.
Hay culpas que nacen del amor.
Y por eso son tan difíciles de explicar.
Cuando mi madre enfermó, yo era apenas una adolescente.
La veía consumirse lentamente, mientras la enfermedad le iba arrebatando todo aquello que alguna vez había sido ella.
Recuerdo haber sentido un pensamiento que jamás me atreví a decir.
Deseaba que descansara.
Y apenas ese pensamiento aparecía...
Lloraba.
Porque creía que una hija buena debía pedir un milagro.
No un descanso.
Pasaron muchos años para comprender que el amor tiene formas que nadie nos enseña.
A veces amar es aferrarse.
Y otras veces...
amar es tener el valor de abrir la mano.
No porque queramos perder a quien amamos.
Sino porque ya no soportamos verlo sufrir.
Hoy sé que aquella adolescente nunca quiso que su madre muriera.
Lo único que quería...
era que dejara de sentir dolor.
Y existe una diferencia inmensa entre esas dos cosas.
Quizás muchas personas han cargado durante años con la misma culpa.
Creyendo que desear paz para alguien era dejar de amarlo.
Cuando, en realidad...
era el último acto de amor que les quedaba por ofrecer.
Porque hay despedidas que no nacen del cansancio.
Nacen de la compasión.
Y la compasión...
también es una forma de amar.
.
🤍🦋