Insomnia Planetaria

Waltz of the Wind. Austin Farwell

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No todos venimos al mundo para destacar.

Algunos nacen para correr más rápido. Otros para construir grandes cosas. Otros para llenar teatros o escribir libros que todos recuerdan.

Y después estamos los demás.

Los que no somos los mejores músicos. Los que no somos los mejores escritores. Los que a veces observamos nuestras manos y nos preguntamos qué se supone que debemos hacer con ellas.

Durante mucho tiempo creí que el talento era una puerta.

Que para entrar al reino de las cosas hermosas había que demostrar algo.

Pero una noche comprendí que estaba equivocada.

La belleza no siempre pertenece a quien mejor interpreta una melodía.

A veces pertenece a quien la escucha con el corazón abierto.

No siempre pertenece a quien escribe mejor.

A veces pertenece a quien encuentra las palabras exactas para una tristeza que nadie había sabido nombrar.

Entonces entendí cuál era mi oficio.

No crear tristeza.

Transformarla.

Tomar aquello que pesa en el alma y convertirlo en pensamiento.

Tomar aquello que no puede decirse y entregárselo a una melodía.

Como si la música pudiera cargar lo que el corazón ya no quiere llevar solo.

Y desde entonces dejé de preguntarme si era suficiente.

Porque las estrellas tampoco se preguntan si brillan lo bastante.

Simplemente iluminan la noche.

Y a veces eso basta.




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