Insomnio para Dos

Capítulo 46: Supervivencia

Narra Agustín

El silencio en el apartamento era ensordecedor, roto solo por el sonido del agua caliente corriendo en la ducha. Habían pasado dos horas desde que Daniel fue detenido y llevado. Lo último que vi fue su rostro desquiciado, gritándome que la vida no se planea.

Había perdido la compostura, el control, y casi pierdo a Tamara.

Me senté en el borde de la cama, mi cuerpo temblaba ligeramente por la adrenalina residual. El smoking de Lucas seguía tirado en el suelo del garaje. Lo único que importaba era que Tamara estaba viva, a salvo, y que Daniel no volvería a tocarla.

Cuando salió del baño, envuelta en una toalla blanca, se veía frágil, pero con esa firmeza obstinada que siempre la caracterizaba. Sus ojos, aunque rojos, ya no tenían el pánico; tenían la frialdad del análisis.

—La policía dijo que lo mantendrán detenido por intento de agresión y amenaza con arma de fuego —dijo, su voz plana. Estaba haciendo su inventario de daños.

—Sí —respondí, acercándome a ella y tomándole la mano. El rubí brillaba, un contraste fuerte contra su piel pálida. —Se acabó, Tamara. Se acabó para siempre.

Ella se dejó caer sobre el sillón, y yo me senté a sus pies.

—No se acaba —dijo, mirándome con una intensidad dolorosa—. Daniel tenía razón en una cosa. Yo arruiné su vida, y él vino a cobrármelo. El pasado siempre regresa para arruinar mi estabilidad.

—No. No le des ese poder —dije, tomando su rostro entre mis manos. —Tú no arruinaste su vida. Él la arruinó al ser un fraude. Y el pasado no regresa; es tú miedo lo que le da la bienvenida.

Me acerqué más, mirándola a los ojos.

—Anoche, en el garaje, él te apuntó. Y yo corrí hacia ti, no para salvar la escuela, no para salvar el negocio. Corrí porque eres mi vida. Mi única prioridad. Ese miedo de que te abandone... tienes que enterrarlo ahora mismo.

Saqué mi teléfono y le mostré una foto: era una captura de pantalla de su lista de pendientes de boda, tachada casi por completo.

—Faltan cuatro días. Después de lo que pasó, sé que esto te asusta aún más. Pero esta boda ya no es solo una celebración, es un acto de guerra contra el pasado. Es la declaración pública de que somos una unidad, que nadie nos toca y que nadie nos separa.

Le tomé la mano y besé el rubí.

—¿Quieres cancelar? Lo entenderé. Pero si cancelamos, dejamos que Daniel gane. Dejamos que el miedo gane.

Tamara cerró los ojos y respiró hondo, volviendo a su centro. Cuando los abrió, el brillo de la Miss Princesa había regresado, más fuerte que nunca.

—No voy a cancelar. Él no va a dictar el futuro de Lucas ni el mío. Él no va a arruinar mi lista final.

Me sonrió, una sonrisa pequeña pero determinada. —Solo quiero una cosa. Que al final de los votos, me prometas que si alguna vez hay un dragón en el estacionamiento, correrás hacia mí, no importa si tienes que dejar el smoking de Lucas tirado en el suelo.

—Te lo prometo —dije, abrazándola con una fuerza renovada—. Correré hacia ti cada vez.

El pasado estaba sellado. El caos había sido confrontado y encarcelado. Solo quedaba el futuro. El matrimonio estaba en pie, más que nunca, como un símbolo de la victoria de la vida sobre el miedo.




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