Insomnio para Dos

Capítulo 43: El Proyecto "Matrimonio"

Narra Tamara

Los siguientes meses pasaron en un torbellino de listas, presupuestos y besos. El rubí rojo en mi dedo era el ancla tangible de mi nueva realidad. Agustín se había convertido en el compañero que mi corazón siempre supo que necesitaba. Él ya no huía; enfrentaba la vida, y enfrentaba la planificación del matrimonio con la misma seriedad con la que enfrentaba un informe financiero.

Yo abordé la boda como lo que mejor se me da: un proyecto de alta complejidad.

Si Agustín había manejado la propuesta como un informe, yo manejaría la boda como una fusión de empresas. Tenía hojas de cálculo, diagramas de Gantt y reuniones semanales para revisar el progreso.

  • Presupuesto: La primera casilla marcada. Agustín me dio control total, confiando ciegamente en mi habilidad para maximizar cada dólar.

  • La Fecha: Elegimos finales de primavera. Queríamos sol, pero no el calor sofocante del verano.

  • El Vestido: Esta fue mi mayor desviación de la lógica. No quería algo estructurado; quería algo que gritara "princesa," mi pequeño homenaje interno a Lucas. Encontré un diseño vaporoso, con encaje que parecía desafiar la gravedad. Sentí que al fin podía soltar la armadura.

Pero no todo era logística. Había un compromiso emocional que requería el mismo rigor.

Agustín fue increíblemente abierto sobre cómo Elena debía ser parte de nuestro día, no como una sombra, sino como una bendición. Decidimos que la boda sería en un jardín (su lugar favorito) y usaríamos flores blancas (el color de su ramo).

Esto fue crucial para mí. Era la prueba de que no estaba compitiendo con un fantasma, sino uniéndome a la historia de Agustín.

Mi propia tarea era ayudar a Lucas a procesar la transición. Él se había convertido en nuestro pequeño espía de la felicidad, y queríamos que su rol fuera central. Le dimos la tarea de ser nuestro "Guardia del Anillo." Él se lo tomó con una solemnidad militar, ensayando su caminata con el dragón de peluche.

Mientras yo me centraba en las listas, Agustín se centró en la esencia. Él se hizo cargo de la fusión de nuestros apartamentos. Vendimos el mío (la pequeña jaula de la soltería) y él me dio control total para rediseñar el suyo. Instalamos una pared divisoria donde solían estar las puertas entre nuestros pisos: ya no había necesidad de la huida.

Pero el reto más grande para él fue la escritura de sus votos.

Lo encontraba a menudo en las madrugadas (las que antes pasábamos hablando de Islandia y ahora pasábamos besándonos) sentado en su despacho, con un cuaderno abierto y una pluma. Estaba batallando con las palabras que sellarían el fin de su luto y el inicio de su nueva vida.

—Es difícil, Tami —me confesó una noche, con la frustración en sus ojos—. No es difícil decir "te amo," eso es fácil. Es difícil escribirlo sin sentir que estoy borrando la historia.

—No borras la historia, Agustín —le dije, besando su frente—. Estás escribiendo el próximo capítulo. Y yo estoy en él.

Para finales de enero, la boda estaba reservada. Nuestros mundos se habían fusionado en un hermoso caos organizado: mi ropa en sus armarios, mis libros de economía al lado de sus colecciones de cuentos de viajes.

La ansiedad había sido reemplazada por la certeza. Yo ya no era la Administradora que buscaba la seguridad de un título; era la mujer que había elegido al caos hermoso y al director con el corazón sensible. Y sabía que, de todas las listas que había completado en mi vida, la de casarme con Agustín era, por lejos, la más importante.

Solo quedaba esperar la primavera. Y los votos.




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