Después de tanto viento el cuerpo se detiene, se acurruca en el pasto y cree que ya terminó la tormenta. Pero entonces, en el silencio, empieza a susurrar. La piel recuerda el peso que los hombros llevaron sin queja, los nervios tiemblan Llega el hormigueo sutil, como un sueño que se despierta mal y que dice: “aquí guardé lo que no pudiste llorar”. No es castigo, es solo el cuerpo siendo honesto. Ha corrido tanto tiempo con el corazón en la garganta, ha tragado rabias enteras, ha cosido noches sin dormir. Ahora, en esta pausa bendita, se permite doler. para que al fin, lo escuche con cuidado. Y yo, que tanto quise ser fuerte, aprendo a ser suave conmigo. Pongo compresas frías como caricias que me debo, bebo agua como si fuera perdón, y dejo que el cuerpo hable sin apresurarlo a callar. Porque la calma no borra el camino, solo lo ilumina. Y en esa luz tenue veo que sigo aquí, entera, viva, aunque duela un rato. Gracias por haberme sostenido tanto, cuerpecito valiente. Ahora te cuido yo. Descansa. Ya es tiempo de sanar.
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