Narra Agustín
Era una mañana fría de finales de invierno. La fecha de la boda se acercaba, y aunque las listas de Tamara estaban impecables y el rubí brillaba en su dedo con la promesa de nuestro futuro, yo sentía la necesidad de cerrar el último capítulo, el más importante.
Conduje hasta el cementerio. El lugar siempre me había parecido demasiado tranquilo, un silencio absoluto que contrastaba con el ruido caótico y hermoso que era Elena. Me acerqué a la lápida, pulcra, con mi nombre y el de Lucas ya grabados como sus seres queridos.
Me arrodillé, sintiendo el frío de la tierra a través de mis pantalones. Puse un ramo de las flores que a ella le gustaban, sabiendo que el gesto era más para mí que para ella.
—Hola, amor —dije, sintiendo el nudo familiar en la garganta, aunque el dolor era ahora suave, no paralizante. —Ha pasado mucho tiempo. La escuela está bien. Lucas está... espectacular.
Hablé de Lucas, de cómo había crecido, de su obsesión por los dragones y su pánico escénico ante los títeres. Hablé del trabajo, de las deudas pagadas y de la consultora que había salvado mi imperio en ruinas.
Luego, la voz me falló. Había llegado el momento.
Saqué mi mano y mostré el anillo en el dedo de Tamara. El rubí rojo era un contraste audaz contra el gris de la piedra sepulcral, un símbolo de vida vibrante.
—Y... y hay algo más —continué, la voz baja y entrecortada—. Hay Tamara.
Le conté sobre la administradora. No la describí como la mujer que me hizo volver a dormir o que preparó mis impuestos; le conté sobre la mujer que me obligó a vivir, que me detuvo en seco cuando intenté rendirme. Le conté sobre las madrugadas, sobre la complicidad y sobre la valentía que demostró al no huir cuando yo fui un cobarde.
—Ella me ama, Elena. Y yo la amo —dije, la declaración de amor sintiéndose final y verdadera—. Es un amor diferente al que compartimos, pero es verdadero. Es un amor que me exige mirar hacia adelante, no hacia el pasado. Es el amor que me permite seguir siendo el padre que tú querías que fuera.
Me quedé en silencio, buscando una señal. No buscaba perdón, porque sabía en mi corazón que no lo necesitaba. Buscaba la paz.
—Sé que deseas que yo sea feliz —susurré, sintiendo una lágrima deslizarse por mi mejilla, la primera en meses. —Sé que quieres que Lucas tenga la familia que merece, que tenga a alguien maravilloso cuidándolo y amándolo.
Me quité el anillo de la mano y lo sostuve por un instante.
—Ella es la persona, Elena. Ella es la mujer que elegí para el resto de mi historia.
Volví a ponerme el anillo, sintiendo su peso. En ese momento, en el frío y el silencio, el último reloj de arena de mi duelo se rompió. No era un final, sino un punto de inflexión.
Me levanté, sintiendo que un peso insoportable se había aligerado. La culpa que había arrastrado durante años se había transformado en una bendición silenciosa. Miré la lápida una última vez.
—Te amo, siempre. Y ahora, voy a amar mi futuro.
Me di la vuelta y caminé hacia el coche, sin mirar atrás. El camino de regreso no era hacia mi casa, sino hacia nuestra casa. Hacia Lucas, y hacia Tamara. El matrimonio se acercaba, y yo estaba, finalmente, listo.