Insomnio para Dos

Capítulo 42: El Contrato de Compromiso

Narra Agustín

El rubí rojo brillaba bajo la luz de mi sala. Tamara estaba de pie, con la mano extendida, la vergüenza disipada y reemplazada por un brillo que hacía que mi corazón, antes congelado, latiera con una felicidad sin reservas.

—Soy una idiota. Yo... lo siento. Me dejé llevar por el pánico —dijo Tamara, todavía temblando ligeramente.

La abracé con fuerza, sintiendo el calor de su vestido de princesa.

—No te disculpes, mi amor. Es mi culpa. Manejé la propuesta como un informe trimestral. Olvidé que necesitabas la emoción, no la lógica. Pero lo importante es que el contrato está firmado. Eres mía, Administradora.

La levanté en brazos y la llevé a su cocina. No había cena, pero sí una botella de vino tinto que Tamara había guardado para una "ocasión especial," y había algunos pickeos que encontramos en su nevera: queso y galletas saladas.

Nuestra celebración fue caótica y perfecta. Brindamos por la fuga, por el rubí, por Lucas y por la promesa de dejar de mentirnos a nosotros mismos. Nos sentamos en el suelo, riendo histéricamente de la terrible ironía de la noche.

—Pensé que me ibas a decir que la carga era demasiado grande —dijo ella, con la nariz arrugada.

—La carga nunca fue grande. El amor era grande. Y a veces, el amor da miedo, Tami.

Pasamos horas en una conversación profunda, honesta, la primera sin el fantasma de la duda. Le conté los detalles de la cena, el discurso que quería dar, y la decisión de ir por el rubí, un símbolo de vida. Ella me contó la presión de Daniel y Matías, y entendí que su huida no fue un rechazo a mí, sino un grito de auxilio por la falta de un título que le diera seguridad.

Finalmente, nos fuimos a dormir en mi cama, abrazados, sin los límites que yo había impuesto, y con una promesa que iba más allá de lo físico.

A la mañana siguiente, el dolor de cabeza era manejable, pero la felicidad era total. Lucas, disfrazado de zombie, estaba sano y salvo con mis suegros.

—Tenemos que ir a ver a Lucas —dije, besando a Tamara en la frente—. Y tenemos que darles las noticias.

Tamara, con el rubí en el dedo, se sentía visiblemente nerviosa, pero firme.

—La oficialización es la prioridad número uno. Vamos a cenar con tus padres.

Esa noche, llegamos a casa. El anillo estaba brillando en el dedo de Tamara. La tensión era palpable, pero mis padres, sabiendo que yo estaba más feliz que en años, la trataban con un afecto que se había cimentado durante los últimos meses.

Durante la cena, Lucas, ajeno a la solemnidad del momento, no paraba de hablar de su victoria en el concurso de disfraces de la guardería.

Al momento del postre, mi madre comenzó a hablar del próximo cumpleaños de Tamara, la distracción perfecta.

Me aclaré la garganta. Miré a Tamara, que me dio un asentimiento tranquilizador. Sostuve su mano sobre la mesa.

—Mamá, papá... Lucas. Tengo que decirles algo. Y a ti también, Lucas, aunque creo que ya lo sabías.

Lucas sonrió con picardía, como si hubiera estado esperando la señal.

—Tamara y yo hemos decidido terminar, oficialmente, con la "situación extraña" que teníamos. Anoche le pedí que se casara conmigo.

Mi madre soltó un grito de alegría que resonó en el comedor, y mi padre se levantó con una sonrisa amplia y sincera.

—¡Felicidades, hijo! ¡Ya era hora! —Mi padre se acercó a abrazarnos a ambos.

Mi madre se apresuró a abrazar a Tamara. —¡Lo sabía! ¡Lo sabía! Eres lo mejor que le ha pasado a mi yerno. ¡Bienvenida a la familia!

Pero la reacción más conmovedora fue la de Lucas. Se levantó de su silla, aplaudiendo con todas sus fuerzas.

—¡Sí! ¡Lo logramos, Tami! —gritó, corriendo a abrazar a Tamara. —¡Papá! ¡Ya no es un secreto! ¡Tami va a ser mi mamá!

Lucas, aliviado de no tener que guardar el secreto más, convirtió el anuncio en una fiesta infantil. El rostro de Tamara, radiante y lleno de lágrimas de felicidad, era todo lo que necesitaba. El rubí, símbolo de nuestra pasión y de nuestro compromiso de elegirnos a pesar del miedo, había sellado oficialmente el contrato de nuestro futuro.




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