Inquebrantables

2

Mateo

Mis mañanas suelen ser calmadas–o prácticamente inexistentes teniendo en cuenta que cuando todos están despertando yo suelo estar llegando.

Pero lo de hoy, dios, lo de hoy pienso cobrarmelo.

Los mismos golpes en la puerta que esta mañana me han despertado vuelven a sonar, esta vez con más insistencia.

—¡Mateo como tenga que entrar yo a sacarte de la cama te mato.!—sí,efectivamente esa voz estridente solo podía ser de una persona, Ángel.

Encendí la pantalla del teléfono para ver la hora, 4:15.
Me quiero morir.
Trato de hacer memoria sobre la última noche pero esta borrosa, se que mi hermano abrió champagne, hicimos el tonto,no se ni a que hora me acoste.

Me levanto entre los gritos histéricos de mis compañeros y entro a mi baño con el objetivo de darme una ducha rápida y vestirme con lo primero que pillé–total ya me cambiaré en el hotel–pensé.

Tras unos breves minutos salí de la ducha y envolví mi cuerpo en una toalla mientras me miraba al espejo–estos años en el gimnasio habían surgido efecto porque había alcanzado un cuerpo bastante tonificado aunque ese no fue el motivo principal por el cual empecé a entrenar.

Me visto con unos vaqueros negros y una camiseta sencilla gris y recojo rapidamente para salir de mi habitación, y ojalá no haberlo hecho.

La casa era un completo caos, Emma y Ángel trataban de dar directrices sobre los horarios y sacar todas las maletas al pasillo colapsado por el cual el menor de mis hermanos trataba de cruzar pasando desapercibido.
Me abrí paso a empujones ganándome algunos gritos y quejas pero con el tiempo había aprendido a ignorarlos.

Al llegar a la planta de abajo me encontré a la pequeñaja con su equipaje ya listo–que seguramente llevase semanas preparado–mientras tomaba una taza de café y leía alguno de sus libros.

—¿Por qué están todos pegando voces y tú sentada como si contigo no fuese la cosa? ¿No deberías echarles una mano?–me dirigí a la nevera buscando algo que llevarme a la boca.

—¿Has intentado siquiera darles los buenos días? Ahora mismo lo mejor es dejarles que se relajen, además, es cosa de ellos. Mi equipaje lleva listo una semana, en cambio tú, ¿dónde está tu maleta?–hizo el intento de levantar una ceja poniendo una cara ridícula que se supone que debía de ser amenazante.

—Arriba.–respondí con toda la tranquilidad del mundo mientras revisaba que en mi bandolera estuviera toda mi documentación y papeles necesarios para el viaje.

Laila me miraba con esa cara juzgadora que ponía cuando sabía que estabas haciendo algo mal y fingías total tranquilidad.

—¿Sabes que como bajen aquí y no tengas tus cosas van a matarte,no?

Gire mi rostro en su dirección y le dí una sonrisa forzada.

—Que lo intenten.

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Ángel

Joder, joder, joder.
¿Cómo os resumo mi mañana?
Casi mato a uno de mis hermanos.

Me levanto, bajo al comedor y lo encuentro tirado en el sofá como si no hubiera un mañana, a diez minutos para salir de casa y ni rastro de sus maletas. Os juro que estoy a punto de hiperventilar.

Cuando el coche de nuestro hermano mayor, Matthew, aparca en el aeropuerto, me despido de él con un abrazo rápido y la promesa de vernos más seguido. Él sonríe, confiado y se aleja camino al trabajo.
Bajamos del coche y ayudo a Laila con sus maletas mientras Mateo, Aleish y Emma siguen riéndose de algo que no alcanzo a oír. Yo intento mantener la calma, pero por dentro estoy comenzando a perder los nervios.
Entramos al aeropuerto y lo primero que nos golpea es la luz de las pantallas con los distintos vuelos. Todo el lugar está sorprendentemente vacío para la hora, salvo algunos viajeros que como nosotros tenían vuelo de madrugada y los trabajadores de la terminal. Mateo y Aleish parecen bastante acostumbrados al caos de la situación; Emma y yo vamos más atentos, sobretodo la pelinegra que no aparta la mirada de encima a la mas joven del grupo que parece estar a punto de tener una crisis de ansiedad.

Mi hermano mayor toma la delantera y se dirige a la zona de facturación de maletas. Para muchos de nosotros, era la primera vez haciendo esto, así que nos movemos un poco confundidos.

Una chica nos atiende con amabilidad, explicando el procedimiento. Todos asentimos, pero excepto Emma y yo, nadie parece escuchar demasiado. Dejamos nuestras maletas en el mostrador y vamos pasando uno por uno con DNI y tarjeta de embarque.

Os juro que cuando Mateo duda sobre dónde tiene el suyo, por poco tiro a mi hermano contra el mostrador.

Y, por supuesto, nos pasamos del límite de peso. Entre quejas de Emma y Laila, mis hermanos y yo pagamos el exceso sin preguntar siquiera el precio. Entender la dinámica de este grupo es complicado: las chicas vienen de familias humildes y han luchado para estar donde están; nosotros nacimos en una familia acomodada, así que no nos importa cubrirles los gastos.

Con todas las maletas facturadas y desapareciendo por la cinta transportadora, nos miramos unos a otros. La sensación es clara: ya no hay vuelta atrás.

Después vino la parte más estresante: los instrumentos. Tras discutir un poco con la chica del mostrador, entendimos cómo facturarlos sin que llegaran dañados. Los micrófonos pudimos llevarlos en cabina, pero los bajos y la batería de Aleish iban como frágiles. Antes de entregar cada instrumento, tomamos fotos para documentar el estado. Mateo y Aleish no paraban de amenazar en broma a los trabajadores: "¡Si algo le pasa a esto, os juro que...!" —no sé cómo termina la frase, no les preste tanta atención.

Luego, el control de seguridad. Chaquetas, pulseras, relojes, cinturones; todo fuera.
Emma y Laila tuvieron que pasar dos veces porque las hebillas de las botas activaban la alarma. Yo observaba todo, intentando no perder la calma mientras Mateo y Aleish seguían haciendo comentarios absurdos para distraerse.




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