar así me hizo reflexionar profundamente. Tal vez tenía razón. Los finales felices eran menos sobre el destino y más sobre la elección diaria.

Nos quedamos en silencio, mirándonos, y sentí que el tiempo se ralentizaba. El mundo exterior se desdibujó hasta que el sonido estridente de mi teléfono rompió el momento. Al instante, me di cuenta de la hora. Ya era tarde, y si no me iba de inmediato, recibiría una regañada de mi madre.

—Creo que es tarde y ya me tengo que ir —dije, levantándome con prisa. Él se puso de pie también, y la incomodidad de la despedida flotó entre nosotros.

—No te preocupes. Sé que estás ocupado, así que conozco la salida —le aseguré, caminando un poco rápido hacia la puerta. Justo antes de cruzar el umbral, me giré y le regalé una sonrisa apresurada—. Nos veremos luego.

Terminé caminando rápido hacia el ascensor. Me percaté de que Elena estaba ocupada en una conversación seria con alguien, así que decidí no interrumpirla y entré al elevador.

Mientras bajaba los pisos, el torrente de emociones y pensamientos del encuentro me abrumó. Este día era demasiado especial para guardarlo. Tan pronto como crucé la puerta de salida, saqué mi teléfono del bolso, sintiendo la necesidad imperiosa de compartir esta historia con alguien. Marqué el número de mi mejor amiga.

—Si estás leyendo esto, te recomiendo que escuches. Porque esta historia que te contaré... es diferente al resto.




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