Insomnia Planetaria

Noctilune No. 5 Claudio Constantini

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De niña pasaba horas mirando hormigas.

No porque fueran extraordinarias.

Precisamente porque parecían insignificantes.

Seguía cada uno de sus caminos.

Las veía desaparecer entre el pasto y regresar cargando pequeñas hojas, semillas o diminutos fragmentos del mundo.

Nunca entendía cómo sabían adónde ir.

Y, sin embargo, todas llegaban al mismo lugar.

Allí había una montaña.

Un hormiguero enorme.

Una pirámide hecha de millones de granos de tierra.

Me arrodillaba frente a él intentando comprender cómo era posible.

¿Cómo podían criaturas tan pequeñas construir algo que parecía desafiar la lluvia, el viento y el tiempo?

Años después comprendí que el universo siempre estuvo intentando enseñarme algo.

Las constelaciones también son millones de pequeños puntos de luz.

Los planetas nacieron de partículas invisibles.

Las galaxias comenzaron siendo polvo.

Y las hormigas construían universos con granos de tierra.

Quizás nunca existió diferencia entre mirar el cielo y mirar el suelo.

Solo cambiaba la dirección de la mirada.

También recuerdo aquellos pequeños insectos que iluminaban las noches.

Parecían estrellas que habían olvidado regresar al cielo.

Me fascinaban tanto que una vez quise descubrir el secreto de su luz.

Pensé que encontraría una diminuta linterna.

Una pequeña batería escondida entre sus alas.

Solo encontré una sustancia que brillaba en la oscuridad.

La coloqué sobre mi rostro.

Y durante unos instantes fui una constelación.

Después la luz desapareció.

Y ese fue mi primer encuentro con la tristeza del conocimiento.

Porque comprender algo también significa aceptar que algunas luces solo existen por un instante.

Con los años seguí buscando respuestas.

En los libros.

En la música.

En las personas.

En las estrellas.

Y descubrí que sigo siendo aquella niña.

La que se arrodillaba frente a un hormiguero creyendo estar observando un planeta.

La que perseguía insectos luminosos pensando que llevaba una estrella entre las manos.

Quizás crecer nunca consistió en dejar atrás la infancia.

Quizás consistió en descubrir que el universo siempre estuvo escondido dentro de las cosas pequeñas.

Desde entonces, cuando alguien me pregunta dónde comenzó mi fascinación por el cosmos, nunca miro hacia el cielo.

Sonrío en silencio.

Y recuerdo un hormiguero.

Porque antes de aprender a contemplar las galaxias, aprendí a amar un puñado de tierra.

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