Distancia y Puntos Suspensivos
Amy
El brillo de la pantalla del teléfono era un cuchillo de luz en la penumbra de mi habitación. Me escocían los ojos, pero no podía apartarlos de esas dos palabras: «Krásnaya Shápochka». Mi corazón, lejos de calmarse, golpeaba mis costillas con un ritmo errático, como un pájaro atrapado.
La casa había quedado sumida en un silencio sepulcral tras la jornada de limpieza con mis hermanos. Ese silencio, que normalmente era mi refugio para escribir, ahora se sentía demasiado vasto, casi hostil. Me hacía sentir pequeña. Necesitaba una voz que no fuera el eco de mis propias dudas. Miré el reloj de pared: las tres de la mañana. En Italia, el sol ya estaría reclamando su lugar sobre las cúpulas de Florencia. Eran apenas las siete; ella ya estaría despierta, probablemente con una taza de porcelana entre las manos, desafiando al frío matutino desde algún balcón.
Marqué el número internacional por WhatsApp. El tono de llamada, ese pulso electrónico que cruza océanos, me puso los pelos de punta. Al segundo timbre, la imagen granulada de mi abuela inundó la pantalla.
Estaba envuelta en un chal de lana gruesa, con su cabello plateado recogido en una trenza floja que descansaba sobre su hombro. Detrás de ella, el cielo italiano no era azul, sino un lienzo de rosa pálido y oro, una acuarela al óleo que parecía bendecir su figura.
—¡Amy! La mia piccola Cappuccetto Rosso —su voz, filtrada por miles de kilómetros, me envolvió como una manta cálida. La paz me llegó de golpe, casi haciéndome llorar—. ¿Qué haces despierta, tesoro? ¿Otra vez peleando con tus personajes o es que el café de la tarde fue demasiado fuerte?
—No son mis personajes esta vez, abuela —admití, dejando caer los hombros—. Creo que la vida real ha decidido robarles el guión y se ha vuelto... confusa.
Ella se acomodó las gafas sobre el puente de la nariz y me escudriñó con esa intensidad quirúrgica. Siempre sentí que mi abuela no miraba mis ojos, sino que leía directamente mi código genético, descifrando verdades que yo aún no me atrevía a pronunciar.
—Algo ha cambiado desde el último mensaje —notó ella con suavidad—. No lo he leído con detalle, así que prefiero que me lo cuentes tú. Dime, ¿qué es diferente hoy?
Se lo conté todo. El caos en la editorial, la electricidad estática en el aire cada vez que el "Señor Sarcasmo" abría la boca, su actitud de caballero herido y cínico, y finalmente, el mensaje. Le leí las palabras en ruso con una pronunciación torpe, sintiendo que las sílabas pesaban en mi lengua. Vi cómo la expresión de mi abuela se suavizaba, perdiendo esa rigidez de la edad para volverse casi melancólica.
—Ah, el amor —suspiró, desviando la vista hacia un punto invisible en el horizonte florentino—. Es como la ciudad donde estoy ahora, Amy. Llena de monumentos hermosos que te quitan el aliento, pero construida sobre ruinas, sobre sangre y callejones oscuros donde es muy fácil perderse si no llevas tu propia luz.
Me sorprendió su tono. Mi abuela casi nunca hablaba de Italia, el lugar donde nació. Siempre decía que su pasado era un libro cerrado que solo abriríamos juntas el día que yo terminara la universidad y viajáramos allá. Pero hoy, su mirada tenía un brillo distinto, una mezcla de anhelo y una tristeza que nunca antes me había permitido ver.
—¿Cómo supiste que el abuelo era la "mejor opción" para tu final feliz? —pregunté, sintiendo un nudo de ansiedad en la garganta—. ¿Cómo supiste que valía la pena el riesgo?
Ella soltó una risita triste, un sonido quebradizo que me apretó el pecho.
—Oh, niña, mi historia con tu abuelo no fue un cuento de hadas de esos que escribes. Fue una guerra de desgaste. Él no era el príncipe que venía en un caballo blanco a rescatarme de mis torres. Él era el hombre que se quedaba sentado en el suelo, a mi lado, cuando yo intentaba salvarme a mí misma y fallaba una y otra vez.
Hizo una pausa, y el sonido de una cafetera borboteando llegó desde el fondo de su cocina en Italia.
—No terminó con un "fueron felices para siempre". La vida es más cruel que eso. Terminó mucho más rápido de lo que pude procesar, dejándome a mitad de camino. Y sin embargo —sonrió, y esta vez sus ojos se humedecieron—, nos dejó a tu madre, que es el recordatorio vivo de que ese amor no fue un sueño.
Se hizo un silencio espeso, cargado de memorias. El abuelo era una figura mítica en la familia; murió cuando mi madre era apenas una niña. Teníamos sus fotos, sus relojes, su apellido, pero su esencia era un secreto que mi abuela guardaba bajo llave. Escuché la voz de mi tía llamándola desde otra habitación, rompiendo el hechizo por un momento.
—El amor real no es el clímax de una novela, Amy —continuó ella, volviendo a fijar sus ojos en los míos—. Es el epílogo largo, a veces monótono y a veces aburrido que decides escribir cada día. A veces la vida se vuelve gris, pero es en esa realidad donde reside la magia. Pienso en él cada mañana. Han pasado décadas, he vivido mil cosas, y sigo creyendo que él fue la mejor parte de mi historia. No era fantasía, era realidad... y sé que un día estaremos juntos de nuevo.
Me quedé sin palabras. No estaba preparada para esa confesión. Cada palabra suya sonaba a una verdad absoluta, pero también a algo más... algo que me asustaba. Su mirada tenía una transparencia extraña, como si estuviera empezando a mirar más hacia "allá" que hacia "aquí". Sonaba a una despedida elegante, a un cierre de ciclo para el que yo no tenía permiso de estar lista.
—Te extraño mucho, abuela —susurré, sintiendo que el mensaje misterioso en mi teléfono perdía su importancia frente a la cruda y hermosa honestidad de su relato.
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Editado: 16.02.2026