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Una semana después de que te fuiste...
me regalaste un sueño.
Todavía no sé quién tuvo misericordia de mi tristeza.
Solo sé que aquella noche ocurrió algo que jamás pude olvidar.
Estaba sentada en el sillón de mi casa.
Todo era exactamente igual.
Hasta que una parte de la pared comenzó a girar lentamente.
Era un remolino blanco
Hermoso.
Como si la luz hubiera aprendido a abrir una puerta.
Y entonces...
saltaste.
Entraste corriendo como lo hacías siempre.
Con esa alegría que solo tienen quienes aman sin hacer preguntas.
No dudaste.
No miraste hacia atrás.
Viniste directamente hacia mí.
Yo solo podía mirarte.
Lloraba.
Reía.
No entendía nada.
Pero tampoco necesitaba entender.
Porque, por un instante, el dolor dejó de existir.
Cuando desperté, el sillón seguía allí.
La pared estaba inmóvil.
El silencio había vuelto.
Y vos ya no corrías por la casa.
Pero algo había cambiado para siempre dentro de mí.
Nunca supe si aquel sueño nació de mi corazón...
o si fue un regalo que la vida tuvo conmigo cuando ya no podía cargar tanta tristeza.
No intento explicarlo.
Hay cosas demasiado bellas para convertirlas en respuestas.
Solo sé que, desde aquella noche...
cada vez que el dolor me dice que te perdí para siempre...
cierro los ojos.
Y vuelvo a ver aquel remolino blanco.
Entonces recuerdo que el amor, de alguna manera que todavía desconozco...
siempre encuentra el camino de regreso.
Y, por un instante muy pequeño...
vuelvo a sentir que corrés hacia mí.
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