Insomnio para Dos

Capítulo 41: El Precio de la Ansiedad

Narra Tamara

El tacto de Agustín fue lo único que me impidió desmoronarme por completo. Me sostuvo mientras me arrodillaba en la entrada, y me guio hacia el sofá de mi sala. La chaqueta de su traje, que olía a él y a las promesas rotas de la noche, se sentía áspera sobre mis hombros.

La vergüenza era un peso físico, peor que la resaca del día de la Feria. Había huido del amor. Había huido de Agustín como había huido de Daniel, creyendo que el abandono era inminente.

Me senté en el sofá, abrazando mis rodillas de nuevo, incapaz de mirarlo a los ojos. Él se arrodilló frente a mí, su expresión una mezcla de alivio, dolor y una exasperación que apenas contenía.

—Tamara, por favor —su voz era suave, pero firme—. Mírame. Dime qué pasó. ¿Por qué te fuiste? ¿Creíste que algo andaba mal en la cena?

Mis lágrimas regresaron. Hice un esfuerzo para hablar, para que mi voz no fuera solo un quejido.

—Escuché lo que dijiste —susurré, la culpa retorciéndome el estómago—. Dijiste que querías terminar con la situación extraña que creamos... Y en mi cabeza, Patricia tenía razón, no era un acuerdo, era una prórroga. Matías no dejaba de enviarme mensajes recordándome que no éramos oficiales. Y... y Daniel...

Hablé de Daniel, del recuerdo de la ruptura, de la oferta de la empresa y la súplica de volver. Le conté cómo todo eso se había juntado, y cómo mi único pensamiento fue: Agustín no está listo. Va a dejarme.

—Yo no puedo pasar por eso otra vez. No puedo quedarme sentada mientras me das un discurso de despedida. Pensé que, si me iba primero, tendría una pizca de control —confesé, sintiéndome la niña más estúpida del mundo.

Agustín me escuchó en silencio, su rostro transformándose de la frustración a una profunda tristeza. Cuando terminé, él me tomó las manos, sus pulgares acariciando mis nudillos.

—Mira, míranos —dijo, su voz volviendo al tono tranquilo que usaba para calmar a Lucas—. Yo no huyo. Yo enfrento. Si quisiera terminar, te lo diría a la luz del día, con Lucas al lado, con un plan logístico para la separación de bienes. No lo haría en una cena romántica, con tu postre favorito.

—Pero la palabra "terminar"...

—Claro que quiero terminar. Pero quiero terminar con el estatus quo. Quiero terminar con la situación extraña de que eres mi amante, mi compañera, la madre de facto de mi hijo y la dueña de mi corazón, pero no mi prometida.

Se separó de mí, y mi pánico regresó. Pensé que iba a irse. Pero en lugar de eso, se metió la mano en el bolsillo de su pantalón (el mismo bolsillo que yo había visto en el restaurante) y sacó una pequeña caja de terciopelo oscuro.

Mi respiración se detuvo por segunda vez en la noche. Esta vez, el pánico fue de puro shock. No de miedo.

Él abrió la caja. Dentro, bajo la luz tenue de la sala, brilló un hermoso rubí rojo intenso. Un color de fuego, de vida, de todo lo que no era la palidez de mi pasado.

—Escuchaste el principio del discurso, pero huiste del final —dijo Agustín, sus ojos grises llenos de amor y reproche. —Yo iba a decir: "Quiero terminar con la situación extraña, Tamara, porque quiero que seas mi esposa."

—Yo te amo —continuó, con una intensidad que me hizo temblar—. Te elegí hace tres meses. Lucas te eligió hace nueve. Esta noche era el inicio de nuestra vida oficial. Iba a pedirte que fueras mi compañera... para siempre.

Me quedé sin palabras, incapaz de articular un sonido. La vergüenza de haber corrido se convirtió en una inundación de felicidad. Mi ansiedad había fallado miserablemente.

—¿Entonces? —preguntó, sosteniendo la caja abierta, el rubí esperando bajo la luz. —¿Vas a dejar que tu miedo te haga huir del final, o vas a aceptar el contrato más importante de tu vida?

Mis lágrimas no eran de tristeza. Eran de rendición.

—Sí —logré susurrar, extendiendo mi mano temblorosa. —Sí, Agustín. Lo quiero.

Él deslizó el anillo en mi dedo. El rubí se sintió frío, pesado y absolutamente real. La "lista incompleta" de mi vida se había llenado. Agustín me había dado el título y el compromiso que mi corazón había anhelado.




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