Insomnio para Dos

Capítulo 40: La Desaparición de la Princesa

Narra Agustín

El fondant de chocolate se había enfriado en la mesa. Yo seguía allí, sentado, mirando la silla vacía de Tamara y la caja de terciopelo que ardía en el bolsillo interior de mi chaqueta.

—¿Qué demonios acaba de pasar? —murmuré, mi voz inaudible sobre el murmullo del restaurante.

El mesero se acercó, nervioso. Lo ignoré.

La comprensión me golpeó con la fuerza de un puñetazo. Mi discurso. Mi estúpido y analítico discurso. Había querido ser elegante, decir que quería "terminar con la situación extraña" de no ser novios, para iniciar una nueva etapa. Y ella, con su ansiedad a flor de piel, solo había escuchado la palabra terminar. Mi plan meticuloso se había convertido en una profecía autocumplida.

Saqué la caja del anillo de rubí y la sostuve en mi mano. Se suponía que este pequeño objeto rojo pondría fin a todas sus inseguridades, y en su lugar, había provocado su huida más dramática.

Pagué la cuenta sin mirar el cambio y salí corriendo.

Mi mente entró en pánico. ¿A dónde iría Tamara cuando se sentía amenazada? No al trabajo. No a casa de Patricia, no tan pronto. Busqué en el parque cercano, el lugar donde a veces llevábamos a Lucas a leer. Nada. Conduje hasta el malecón, el lugar más cercano al mar, buscando esa necesidad de espacio que ella a veces mencionaba. La multitud de la noche me devolvió el vacío. Busqué en la pequeña tienda de dulces de la esquina, pensando que buscaría algo familiar para anclarse.

Nada. Desaparecida.

Cada minuto que pasaba era una eternidad de terror. Sentí el pánico helado que había sentido el día que perdí a Elena, la absoluta impotencia de no poder controlar la vida. Había prometido cuidarla, protegerla de sus propios demonios, y la había asustado tanto que había huido de mí.

—No me hagas esto, Tamara —mascullé al volante, golpeándolo con frustración. —No después de todo.

Finalmente, agotado y sin opciones, conduje de regreso al único lugar donde sabía que ella terminaría: nuestro edificio.

Entré al vestíbulo con una velocidad que hizo que el portero me mirara con alarma. Subí las escaleras de dos en dos, rezando para que la puerta de su apartamento estuviera abierta o, al menos, para ver la luz encendida.

Llegué al piso. El pasillo estaba en penumbra. Me acerqué a mi puerta, luego a la suya.

Y allí estaba.

No dentro, no lista para irse. Estaba acurrucada en el suelo, justo en el pequeño hueco de la entrada de su apartamento, con el vestido azul de princesa arrugado bajo ella. Estaba abrazando sus rodillas, la cabeza escondida. El maquillaje de su cara, sencillo como el que había elegido, estaba corrido por las lágrimas.

Me detuve en seco. La furia y el pánico se disolvieron en una ola de alivio tan potente que casi me hizo caer de rodillas.

—Tamara... —Mi voz se quebró.

Ella levantó la cabeza. Sus ojos, enrojecidos y llenos de dolor, me miraron. No había rabia, solo la confirmación de su terror.

Me acerqué lentamente, arrodillándome a su lado.

—Dios mío. ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué huiste? —Pregunté, mi mano temblando mientras intentaba tocar su brazo.

Ella se encogió. —Pensé... pensé que me ibas a dejar.

El corazón se me hizo pedazos. Ella pensó que la iba a abandonar. Ella había huido del final, sin esperar la respuesta.

—No te voy a dejar —dije, quitándome la chaqueta y cubriéndola con ella—. Nunca voy a dejarte. Pero tenemos que hablar. Ahora.

La ayudé a levantarse, sosteniéndola con fuerza, y abrí su puerta. La Miss Princesa había regresado a casa, pero la conversación que debía haber cambiado todo, ahora se llevaría a cabo en las alfombras de la sala, bajo el peso de su miedo.




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