Narra Tamara
Corrí por la acera sin un destino fijo, el vestido azul de princesa me resultaba ridículo y pesado. Mi corazón latía tan fuerte que me dolía el pecho. Logré interceptar un taxi a unas tres cuadras del restaurante y me metí dentro, temblando.
—¡A la guardería de la calle Central! —grité, dándole el único punto de referencia que tenía que no era mi propio edificio. Necesitaba moverme, necesitaba huir del radio de acción de Agustín.
Las palabras que él no había terminado de decir, las que mi cerebro ansioso había completado, resonaban en un bucle: "Ya no puedo seguir con esto... terminar con la situación extraña..." La Miss Princesa había fallado. Había invertido mi tiempo, mi corazón y mi estabilidad, y Agustín había llegado a la misma conclusión que Daniel: la carga era demasiado grande.
Mi teléfono sonó. Era Agustín. Lo apagué. No podía escuchar la confirmación de la ruptura.
Necesitaba una voz externa, una que no estuviera contaminada por el pánico ni por el amor. Llamé al único comodín que me quedaba: Patricia.
Ella contestó al tercer timbrazo, su voz aguda y ligeramente somnolienta.
—¿Tamara? Son las diez de la noche. ¿Qué pasa? ¿Agustín está bien?
—Patricia, lo arruiné. Lo arruiné todo —mi voz era un hilo ahogado. Le conté, de forma atropellada, la cena, la solemnidad de su rostro, el postre, y cómo había huido antes de que él pudiera decir la palabra "corte."
—Lo vi venir, Patricia. Él iba a romper. Me dijo que quería "terminar con la situación extraña" que creamos. Lo entendí. Él no está listo. Él...— Empecé a llorar, las lágrimas arruinando mi delicado maquillaje.
Patricia guardó silencio por un momento. Cuando habló, su voz era inusualmente firme, con esa lógica implacable que la hacía una administradora tan competente.
—Tamara, escúchame bien. Tú no arruinaste nada; tu ansiedad arruinó la escena.
—¿Qué dices?
—Conozco a Agustín Beltrán. Llevo más de diez años trabajando a su lado, y tú llevas nueve meses analizando su estructura mental. Dime una cosa, Tamara: ¿Agustín alguna vez huye de las confrontaciones? ¿Alguna vez deja un proyecto a medias por cobardía?
—No. Él... él confronta la crisis.
—Exacto. Si Agustín quisiera terminar, te habría dado un discurso de dos horas con viñetas y un plan de transición para Lucas. No se acercaría a ti con esa solemnidad a la luz de las velas para hablar de lo mucho que le gustas y luego huir.
Patricia resopló por el teléfono. —Tú sabes que Agustín ha estado inusualmente feliz y ocupado planeando algo estas últimas semanas. Me ha preguntado tres veces sobre las fechas de tu calendario.
—Pero, ¿qué significaba "terminar con la situación extraña"?
—Significaba terminar con la situación extraña. La de no ser novios. La de ser un secreto para el mundo mientras duermen juntos. Agustín es un hombre de compromisos, Tamara. Y lo más probable es que ese discurso no era un preámbulo de despedida, sino un preámbulo de propuesta.
La idea me golpeó como un rayo.
El pánico se convirtió en horror por mi propia estupidez.
—Oh, Dios mío, Patricia...
—Vuelve. Vuelve ahora mismo. O al menos llámalo. No dejes que el miedo a que te abandonen se convierta en la profecía que se cumple. Tú eres la mujer que salva empresas de la quiebra; ahora, salva tu relación.
Colgué, temblando, las palabras de Patricia perforando la niebla de mi desesperación. Ella tenía razón. Mi ansiedad, el fantasma de Daniel, había saboteado el momento más importante.
Pero el terror aún era fuerte. ¿Cómo podía regresar y mirar a Agustín a los ojos después de dejarlo plantado en medio de su discurso, posiblemente con un anillo en el bolsillo? La vergüenza era casi tan paralizante como el miedo.
Me quedé en el asiento del taxi, incapaz de dar una orden. Mi plan de huida había fallado, y ahora no tenía ni el valor de volver.