Narra Tamara
Faltaban solo cuatro días para la boda. Mi vida era perfecta. El vestido "princesa" estaba listo para ser recogido, las flores blancas de Elena estaban encargadas y Agustín había escrito los votos más bellos que pude haber imaginado, uniendo la historia de sus viajes con el mapa de mi corazón. Había colgado mis listas por última vez y sentía una paz absoluta.
Esa tarde, salí de nuestro apartamento para ir a la tintorería final, sintiendo el peso reconfortante del rubí en mi dedo. Caminaba por el estacionamiento subterráneo de nuestro edificio, el espacio donde tantas veces había aparcado mi coche en la soledad, ahora llena de la promesa de nuestra vida fusionada.
Me dirigía al coche cuando escuché mi nombre, un sonido áspero que hizo eco en el silencio del garaje.
—Tamara.
Me congelé. La voz me resultaba espantosamente familiar.
Daniel.
Estaba de pie junto a un pilar, con el rostro hundido, la barba descuidada y la mirada vacía. Ya no era el ejecutivo arrogante, sino un hombre roto y desesperado.
—Daniel, ¿qué estás haciendo aquí? —dije, sintiendo la adrenalina inundar mi sistema. Mi mente se aceleró, buscando la vía de escape más rápida.
Él dio un paso hacia mí. —Vengo por ti. Vengo a cerrar el negocio que dejaste abierto.
—El negocio está cerrado, Daniel. Ya no tienes nada que ver conmigo.
Él soltó una risa hueca y amarga.
—¡Claro que tengo que ver! Tú arruinaste mi vida, Tamara. Tú eres el error. Desde que te fuiste, desde que te llevaste esa estúpida estructura, todo se vino abajo. ¿Crees que Agustín es mejor? ¿Crees que ese director triste te va a hacer feliz? Él te va a dejar, como todos.
Mi rabia superó mi miedo. —Yo no arruiné tu vida, Daniel. Tú la arruinaste al elegir la codicia sobre la lealtad. Ahora vete.
Daniel se detuvo. Sus ojos me miraron con una intensidad perturbadora. Y entonces, de la cintura de su pantalón, sacó algo pequeño y oscuro. Una pistola.
Mi corazón se detuvo. La lista de riesgos en mi cabeza se tachó por completo. Esto ya no era un problema de finanzas, sino de supervivencia.
—Me quitaste la empresa. Me quitaste el respeto. Y ahora vienes a restregarme ese anillo de princesa en la cara. ¡Tú me arruinaste! —gritó, su voz rompiéndose.
La pistola temblaba en su mano, pero el cañón estaba apuntando en mi dirección.
Mi entrenamiento regresó. Si no podía huir, tenía que usar la única herramienta que tenía: la lógica.
—Daniel, cálmate —dije, manteniendo mi voz baja y firme, forzando la calma—. Piensa en los números. No eres un asesino. Matarme ahora solo acelerará tu condena. Si quieres salvar algo de lo que te queda, baja eso. Yo puedo ayudarte a negociar con el banco.
—¡No necesito tu ayuda! ¡Necesito que entiendas lo que perdiste!
En ese instante de terror paralizante, un sonido familiar rompió la tensión. Un motor de coche, un poco más ruidoso de lo normal, que entraba al garaje.
Era Agustín.
Agustín acababa de regresar de la tintorería con el smoking de Lucas y se detuvo en seco al vernos. Su mirada se fijó en la pistola y luego en mi rostro petrificado. El color desapareció de su cara.
—¡Daniel! —gritó Agustín, su voz clara y autoritaria, resonando en el garaje. Soltó la bolsa de la tintorería, que cayó al suelo, y levantó las manos en señal de paz, interponiéndose entre nosotros.
—No es su culpa, Daniel. Ella no te arruinó. Yo tomé la escuela. Yo te gané en el negocio. Si quieres un problema, ven por mí. Déjala ir.
El sacrificio de Agustín me dejó sin aliento. Se interponía en el camino de una bala.
La atención de Daniel se dividió. La rabia se centró en el nuevo objetivo.
—¡Tú! ¡El director de cuentos de hadas! ¡Ella te va a dejar como me dejó a mí!
—No, no lo hará —dijo Agustín, avanzando lentamente, sin bajar las manos. Su calma era increíble—. Porque yo no soy tú. Bajemos esto, Daniel. No vale la pena.
Agustín siguió avanzando, hablando suavemente, hasta que estuvo lo suficientemente cerca de Daniel para que un movimiento rápido pudiera funcionar. En un instante de pura adrenalina, Agustín se abalanzó sobre Daniel. Hubo un forcejeo violento, un ruido sordo, y la pistola cayó al suelo, resbalando sobre el cemento.
Agustín inmovilizó a Daniel contra el pilar, mientras yo, paralizada, corría hacia la pared y gritaba pidiendo ayuda. Los segundos se hicieron eternos hasta que escuché los pasos pesados del personal de seguridad.
Cuando todo terminó, Daniel estaba inmovilizado y yo estaba temblando incontrolablemente en los brazos de Agustín.
—Estás a salvo, mi amor. Estás a salvo —me susurró al oído, su aliento caliente y entrecortado.
El día de mi boda se acercaba, y aunque había logrado evadir la amenaza de mi pasado, el costo emocional había sido devastador. El vestido de Lucas yacía olvidado en el suelo, y mi vestido de novia, por primera vez, me parecía terriblemente vulnerable.