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De todos los cielos que he contemplado...
hay uno que nunca dejó de llover dentro de mí.
No tenía estrellas.
No tenía luna.
Solo el silencio de una tormenta que había entrado a nuestra casa sin pedir permiso.
Mi mamá creía que nadie la veía.
Se escondió detrás de una heladera, como si el dolor pudiera desaparecer detrás de un rincón.
Pero yo la encontré.
Ella levantó la mirada.
Y, por un instante, sentí que le avergonzaba haber permitido que su hija descubriera que las madres también se rompen.
Nunca olvidé esos ojos.
Con los años entendí que el cielo también llora.
No con lágrimas.
Llora apagando estrellas.
Llora escondiendo la luna detrás de las nubes.
Llora dejando que los rayos hablen cuando las palabras ya no alcanzan.
Tal vez mi mamá era un poco como el cielo.
Intentaba esconder su tormenta para que nadie tuviera miedo.
Y yo...
solo era una niña mirando cómo el universo lloraba detrás de una heladera.
A veces imagino que, si pudiera volver a aquella cocina...
no diría una sola palabra.
Me acercaría despacio
La abrazaría.
Y dejaría que la tormenta nos empapara a las dos.
Porque hay abrazos que no detienen la lluvia.
Pero consiguen que nadie tenga que atravesarla en soledad.
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